| Liberalismo
y neoliberalismo en una lección
Carlos Alberto Montaner
Conferencia pronunciada en Miami el 14 de septiembre de 2000
en un seminario del Instituto Jacques Maritain
Lo más sorprendente del debate político y económico
sostenido en Occidente es la antigüedad y la vigencia de
los planteamientos básicos. El reñidero, en realidad,
ha cambiado muy poco. Cuatro siglos antes del nacimiento de Jesús,
en La República y en Las leyes, Platón delineó los
rasgos de las sociedades totalitarias, controladas por oligarquías,
en las que la economía era dirigida por la cúpula,
la autoridad descendía sobre unas masas a las que no se
les pedía su consentimiento para ser gobernadas, y el
objetivo de los esfuerzos colectivos era el fortalecimiento del
Estado, entonces conocido como polis. No en balde Platón
es el filósofo favorito de los pensadores partidarios
del autoritarismo.
Frente a estos planteamientos, Aristóteles, su mejor
discípulo y la persona que más ha influido en la
historia intelectual de la humanidad, en su obra La Política
y en pasajes de la Ética propuso lo contrario: un modelo
de organización en el que la autoridad ascendía
del pueblo a los gobernantes. La soberanía radicaba en
las gentes. Los gobernantes se debían a ellas. Ahí estaba
el embrión del pensamiento democrático. Pero había
más: Aristóteles creía en la propiedad privada
y en el derecho de las personas a disfrutar del producto de su
trabajo. Y lo creía por razones bastante modernas: porque
los bienes públicos generalmente resultaban maltratados.
Los ciudadanos parecían ser mucho más cuidadosos
con lo que les pertenecía. Se le antojaba, además,
que las virtudes de la compasión y la caridad sólo
podían ser ejercidas por quienes atesoraban ciertas riquezas,
de manera que la propiedad privada facilitaba esos comportamientos
generosos y sacaban lo mejor del alma humana.
Este preámbulo es para consignar que el liberalismo encuentra
sus raíces más antiguas en estos aspectos del pensamiento
de Aristóteles; en los estoicos que cien años más
tarde defendieron la idea de que a las personas las protegían
unos derechos naturales anteriores a la polis, es decir, al Estado;
en los franciscanos que en Oxford, en el siglo XIII, para escándalo
de la época, proclamaron que en las cosas de la ciencia
se llegaba a la verdad mediante la razón, y no por los
dogmas dictados por las autoridades religiosas; en Santo Tomás
de Aquino, que sistematizó la intuición de los
franciscanos y comenzó el complejo deslinde de lo que
pertenecía a César y lo que pertenecía a
Dios, esto es, inició el largo proceso de secularización
de la sociedad, y, de paso, alabó el mercado y a los denostados
comerciantes.
Pero no es ése el único santo que los liberales
aclaman como uno de sus remotos patrones: fue San Bernardino
de Siena, acusado por la Inquisición de propagar peligrosas
novedades, quien explicó el concepto de lucro cesante
y defendió el derecho de los prestamistas a cobrar intereses,
rompiendo con ello siglos de incomprensión sobre la verdadera
naturaleza de la usura. Los liberales también reclaman
como suyos -lo hieron enfáticamente los economistas de
la escuela austriaca en el siglo XIX- los planteamientos a favor
del mercado y el libre precio de la espléndida Escuela
de Salamanca del siglo XVI, con figuras de la talla de Vitoria,
Soto y el padre Mariana, fustigador este último no sólo
de tiranos, sino también del excesivo gasto público
que generaba inflación y empobrecía a las masas.
Finalmente, los liberales de hoy encuentran una filiación
directa en el inglés John Locke, quien retoma el iusnaturalismo
y formula persuasivamente su propuesta constitucionalista: el
papel de las leyes no es imponer la voluntad de la mayoría
sino proteger al individuo de los atropellos del Estado o de
otros grupos; en Montesquieu, que analiza la importancia de la
separación de poderes para impedir la tiranía;
en los enciclopedistas que trataron de explicar el conocimiento
a la luz de la razón; y en Adam Smith que analizó brillantemente
el papel del mercado, la libertad económica y la especialización
en la formación de capital y en el creciente desarrollo
económico.
El liberalismo en nuestros días
Bien: concluimos este rápido recorrido por lo que pudiéramos
llamar la protohistoria liberal. Grosso modo esas son las señas
de identidad del liberalismo. Conviene, pues, acercarnos a nuestro
aquí y ahora. Hagámoslo primero, muy someramente,
en el terreno de la filiación política internacional.
En 1947, finalizada la Segunda Guerra mundial, en Oxford, Inglaterra,
convocados por D. Salvador de Madariaga, una serie de prominentes
políticos e intelectuales europeos suscribió un
documento y creó la Internacional Liberal con el objeto
de defender la libertad y el Estado de Derecho. Durante medio
siglo el Manifiesto de Oxford fue el texto vinculante de los
partidos que integraban la organización. Suscribir lo
que ahí se decía era el santo y seña para
formar parte del grupo. La premisa consistía en que el
olvido de los valores liberales, esencialmente vigentes entre
1871 y 1914, había provocado las dos guerras mundiales
del siglo XX. Por otra parte, los avances de los comunistas en
Europa anunciaban el inicio de otro conflicto entre la libertad
y el totalitarismo, de manera que resultaba vital vertebrar una
línea defensiva que protegiera a la civilización
occidental de los viejos fantasmas y de los nuevos peligros.
En 1997, también en Oxford, a los cincuenta años
del texto fundacional, desaparecida la URSS y desacreditado el
marxismo leninismo tras la experiencia del socialismo real, los
partidos de la I.L. aprobaron otro manifiesto más extenso
y acorde con los tiempos para definir lo que tenían en
común las organizaciones adscritas a esta federación
de partidos.
El esfuerzo original tuvo continuidad. Hoy la IL, que mantiene
su sede en Londres, Inglaterra, está compuesta por unos
setenta partidos políticos de todo el mundo, siendo los
mayores los de Canadá y Brasil, mientras gobiernan o cogobiernan
en una docena de países de Europa, América, Asia
y África, con una notable presencia entre los países
que abandonaron el comunismo tras la caída del Muro de
Berlín. Dentro de la IL hay tres partidos cubanos: la
Unión Liberal Cubana (1992), el Partido Liberal Democrático
de Cuba y Solidaridad Democrática (1999). Antes de afiliar
a los dos últimos, en 1998 viajó a Cuba el Secretario
General de la IL, el holandés Julius Maaten, hoy eurodiputado,
y comprobó in situ la vitalidad de las dos organizaciones.
Posteriormente, Jean Chrétien, el Primer Ministro de Canadá le
cursó una invitación personal a Osvaldo Alfonso
Valdés para que acudiera a Otawa en octubre del 2000.
Contorno del liberalismo
Veamos el perfil teórico de esta corriente ideológica.
La primera observación que hay que hacer en torno al liberalismo
tiene que ver con su imprecisión, su indefinición
y lo elusivo de su naturaleza histórica. En realidad,
nadie debe alarmarse porque el liberalismo tenga ese contorno
tan esquivo. Probablemente ahí radica una de las mayores
virtudes de esta corriente ideológica. El liberalismo
no es una doctrina con un recetario unívoco, ni pretende
haber descubierto leyes universales capaces de desentrañar
o de ordenar con propiedad el comportamiento de los seres humanos.
Es un cúmulo de ideas y no una ideología cerrada
y excluyente.
El liberalismo, ya puestos a la tarea de su asedio, es un conjunto
de creencias básicas, de valores y de actitudes organizadas
en torno a la convicción de que a mayores cuotas de libertad
individual se corresponden mayores índices de prosperidad
y felicidad colectivas. De ahí la mayor virtud del liberalismo:
ninguna novedad científica lo puede contradecir porque
no establece verdades inmutables. Ningún fenómeno
lo puede desterrar del campo de las ideas políticas, porque
siempre será válida una gran porción de
lo que el liberalismo ha defendido a lo largo de la historia.
El liberalismo es un modo de entender la naturaleza humana y
una propuesta para conseguir que las personas alcancen el más
alto nivel de prosperidad potencial que posean (de acuerdo con
los valores, actitudes y conocimientos que tengan), junto al
mayor grado de libertad posible, en el seno de una sociedad que
ha reducido al mínimo los inevitables conflictos. Al mismo
tiempo, el liberalismo descansa en dos actitudes vitales que
conforman su talante: la tolerancia y la confianza en la fuerza
de la razón.
Ideas básicas
El liberalismo se basa en varias premisas básicas, simples
y claras: los liberales creen que el Estado ha sido concebido
para el individuo y no a la inversa. Valoran el ejercicio de
la libertad individual como algo intrínsecamente bueno
y como una condición insustituible para lograr los mayores
niveles de progreso. No aceptan, pues, que para alcanzar el desarrollo
haya que sacrificar las libertades. Entre esas libertades -todas
las consagradas en la Declaración Universal de Derechos
del Hombre- la libertad de poseer bienes (el derecho a la propiedad
privada) les parece fundamental, puesto que sin ella el individuo
está perpetuamente a merced del Estado. Sostienen, incluso,
que una de las razones por las que ninguna sociedad totalitaria
ha sucumbido como consecuencia de una rebelión popular
es por la falta de un espacio económico privado.
Por supuesto, los liberales también creen en la responsabilidad
individual. No puede haber libertad sin responsabilidad. Los
individuos son (o deben ser) responsables de sus actos, y deben
tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones y los derechos
de los demás. Precisamente, para regular los derechos
y deberes del individuo con relación a los demás,
los liberales creen en el Estado de Derecho. Es decir, creen
en una sociedad regulada por leyes neutrales que no le den ventaja
a persona, partido o grupo alguno y que eviten enérgicamente
los privilegios. Los liberales también defienden que la
sociedad debe controlar estrechamente las actividades de los
gobiernos y el funcionamiento de las instituciones del Estado.
Los liberales tienen ciertas ideas verificadas por la experiencia
sobre cómo y por qué algunos pueblos alcanzan el
mayor grado de eficiencia y desarrollo, o la mejor armonía
social, pero la esencia de este modo de entender la política
y la economía radica en no señalar de antemano
hacia dónde queremos que marche la sociedad, sino en construir
las instituciones adecuadas y liberar las fuerzas creativas de
los grupos e individuos para que estos decidan espontáneamente
el curso de la historia. Los liberales no tienen un plan para
diseñar el destino de la sociedad. Incluso, les parece
muy peligroso que otros tengan esos planes y se arroguen el derecho
de decidir el camino que todos debemos seguir, como es propio
de las ideologías.
En el terreno económico la idea de mayor calado es la
que defiende el libre mercado en lugar de la planificación
estatal. A fines del siglo XVIII, cuando argumentaba contra el
mercantilismo, Adam Smith lo aclaró incontestablemente
en La riqueza de las naciones. En 1924, poco después de
la revolución bolchevique, entonces frente al marxismo,
el pensador liberal austríaco Ludwig von Mises, en un
libro denominado Socialismo, demostró cómo en las
sociedades complejas no era posible planificar el desarrollo
mediante el cálculo económico, señalando
con toda precisión (en contra de las corrientes socialistas
y populistas de la época) cómo cualquier intento
de fijar artificialmente la cantidad de bienes y servicios que
debían producirse, así como los precios que deberían
tener, conduciría al desabastecimiento y a la pobreza.
Von Mises demostró que el mercado (la libre concurrencia
en las actividades económicas de millones de personas
que toman constantemente millones de decisiones orientadas a
satisfacer sus necesidades de la mejor manera posible), generaba
un orden natural espontáneo infinitamente más armonioso
y creador de riqueza que el orden artificial de quienes pretendían
planificar y dirigir la actividad económica. Obviamente,
de esas reflexiones y de la experiencia práctica se deriva
que los liberales, en líneas generales, no crean en controles
de precios y salarios, ni en los subsidios que privilegian una
actividad económica en detrimento de las demás.
Por el contrario: cuando las personas, actúan dentro de
las reglas del juego, buscando su propio bienestar, suelen beneficiar
al conjunto.
Otro gran economista, Joseph Schumpeter, austriaco de nacimiento
y defensor del mercado, pero pesimista en cuanto al destino final
de las sociedades liberales como consecuencia del reto de los
comunistas -predicción que su muerte en 1950 no le permitió corregir-,
demostró cómo no había estímulo más
enérgico para la economía que la actividad incesante
de los empresarios y capitanes de industria que seguían
el impulso de sus propias urgencias sicológicas y emocionales.
Los beneficios colectivos que se derivaban de la ambición
personal eran muy superiores al hecho también indudable
de que se producían diferencias en el grado de acumulación
de riquezas entre los distintos miembros de una comunidad. Pero
quizás quien mejor resumió esta situación
fue uno de los líderes chinos de la era posmaoísta,
cuando reconoció, melancólicamente, que «por
evitar que unos cuantos chinos anduvieran en Rolls Royce, condenamos
a cientos de millones a desplazarse para siempre en bicicleta».
En esencia, el rol fundamental del Estado debe ser mantener
el orden y garantizar que las leyes se cumplan, mientras se ayuda
a los más necesitados para que estén en condiciones
reales de competir. De ahí que la educación y la
salud colectivas, especialmente para los miembros más
jóvenes de la comunidad -una forma de incrementar el capital
humano-, deben ser preocupaciones básicas del Estado liberal.
En otras palabras: la igualdad que buscan los liberales no es
la de que todos obtengan los mismos resultados, sino la de que
todos tengan las mismas posibilidades de luchar por obtener los
mejores resultados. Y en ese sentido una buena educación
y una buena salud deben ser los puntos de partida para poder
acceder a una vida mejor.
De la misma manera que los liberales tienen ciertas ideas sobre
la economía, asimismo postulan una forma de entender el
Estado. Por supuesto, los liberales son inequívocamente
demócratas y creen en el gobierno de las mayorías
pero sólo dentro de un marco jurídico que respete
los derechos inalienables de las minorías. Esto quiere
decir que hay derechos naturales que no pueden ser enajenados
por decisiones de las mayorías. Las mayorías, por
ejemplo, no pueden decidir esclavizar a los negros, expulsar
a los gitanos de una demarcación o concederles un poder
omnímodo a los trabajadores manuales, los campesinos o
los propietarios de tierra. La democracia, para que realmente
lo sea, tiene que ser multipartidista y es preferible que esté organizada
de acuerdo con el principio de la división de poderes,
de manera que el balance de la autoridad impida que una institución
del Estado acapare demasiada fuerza.
Aunque no es una condición indispensable, y reconociendo
que la tradición latinoamericana, eminentemente presidencialista,
es contraria a este análisis, los liberales prefieren
el sistema parlamentario de gobierno, por cuanto suele reflejar
mejor la variedad de la sociedad y es más flexible para
generar cambios cuando se modifican los criterios de la opinión
pública. Al mismo tiempo, los liberales son partidarios
de la descentralización y de estimular la autoridad de
los gobiernos locales. La hipótesis -generalmente confirmada
por la práctica- es que resulta más fácil
abordar y solucionar los problemas eficientemente cuando quienes
los padecen supervisan, controlan y auditan a quienes están
llamados a solucionarlos.
Por otra parte, el liberalismo contemporáneo cuenta con
agudas reflexiones sobre cómo deben ser las constituciones.
El Premio Nobel de Economía Frederick von Hayek, abogado
además de economista, es autor de muy esclarecedores trabajos
sobre este tema. Más recientemente, los también
Premios Nobel de Economía Ronald Coase, Douglas North
y Gary Becker han añadido valiosos estudios que explican
la relación entre la ley, la propiedad intelectual, la
existencia de instituciones sólidas y el desarrollo económico.
Los liberales creen que el gobierno debe ser reducido, porque
la experiencia les ha enseñado que las burocracias estatales
tienden a crecer parasitariamente, fomentan el clientelismo político,
suelen abusar de los poderes que les confieren, y malgastan los
recursos de la sociedad. La historia demuestra que a mayor Estado,
mayor corrupción y dispendio. Pero el hecho de que un
gobierno sea reducido no quiere decir que debe ser débil.
Debe ser fuerte para hacer cumplir la ley, para mantener la paz
y la concordia entre los ciudadanos, para proteger la nación
de amenazas exteriores y para garantizar que todos los ciudadanos
aptos dispongan de un mínimo de recursos que les permitan
competir en la sociedad.
Los liberales piensan que, en la práctica, los gobiernos
real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de
toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que
los llevan al poder o a determinados grupos de presión.
Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones
de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones
con relación a la eficiencia de los gobiernos. De ahí que
el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador
de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que
no pueda evitar ver con cierto escepticismo esa función
de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias
o motores de la economía que algunos les asignan.
Otro gran pensador liberal, el Premio Nobel de Economía
James Buchanan, creador de la escuela de Public Choice, originada
en su cátedra de la Universidad de Virginia, ha desarrollado
una larga reflexión sobre este tema. En resumen, toda
decisión del gobierno conlleva un costo perfectamente
cuantificable, y los ciudadanos tienen el deber y el derecho
de exigir que, en la medida de lo posible, el gasto público
responda a los intereses de la sociedad y no a los de los partidos
políticos.
Como regla general, los liberales prefieren que la oferta de
bienes y servicios descanse en los esfuerzos de la sociedad civil
y se canalice por vías privadas y no por medio de gobiernos
derrochadores e incompetentes que no sufren las consecuencias
de la frecuente irresponsabilidad de los burócratas o
de los políticos electos menos cuidadosos. En última
instancia, no hay ninguna razón especial que justifique
que los gobiernos necesariamente se dediquen a tareas como las
de transportar personas por las carreteras, limpiar las calles
o vacunar contra el tifus. Todo eso hay que hacerlo bien y al
menor costo posible, pero seguramente ese tipo de trabajo se
desarrolla con mucha más eficiencia dentro del sector
privado. Cuando los liberales defienden la primacía de
la propiedad privada no lo hacen por codicia, sino por la convicción
de que es infinitamente mejor para los individuos y para el conjunto
de la sociedad.
Diferencias dentro de una misma familia democrática
El idioma inglés ha tomado la palabra liberal del castellano
y le ha dado un significado distinto. En líneas generales
puede decirse que en materia económica el liberalismo
europeo o latinoamericano es bastante diferente del liberalismo
norteamericano. Es decir, el liberal americano le suele quitar
responsabilidades a los individuos y asignarlas al Estado. De
ahí el concepto del estado benefactor o welfare que redistribuye
por vía de las presiones fiscales las riquezas que genera
la sociedad. Para los liberales latinoamericanos y europeos,
como se ha dicho antes, ésa no es una función primordial
del Estado, puesto que lo que suele conseguirse por esta vía
no es un mayor grado de justicia social, sino unos niveles generalmente
insoportables de corrupción, ineficiencia y derroche,
lo que acaba por empobrecer al conjunto de la población.
Sin embargo, los liberales europeos y latinoamericanos sí coinciden
en un grado bastante alto con los liberales norteamericanos en
materia jurídica y en ciertos temas sociales. Para el
liberal norteamericano, así como para los liberales de
Europa y de América Latina, el respeto de las garantías
individuales y la defensa del constitucionalismo son conquistas
irrenunciables de la humanidad. Una organización como
la American Civil Liberties Union, expresión clásica
del liberalismo americano, también podría serlo
de los liberales europeos o latinoamericanos.
¿En qué se diferencian las distintas corrientes
democráticas contemporáneas? La socialdemocracia
pone su acento en la búsqueda de una sociedad igualitaria,
suele identificar los intereses del Estado con los de los sectores
proletarios o asalariados, y usualmente propone medidas fiscales
encaminadas a una hipotética «redistribución» de
las riquezas. El liberalismo, en cambio, no es clasista, y coloca
la búsqueda de la libertad individual en la cima de sus
objetivos y valores, mientras rechaza las supuestas ventajas
del estado-empresario, y sostiene que la presión fiscal
destinada a la «redistribución de la riqueza» generalmente
empobrece al conjunto de la sociedad, en la medida que entorpece
la formación de capital.
Aunque en el análisis económico suele haber cierta
coincidencia entre liberales y conservadores, ambas corrientes
se separan en lo tocante a las libertades individuales. Para
los conservadores lo más importante suele ser el orden.
Los liberales están dispuestos a convivir con aquello
que no les gusta, siempre capaces de tolerar respetuosamente
los comportamientos sociales que se alejan de los criterios de
las mayorías. Para los liberales la tolerancia es la clave
de la convivencia, y la persuasión el elemento básico
para el establecimiento de las jerarquías. Esa visión
no siempre prevalece entre los conservadores. Un ejemplo claro
de estas diferencias se daría en el espinoso asunto del
consumo de drogas: mientras los conservadores intentarían
combatirlo por la vía de la represión y la prohibición,
los liberales -por lo menos una buena parte de ellos- opinan
que la utilización de sustancias tóxicas por adultos
-alcohol, cocaína, tabaco, marihuana, etc.- pertenece
al ámbito de las decisiones personales, y a quienes las
consumen no se les debe tratar como delincuentes, sino como adictos
que deben ser atendidos por personal médico especializado
en desintoxicación, siempre que libremente decidan tratar
de abandonar sus hábitos.
Por otra parte, resulta frecuente la colusión entre empresarios
mercantilistas conservadores y el poder político, fenómeno
totalmente contrario a las creencias liberales. No es verdad,
pues, que el liberalismo sea la corriente política que
defiende los intereses de los empresarios: la mera convicción
de que el Estado no debe proteger de la competencia a ningún
grupo empresarial desmentiría este aserto: suelen ser
los conservadores quienes cabildean para obtener protecciones
arancelarias o ventajas que siempre son en perjuicio de otros
sectores.
Aún cuando la democracia cristiana moderna no es confesional,
entre sus premisas básicas está la de una cierta
concepción trascendente de los seres humanos. Los liberales,
en cambio, son totalmente laicos, y no entran a juzgar las creencias
religiosas de las personas. Se puede ser liberal y creyente,
liberal y agnóstico, o liberal y ateo. La religión,
sencillamente, no pertenece al mundo de las disquisiciones liberales
(por lo menos en nuestros días), aunque sí es esencial
para el liberal respetar profundamente este aspecto de la naturaleza
humana.
Por otra parte, los liberales no suelen compartir con la democracia
cristiana (o por lo menos con alguna de las tendencias de ese
signo) cierto dirigismo económico y la voluntad redistributiva
generalmente reivindicada por el socialcristianismo. En América
Latina esa vertiente populista/estatista de la democracia cristiana
encarnó en gobiernos como los de Frei Montalva, Napoleón
Duarte y -en cierta medida- Rafael Caldera, o en los sindicatos
agrupados en la CLAT. Los liberales no creen que la propiedad
privada sólo se justifica «en función social»,
como aparece en los papeles de la Doctrina Social de la Iglesia,
y como confusamente repiten muchos socialcristianos sin precisar
exactamente qué quieren decir con esa peligrosa frase,
ambigua fórmula que puede abrir la puerta a cualquier
género de atropellos contra los derechos de propiedad.
El neoliberalismo una invención de los neopopulistas
El liberalismo, qué duda cabe, está bajo ataque
frecuente de las fuerzas políticas y sociales más
dispares -basta ver los documentos del socialistoide Foro de
Sao Paulo o ciertas declaraciones de las Conferencias Episcopales
y de los provinciales de la Compañía de Jesús-,
pero para los fines de tratar de desacreditarlo lo denominan
neoliberalismo. Vale la pena examinar esta deliberada confusión.
En primer término, tal vez sea conveniente no asustarse
con la palabra. En el terreno económico el liberalismo,
en efecto, ha sido una escuela de pensamiento en constante evolución,
de manera que hasta podría hablarse de un permanente “neoliberalismo”.
Lo que se llama el “liberalismo clásico” de
los padres fundadores -Smith, Malthus, Ricardo, Stuart Mill,
todos ellos con matices diferenciadores que enriquecían
las ideas básicas-, fue seguido por la tradición “neoclásica”,
segmentada en diferentes “escuelas”: la de Lausana
(Walras y Pareto); la Inglesa (Jevons y Marshall); y –especialmente-
la Austriaca (Menger, Böhm-Bawerk, Von Mises o, posteriormente,
Hayek). Asimismo, también sería razonable pensar
en el “monetarismo” de Milton Friedman, en la visión
sociológica o culturalista de Gary Becker, en el enfoque
institucionalista de Douglas North o en el análisis de
la fiscalidad de James Buchanan. Si hay, pues, un cuerpo intelectual
vivo y pensante, es el de las ideas liberales en el campo económico,
como pueden atestiguar una decena de premios Nobel en el último
cuarto de siglo, siendo uno de los últimos Amartya Sen,
un hindú que desmonta mejor que nadie la falacia de que
el desarrollo económico requiere mano fuerte y actitudes
autoritarias.
Sin embargo, en el sentido actual de la palabra, el “neoliberalismo”,
en realidad, no existe. Se trata de una etiqueta negativa muy
hábil, aunque falazmente construida. Es, en la acepción
que hoy tiene la palabreja en América Latina, un término
de batalla creado por los neopopulistas para descalificar sumariamente
a sus enemigos políticos. ¿Quiénes son los
neopopulistas? Son la izquierda y la derecha estatistas y adversarias
del mercado. El neoliberalismo, pues, es una demagógica
invención de los enemigos de la libertad económica –y
a veces de la política–, representantes del trasnochado
pensamiento estatista, con frecuencia llamado “revolucionario”,
acuñada para poder desacreditar cómodamente a sus
adversarios atribuyéndoles comportamientos canallescos,
actitudes avariciosas y una total indiferencia ante la pobreza
y el dolor ajenos. Tan ofensiva ha llegado a ser la palabra,
y tan rentable en el terreno de las querellas políticas,
que en la campaña electoral que en 1999 se llevó a
cabo en Venezuela, el entonces candidato Chávez, hoy flamante
presidente, acusó a sus contrincantes de “neoliberales”,
y éstos, en lugar de llamarle “fascista” o “gorila” al
militar golpista, epítetos que se ganara a pulso con su
sangrienta intentona cuartelera de 1992, respondieron diciéndole
que el neoliberal era él.
El origen de la palabra
En América Latina la batalla contra ese fantasmal “neoliberalismo” comenzó exactamente
a principios de la década de los ochenta, cuando en la
región se hundieron definitivamente los gastados paradigmas
del viejo pensamiento político-económico forjado
a lo largo de casi todo el siglo XX. El vocablo surgió en
el momento en que estalló la crisis de la deuda externa,
y cuando simultáneamente se padecía en distintos
países varios procesos de hiperinflación causantes
del notable retroceso del crecimiento económico que afectó a
casi todo el Continente.
¿Qué había fallado? Nada más y
nada menos que las ideas fundamentales sobre las que había
descansado el discurso político latinoamericano desde
la revolución mexicana de 1910, pero especialmente tras
la Segunda Guerra mundial. Había quedado totalmente desacreditada
la creencia transideológica -común a diferentes
credos políticos, a veces hasta antagónicos- de
que correspondía al Estado dirigir la economía,
definir las prioridades del desarrollo y asignar los recursos.
De golpe y porrazo se habían debilitado las más
variadas (aunque a veces afines) propuestas ideológicas
dominantes durante muchas décadas: el nacionalismo proteccionista
de Juan Domingo Perón, de Getulio Vargas o de la CEPAL;
la economía de la demanda artificialmente estimulada por
los presupuestos del Estado en busca del empleo pleno, como recetaban
los discípulos de Keynes; el socialismo castrense y dictatorial
de Velasco Alvarado y Torrijos; el marxismo totalitario de Cuba
y Nicaragua. El populismo, en suma, agonizaba, y la izquierda,
súbitamente, se quedaba sin proyecto, totalmente incapaz
de responder la pregunta clave que había gravitado sobre
América Latina desde la fundación misma de las
primeras repúblicas: cómo lograr que las naciones
de nuestra cultura alcancen los niveles de prosperidad de los
países de origen institucional europeo. O –dicho
en otras palabras– cómo conseguir para los latinoamericanos
un nivel de desarrollo similar al de Canadá o al de Estados
Unidos, nuestros vecinos en el Nuevo Mundo, de manera que la
mitad de nuestra gente logre abandonar la terrible miseria en
la que vive.
No era posible, incluso, recurrir a la “Teoría
de la dependencia” para continuar explicando el subdesarrollo
latinoamericano como consecuencia de una especie de malvado designio
de un Primer Mundo empeñado en mantener a América
Latina en una suerte de pobreza exportadora de materias primas.
Las décadas de los setentas y ochentas habían visto
el surgimiento de economías poderosas en las zonas tradicionalmente
consideradas como “periféricas”. En la década
de los cincuentas Corea o Taiwan eran considerablemente más
pobres que México o Ecuador, relación que se había
invertido ostensiblemente es los setenta y era casi sangrante
en los ochentas. Pero había más: Estados Unidos
y Canadá, corazón de el capitalismo “central”,
lejos de aherrojar a México para mantenerlo como una colonia
económica, lo habían invitado a formar un “Tratado
de libre Comercio” encaminado al enriquecimiento conjunto.
Tampoco se podía seguir predicando revoluciones socialistas,
pues se conocía triste y perfectamente lo que había
sucedido en Cuba y Nicaragua. No era posible prometer más
reformas agrarias, nacionalizaciones de los recursos básicos
o mágicas distribuciones de la renta. Carecía de
sentido insistir plañideramente en la voracidad culpable
del imperialismo, en la fatalidad sin solución de la “teoría
de la dependencia” o en la supuesta inevitabilidad de la
inflación explicada por los estructuralistas. Todo eso
y mucho más se había ensayado sin ningún
resultado halagador. Al comenzar el siglo los latinoamericanos
teníamos, como promedio, el diez por ciento del per cápita
de los estadounidenses; y al terminarlo, cien años después,
tras decenas de revoluciones, constituciones, golpes de estado
y asonadas militares, seguíamos teniendo el mismo diez
por ciento, pero ahora el gap ya no sólo era cuantitativo.
Entre nuestro mundo y el de ellos se había abierto una
zanja difícilmente salvable en la que comparecían
la carrera espacial, el genoma humano, las telecomunicaciones
digitales, la investigación atómica y otra larga
docena de complejos procesos científicos y técnicos
muy alejados de nuestro alcance. Las diferencias, para usar la
terminología marxista, se habían hecho “cualitativas”.
¿Cómo reaccionaron, en ese momento, los políticos
latinoamericanos más racionales? Sencillamente, rectificaron
el rumbo. Si el Estado había sido un pésimo gerente
económico que perdía ingentes cantidades de dinero,
lo sensato era transferir a la sociedad los activos colocados
en el ámbito público para no continuar dilapidando
los recursos comunes. Había que privatizar, pero ni siquiera
por convicciones ideológicas, sino por razones prácticas:
el Estado–propietario había quebrado. Si el gasto
público había arruinado las arcas nacionales y
comprometido el desarrollo, y si se había llegado al límite
del endeudamiento, ¿cómo extrañarse de la
necesidad de recortar las obligaciones del Estado? Si la burocracia
había crecido parasitariamente, y con ella y en la misma
proporción, había aumentado la ineficacia de la
gestión de gobierno, ¿qué otra cosa podía
recomendarse que no fuera una drástica limitación
del sector público? Si el déficit fiscal se había
convertido en un cáncer galopante, ¿cómo
escapar a la necesidad de sostener presupuestos equilibrados?
Si los controles de precios y salarios, practicados en distintos
momentos en todos los países de nuestra esfera, habían
demostrado su inutilidad, o -peor aún- su carácter
contraproducente, empobrecedor y generador de toda clase de corrupciones, ¿cómo
no defender la libertad de mercado? Si nuestras sociedades habían
sufrido el flagelo implacable de la hiperinflación, con
el empobrecimiento general que esto conlleva, ¿no era
perfectamente lógico acudir a la austeridad monetaria,
ya fuera mediante cajas de conversión “a la argentina” o
mediante severas restricciones a las emisiones de moneda? Si
finalmente, y a regañadientes, se aceptaban la necesidad
de la propiedad privada y las ventajas de las inversiones extranjeras,
era obvio que todo eso tenía que protegerse con instituciones
de Derecho, mientras se auspiciaba una atmósfera jurídica
muy alejada de la tradición revolucionaria latinoamericana.
Si los ejemplos de los países que habían logrado
desarrollarse -los “tigres”, la propia España-
demostraban que la globalización no sólo era inevitable,
sino, además, resultaba muy conveniente, ¿quién
en sus cabales podía continuar insistiendo en la autarquía
económica la excentricidad ideológica y el proteccionismo
arancelario?
Eso era el tan cacareado, odiado y vilipendiado “neoliberalismo”.
Era el ajuste inevitable como resultado del desbarajuste previo.
Ni una sola de las llamadas medidas “neoliberales” fue
el producto de dogmas teóricos ni de conversiones mágicas
a un credo supuestamente derechista. Nadie se había caído
del caballo de la CIA en el camino a Washington. Nada había
de libresco en el bandazo político y económico
que daba América Latina. Era el resultado de la experiencia.
Las medidas no las dictaban la señora Thatcher o Mr. Reagan.
Nadie en las cúpulas de gobierno había descubierto
a Mises, a Hayek y al resto de la Escuela austríaca. Todo
lo que se había hecho era volver de revés el fallido
recetario tradicional de Alfonsín, Alan García,
Fidel Castro, Daniel Ortega o el de las anteriores generaciones
de la vasta familia populista: Perón, Lázaro Cárdenas,
Getulio Vargas. En algún caso, como sucedió con
el boliviano Paz Estenssoro, una misma persona fue capaz de desempeñar
los dos papeles en su larga vida política: a mediados
de siglo D. Víctor actuó como un revolucionario
populista. Treinta años más tarde, guiado por la
experiencia, modificó lo que había que cambiar
y se movió en dirección opuesta. No era un oportunista,
como dicen sus enemigos, sino todo lo contrario: un hombre inteligente
capaz de mudar sus criterios a la luz de los resultados y a tenor
de los tiempos. Fue lo mismo que sucedió con el “gran
viraje “ de Carlos Andrés Pérez en Venezuela
durante su segundo mandato a principios de la década de
los noventa, o con el cambio de rumbo a que se vio obligado Rafael
Caldera en los últimos años de su desafortunado
gobierno, pese a tener un corazón perdidamente populista.
Sencilla y llanamente: no había otra forma de gobernar.
Esta observación tiene cierto interés, porque
los críticos del pretendido neoliberalismo suelen presentar
el nuevo pensamiento político latinoamericano como el
resultado de una oscura conspiración de la derecha ideológica,
cuando sólo se trata de medidas puestas en práctica
por políticos que provenían de distintas familias
de la vieja tradición revolucionaria latinoamericana.
Carlos Salinas de Gortari había sido amamantado por las
leyendas del PRI. Gaviria era un liberal colombiano, lo que casi
siempre quiere decir un “socialdemócrata”.
Carlos Saúl Menem era un peronista de pura cepa, intimidantemente
ortodoxo antes de llegar al poder. Pérez Balladares procedía
del torrijismo más rancio y leal. Sólo en Chile
puede hablarse de cierta carga ideológica, y también
ahí los cambios impuestos por Pinochet, respetados por
los sucesivos jefes de Estado, no fueron tanto el resultado de
las convicciones de los Chicago boys, como la consecuencia del
fracaso del modelo dirigista, burocrático y antimercado
iniciado por el conservador Alessandri, agravado por el socialcristiano
Frei Montalva, y llevado hasta sus últimas y peores consecuencias
por Salvador Allende, socialista. Es cierto que algunos economistas,
como José Piñera, ejercieron su influencia sobre
un general muy poco o nada instruido en el terreno de la economía,
pero el más poderoso inductor de los cambios, el verdadero
catalizador, fue la crisis total del anterior modelo.
El discurso moral
Esta ausencia de propuestas concretas e inteligibles por parte
de una izquierda enmudecida por la realidad, al margen de la
creación de etiquetas como “neoliberalismo”,
se ha traducido en la elaboración de un discurso moral
defensivo que hace las veces de doctrina sucedánea. Ya
no es frecuente escuchar que la solución a nuestros males
está en el marxismo o en cualquiera de las variantes socialistas.
Eso hoy provoca risas o el bien ganado mote de “idiota
latinoamericano”. Ahora lo que se hace es denunciar el
nuevo pensamiento político latinoamericano –ése
que se deriva de la fallida experiencia del viejo– calificándolo
de exclusivista y de pretender ser “único”,
como subrayan con frecuencia los enemigos de la libertad económica,
como si las medidas encaminadas a reorganizar nuestras vapuleadas
sociedades fueran una especie de consigna goebeliana o de doctrina
totalitaria.
Al mismo tiempo, los adversarios de los nuevos paradigmas,
muy en su papel de catones del Tercer Mundo, llenos de santa
indignación, les atribuyen a los “neoliberales” una
total falta de compasión con los humildes, reflejada en
el recorte de los míticos “gastos sociales”.
Pero no explican, por supuesto, por qué cuando estaban
vigentes las viejas ideas estatistas -y entre ellas el abultado “gasto
social”- se mantenían y hasta aumentaba el número
de los desposeídos, mientras se ampliaba el déficit
presupuestario y el endeudamiento del Estado. Tampoco se molestan
en aclarar esa pregunta ordinaria y burguesa de quienes pretenden
averiguar dónde están o de dónde saldrán
los excedentes para sufragar el consabido gasto social. Dónde
está el dinero, quién va a abonarlo y qué resultado
tiene para el conjunto de la sociedad ese o cualquier otro esfuerzo
realizado con el erario público. También -y esto
es acaso más importante- los defensores de las virtudes
del gasto social probablemente no se han percatado de que el
objetivo que debe perseguir toda sociedad sana es tener la menor
cantidad posible de gasto social como consecuencia de que las
personas y las familias sean capaces de ganar decentemente su
propio sustento sin tener que recurrir a la solidaridad colectiva
o la compasión de ciertos grupos piadosos. Incluso, hasta
es posible formular una regla general que establezca que la calidad
de un sistema político y económico se mide en funcion
inversa a la cantidad de gasto social que la sociedad requiere
para subsistir razonablemente. A más gasto social, más
inadecuado resulta el sistema. A menor gasto social requerido,
más flexible y exitoso es ese modelo que permite y estimula
la creación de riquezas y la responsabilidad de los individuos.
Otra crítica moral, disfrazada de razonamiento técnico,
es la que descalifica al mercado por sus innatas imperfecciones
y porque supuestamente polariza la riqueza: el mercado, afirman
los neopopulistas, hace a los ricos más ricos y a los
pobres más pobres. En buena ley, quienes esto advierten
no comprenden el mercado. Si por imperfección se entiende
que ocurren periodos de crecimiento y periodos de contracción,
por supuesto que es cierto, pero eso sólo prueba que el
mercado es una dimensión cambiante, proteica, en la que
millones de agentes, cada uno de ellos cargado de expectativas,
van transformando la realidad económica. Tal vez no haya
ciclos cortos y largos, como creía haber descubierto Kondratiev,
pero no hay duda de que cada cierto tiempo se producen ajustes,
correcciones y hasta enérgicas crisis. Por supuesto que
el mercado no es perfecto en el sentido de cerrarles la puerta
a los fracasos o de poder asegurar el enriquecimiento progresivo
de todos. Claro que hay perdedores y ganadores, en muchos casos
como consecuencia de la imaginación y la capacidad para
innovar de agentes económicos más creativos y mejor
organizados, pero eso no invalida al mercado. Pese a ello, sigue
siendo el más eficaz modo de asignar recursos, deducir
precios y formular transacciones. Más aún: esa
ruina que algunos padecen en el mercado, o la fortuna que acompaña
a otros, como señalara el mencionado Schumpeter hace ya
muchas décadas, es un proceso de “destrucción
creativa” que va perfeccionando los bienes y servicios
que se le brindan al consumidor. Es en el mercado donde la humanidad
progresa. Es ahí donde se llevan a cabo las más
formidables revoluciones. Donde no hay competencia, naturalmente,
nadie quiebra, pero la sociedad se estanca. En Alemania oriental
ninguna empresa corría peligro y, por ende, ningún
trabajador temía por su empleo siempre y cuando obedeciera
bovinamente las instrucciones del Partido, pero era en la Alemania
Occidental donde el nivel de vida y el confort alcanzaban las
cotas más altas. Y tampoco es cierto que el mercado polariza
las riquezas: mientras más abierto y libre, mientras con
mayor facilidad puedan participar los agentes económicos,
más posibilidades tienen los más pobres de conseguir
crear y acumular riquezas. En Chile -por ejemplo- en los últimos
siete años los niveles de pobreza han descendido del 46%
de la población al 22%. En Taiwan sólo un 10% de
la población puede calificarse como extremadamente pobre.
En 1948 el 90% era miserable.
En todo caso, tras esa denuncia de “polarización” de
los recursos que los neopopulistas lanzan contra los pretendidos
neoliberales, se esconde una amarga censura moral contra el éxito
económico. No es la pobreza de muchos lo que horroriza
a los neopopulistas sino la riqueza de algunos. Los hiere que
en pocos años alguien como Bill Gates acumule la mayor
fortuna del planeta, pero no se percatan de que no es una riqueza
arrebatada a otros sino creada para su propio lucro y para el
de millones de personas que de una u otra forma se han beneficiado
del asombroso crecimiento de su compañía o de los
productos puestos a disposición del mercado.
Por otra parte, ninguno de estos críticos de la economía
de mercado jamás ha atacado a los sistemas fabricantes
de miseria. Lo malo –para ellos– no es que el socialismo
africano arruinara aún más a países como
Tanzania, Mozambique, Angola o Etiopía. A los socialistas
africanos no los juzgan por sus resultados sino por sus justicieras
intenciones. Los neopopulistas no encuentran nada censurable
en que el socialismo islámico empobreciera hasta la vergüenza
a los argelinos, a los egipcios o a los tunecinos, empeorando
sensiblemente la herencia colonial dejada por Europa. No se quejan
nunca de esa implacable fábrica de mediocridad y estancamiento
que fue el socialismo hindú durante el largo periodo de
estatismo y burocracia que siguió a la creación
de la India independiente. En Cuba, lo que invariablemente subrayan
del desastre económico, producido sin duda por el modelo
soviético minuciosamente calcado por Castro, es el embargo
norteamericano, como si las restricciones al comercio entre los
dos países, y no el disparate marxista, fueran responsables
de lo que allí acontece. Lo que a los neopopulistas les
mortifica es que en algunas sociedades ciertos segmentos de la
población consigan atesorar riquezas. Esa es la crítica
de fondo que les hacen a los liberales Reagan o Thatcher. No
importa la evidencia del resurgimiento de Inglaterra o que en
los últimos veinte años la economía norteamericana
-todavía bajo la influencia reaganiana pese a los años
de gobierno demócrata- haya creado decenas de millones
de puestos de trabajo en beneficio también de los más
necesitados. Para los neopopulistas el sistema europeo, el español –por
ejemplo–, es moralmente superior, aunque la tasa de desocupados
cuadruplique a la de Estados Unidos. Donde el desempeño
económico de todos es mediocre, no hay nada que objetar.
Donde algunos consiguen enriquecerse en medio de sociedades en
las que todos o casi todos logran prosperar, se producen los
más feroces y descalificadores ataques. La virtud, aparentemente,
está en el igualitarismo. Los neopopulistas siguen pensando
que lo bueno y lo justo es que todas las personas posean los
mismos bienes y disfruten de los mismos servicios, independientemente
del talento que posean, de los esfuerzos que realicen o de la
suerte que el azar les depare.
Otro tanto ocurre con la revitalización del individualismo.
Para los neopopulistas el neoliberalismo ha traído aparejado
un aumento repugnante de la codicia personal y una correspondiente
disminución del espíritu solidario. Donde los liberales
defienden la necesidad de Estados, instituciones y leyes neutrales,
convencidos por la experiencia de que lo contrario conduce al
clientelismo y la corrupción, los neopopulistas creen
ver una absoluta falta de compasión a la que inmediatamente
oponen el comunitarismo o cualquier otra variante vegetariana
e inocua del socialismo. Donde los liberales hacen un llamado
a la recuperación de la responsabilidad individual, exonerando
a la sociedad de la improbable tarea de procurarnos la felicidad,
los neopopulistas perciben rasgos de insolidaridad.
En rigor, lo que ha ocurrido es, a un tiempo, fascinante y
sorprendente: los neopopulistas, que partieron de un análisis
materialista, al perder la argumentación que poseían,
se han apoderado del lenguaje religioso, renunciando al examen
de la realidad. Ya no tienen en cuenta los hechos sino sólo
las motivaciones. Han asumido un discurso teológico de
culpas y pecados, en el que se valoran las virtudes del espíritu
y se rechazan las flaquezas de la carne. Tener es malo. Luchar
por sobresalir es condenable. Lo bueno es la piedad, la conmiseración,
el apacible amor por el prójimo. Y nada de eso puede encontrarse
en la “selva” del mercado, donde las personas luchan
con dientes y uñas para aniquilar a los competidores.
Ellos, en cambio, los neopopulistas, representan a los pobres,
son los intermediarios de la famélica legión ante
el mundo y los únicos capaces de definir el bien común.
Ellos irán al cielo. Los neoliberales al infierno. En
cierta forma se puede hablar de un debate posmoderno. Los neopopulistas
han renunciado a la racionalidad. Les resultaba demasiado incómoda.
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