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LLORAMOS POR TÍ, ARGENTINA
Tomás G.
Muñoz
Octubre 3, 2002
Recién
llegado a Bulgaria, en enero del ´97, me
tocó una experiencia no vivida ni en el Brasil de
seis años antes. La inflación del 250% en febrero
encueró económicamente
a pensionados, empleados públicos, y a quién
no. Las cotidianas asonadas populares acabaron desbancando
al gobierno
socialista, que dió paso a uno, provisional, con serias
intenciones de poner la casa en orden. En ese momento se
comenzó a
hablar de eliminar al Banco Nacional (central) y sustituírlo
por una Junta Monetaria, a ejemplo de Argentina, Lituania,
y otros. Un gran amigo mío, director general de las
sucursales de un importante banco extranjero en Sofia, dió una
entrevista televisiva. A la pregunta de rigor, “¿Qué cree
usted sobre el establecimiento de la Junta Monetaria?” él
respondió, mordaz, “Pueden llamarla Banco
Central, Junta Monetaria, o hasta Marilyn Monroe si así lo
desean. Lo importante es que saque a Bulgaria
de esta sima, pero no hoy, ni mañana, sino por décadas,
de forma que el país aprenda algo de esta experiencia,
y que todos contraigan el propósito de que no se repita.
Recuérdense
de Alemania al inicio de los veinte.”
Pócima
de pseudo-liberales y platonistas del FMI, la idea de la Junta
Monetaria argentina se basa en
varios principios:
1.
El Banco Central continúa en sus funciones operativas:
emisor, detentor de las reservas del país, etc. La Junta
es el organismo ejecutivo, malabarismo semántico que
explica la ocurrente Monroe Doctrine de mi amigo.
2.
La Junta no financia los déficit del estado, que
por otro lado se compromete a mantenerlos al mínimo,
i.e., no más del 2% del PIB.
3.
El monto de la masa monetaria en moneda nacional queda limitado
al total de reservas expresadas en una moneda “ancla,” de
modo que al menos en teoría no puede emitirse más
moneda nacional sin que haya una contrapartida en esas reservas.
4.
La tasa de cambio de la moneda nacional queda fijada a la moneda “ancla,” generalmente
el dólar USA,
aunque en varios países de Europa oriental se ha usado
el marco alemán.
5. Se
liberalizan el cambio y el comercio exterior, i.e., la moneda
nacional es libremente convertible, y se permiten las
importaciones sin barreras de género alguno.
Con
aparente lógica, un gobierno así enyesado
de pies a cabeza no tiene sino que andar derecho como una vela,
aunque la cruda realidad es que los principios liberales no tienen
nada que ver con tales escayolas. Sin embargo, la novedad del
esquema atrae a liberales idiotas, apacigua a la
población, contenta al FMI, alivia a los acreedores, y
deleita a los criticones de siempre, esperanzados del naufragio
del programa. ¿Funciona la Junta? Sí, tal vez.
En los pizarrones del FMI y en las mentes de políticos
capaces de experimentar à-la-Moreau para intentar sacar
a sus países del marasmo económico.
Al
establecer la Junta, un Estado sin credibilidad se compromete
a comportarse bien de ese momento en adelante.
Eso es todo: como
el programa no tiene un solo generador que arranque la economía:
todos sus elementos son recesivos; toca esperar a que el mercado
crea, invierta y comience a moverse ese tren, es decir, creer
y crear.
Supongamos
que eso sucede: hay un alza económica, suben
las ganancias y crece el empleo, que permiten una mayor recaudación
fiscal; aumentan las exportaciones y la inversión extranjera,
lo que facilita un incremento en la emisión. Por otro
lado, también suben las importaciones, el consumo y
el gasto estatal. De la suma algebraica de los factores positivos
y los negativos, debe quedar algo que los economistas llaman “formación
bruta de capital,” o ahorro nacional, que, en resumen,
tiene un impacto directo sobre el Plan, cuyo éxito depende
de una armonía casi perfecta entre la oferta y la demanda,
el gasto y las entradas estatales.
Pero,
cuidado: de la misma forma que los cuerpos o miembros enyesados
algún día
tienen que salir de su prisión, no es cabal esperanzarse
de que las Juntas Monetarias son per sæcula sæculorum:
es imposible armonizar por decreto todos los sectores y agentes
económicos. Ni es cabal que el Estado trate de incentivar
esa economía a costa de aumentar el déficit.
Eso, y una escayola prolongada acaban por implodir la economía
en sus cimientos.
¿Qué falló en Argentina? Basta mirar al
pasado para darse cuenta de que el plan de Menem & Cavallo
y sus sucesores no tenía asidero histórico. Veamos,
La
primera base de una Junta Monetaria que no financia los déficit del gobierno es magnífica si éste
se aprieta el cinturón y reduce aquéllos al mínimo,
piedra angular que incide poco sobre la infllación y el
aumento de la masa monetaria. Sin embargo, no hay que escudriñar
mucho para traer dos fallidos ejemplos: hace décadas,
el gobierno estadounidense concertó el célebre
Accord of 1951 con el Federal Reserve Bank, mediante el cual éste
no monetizaría la deuda del otro. Eso no impidió que
las guerras y los varios programas socialosos sextuplicaran el
monto del débito estatal en el período 1952-85.
Y en Colombia, donde la Constitución de 1991 prohibía
al Banco Central financiar el déficit estatal, el mal
llamado Salto Social de la Administración Samper elevó la
deuda de la república en treinta veces! durante sus cuatro
cortos años en el poder (1994-98).
El
dueto Menem-Cavallo enfeitó las cuentas estatales
como lo habría hecho Max Factor a la Monroe:
las privatizaciones se contabilizaron como ingresos corrientes;
aparte de los intereses de la deuda pública se capitalizaron;
los gastos pagados con bonos del gobierno no se clasificaron
como gastos corrientes. El cómputo del débito
nacional excluyó a las provincias, que, en los últimos
años,
llegaron al delirio de emitir un disfraz de moneda para poder
sufragar su funcionalismo. Y, el tiro de gracia: un tercio
de las reservas que supuestamente avalaban la masa monetaria
podía
estar constituído con ¡papeles del gobierno! Así las
cosas, en la década de 1991-2000, el débito estatal
del gobierno central, por supuesto aumentó en US$ 108.6
millardos, hasta US$ 167.7 millardos, o sea, 2.8 veces el monto
al 1991, lo cual explica la gran vocación dispendiosa
que tenían aquellos señores.
El
lado soleado de este panorama sombrío es que el PIB
argentino se multiplicó por cuatro (de US$ 69.9 millardos
a US$ 282.9, millardos) en la década pasada. Sin embargo,
la recaudación estatal sólo creció 1.7 veces,
lo cual explica la poca vocación recaudadora que tenían
aquellos señores.
El
maquillaje hubiera durado mucho más (después
de todo el déficit como porcentaje del PIB promedió 4.1%,
lo que no era mucho) si no hubiera sido por las crisis en México
en 1994, Asia en 1996-7 y finalmente Rusia en 1998, que desanimaron
a los inversionistas a echar más dinero a aquello que
ya se veía un barril sin fondo. Si los deficit se hubieran
frenado hace cinco años, el país hubiera podido
refinanciar sus pasivos, y por tanto no estaría en la
hoya actual.
El
segundo gran error fue anclar el Peso Argentino a una paridad
fija en relación con el Dólar USA, falacia que
duró once años. Las tasas fijas de cambio de Bretton
Woods fenecieron en 1971, y desde entonces todas las monedas
del Primer Mundo fluctúan entre sí. Por ejemplo,
si en 1990 el franco francés se cotizaba a 5.445 por US$,
y en 2000 pasó a 6.90; la lira italiana, de 1,198 a 2,038;
la peseta española, de 102 a 175 ¿qué hacía
pensar a los burócratas argentinos que podían mantener
la paridad del Peso y el US$ durante once años? ¿Cómo
podían ser sus exportaciones competitivas si sólo
en el año de la dolarización, la inflación
llegó al 30%? No en balde, si la economía creció cuatro
veces en la década pasada, las exportaciones se expandieron
solamente dos.
El
tercero, y grave error, fue el maridaje del librecambio con
la tasa fija. Es decir, en Argentina, cualquiera
podía
ir a un banco con cien pesos y cambiarlos por cien dólares,
o establecer un depósito por lo mismo. Como comparación,
ninguno de los países hoy miembros de la Unión
Europea se dió ese lujo sino hasta 30 o 35 años
después del final de la Segunda Guerra. Eso aparte, desde
la Serpiente de los ´70, sus monedas fluctuaban entre sí dentro
de una banda, y cuando una o varias la excedían, se revaluaban
o devaluaban. En algunos de aquellos países, España
o Italia por ejemplo, era posible establecer una imposición
en dólares, yen, u otras divisas --pero sólo si
el depositante entregaba aquella divisa al banco. En Argentina,
no. Por tanto, no es de extrañarse que, al iniciarse el
apocalipsis en diciembre de 2001, los bancos argentinos tenían
depósitos en dólares por 47.1 millardos. Y la contrapartida
eran las reservas del país, unos exiguos US$ 14.6 millardos,
porque los US$ 35.6 millardos en préstamos estaban simplemente
escriturados en esa moneda.
Y,
finalmente, el error que cubre el manto de un mal llamado liberalismo,
neo-liberalismo o ultra-liberalismo,
el que permite,
aparte de todo lo anterior, que se financien con deuda externa
proyectos domésticos, con retornos domésticos;
el que no pone coto (como sí lo hace Chile) a la libérrima
entrada y salida de capitales; el que no aprende de las lecciones
de México, de Rusia, del Sudeste asiático; en suma,
el que alegremente se embarca, o permite que lo embarquen, en
proyecciones del Primer Mundo, cuando todavía pertenece
al Tercero --o al menos, eso dicen las estadísticas del
Banco Mundial. No, la situación no es de liberalismo,
sino de llorar. Por tí lloramos, Argentina.
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