CONFERENCIA DEL LIC. ERNESTO ZEDILLO
Madrid, Diciembre 9, 2002
Ernesto
Zedillo, el ex presidente de Mexico, economista hoy vinculado
a la Universidad de Yale en Estados Unidos, donde dirige un seminario
dedicado al estudio de la globalizacion, paso por Madrid, donde
el 5 de diciembre la Casa de America le otorgo un merecido premio
junto a Mario Vargas Llosa. Zedillo dedico su conferencia a refutar
las ideas de los "globofobicos" y otros enemigos de
la libertad economica.
Profundamente
agradecido con los miembros del jurado por la decisión de concederme el Premio Tribuna Americana, me
sumo con entusiasmo a la justificada celebración de la
primera década de vida de esta Casa de América.
Expreso
mi reconocimiento a Su Majestad, Juan Carlos I, por la feliz
iniciativa que dio pie a esta institución, que
tanto ha contribuido al reencuentro cultural de España,
Portugal y los países Iberoamericanos. Esta Casa es una
más de las exitosas acciones impulsadas por el Rey Juan
Carlos para acercar a nuestros pueblos.
Extiendo
mi reconocimiento al gobierno de España, por
su perseverante y eficaz política de cooperación
con los países latinoamericanos. Muchas gracias señor
Presidente Aznar, por estar presente en esta ceremonia y ser
quien haya hecho entrega del premio que recibimos ahora.
Me
emociona ser galardonado junto a un personaje que he leído
y admirado desde que, a los dieciocho años de edad, me
fasciné con La ciudad y los perros. También admito,
con orgullo, que mis convicciones liberales me identifican con
el pensamiento político y económico de Mario
Vargas Llosa.
El
anuncio del premio que se me ha otorgado aludía
a dos razones del jurado.
Una,
mi labor desde el gobierno de México para fomentar
las relaciones hispano mexicanas. Es verdad que aún antes
de ser Presidente de mi patria, me correspondió trabajar
en asuntos que han afianzado la hermandad entre España
y México. Igualmente es cierto que los resultados satisfactorios
se concretaron merced a la buena voluntad y a la claridad de
miras del gobierno español.
Podría relatar muchos casos de generosa colaboración
española con el gobierno de México. El tiempo disponible
me obliga a mencionar sólo algunos episodios de lo que
podría ser un muy amplio catálogo.
Recuerdo
que justo en el año del Quinto Centenario, siendo
Secretario de Educación Pública, tuve la fortuna
de acudir a Guadalupe, en Extremadura, a solicitar la anexión
de México, como miembro de pleno derecho, a la Organización
de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia
y la Cultura. Gracias al decidido apoyo español, México
fue admitido en seguida. Esta membresía abrió un
amplio territorio de cooperación educativa y cultural
entre nuestros países, y con muchos otros de Iberoamérica.
Me dio un gusto enorme enterarme hace unos días de que,
por decisión de los países miembros, México
presidirá el Consejo Directivo de ese importante organismo
durante el cuatrienio 2003-2006.
Cómo olvidar que en octubre de aquel 1992, también
en el marco de las celebraciones del Quinto Centenario, en ceremonia
presidida por el Rey Juan Carlos en Sevilla, tuve el honor de
ofrecer que México fuese anfitrión del Primer Congreso
Internacional de la Lengua Española. De nuevo, esta propuesta
mereció el respaldo inmediato del gobierno español.
El Congreso finalmente se celebró en 1997, con indiscutible éxito,
en la hermosa ciudad de Zacatecas y con la memorable presencia
de los Reyes de España.
Una
de las iniciativas de política exterior más
ambiciosas del gobierno que presidí fue negociar un acuerdo
de libre comercio con la Unión Europea.
Este
acuerdo se logró con el decidido apoyo del gobierno
español, por lo que hoy, como un mexicano más,
convencido del valor estratégico que para mi patria tiene
ese acuerdo, reitero mi sincera gratitud a las autoridades españolas,
señaladamente al señor Presidente Aznar.
La
otra razón que ha dado el jurado para distinguirme
con Tribuna Americana es el avance de la democracia en mi país.
Me siento obligado a repetir algo que he dicho muchas veces:
que México haya por fin arribado a la democracia plena
no es mérito de una persona, un grupo, un solo partido
político, ni siquiera una sola generación de mexicanos.
La conquista de la democracia fue un largo proceso que comprendió luchas
cruciales del pueblo de México en los siglos XIX y XX.
Hacer de la democracia una realidad y no ya un ideal postergado
fue el propósito de la sucesión de reformas políticas
emprendidas en mi país desde 1977.
Yo
simplemente tuve el privilegio de cumplir con la parte que
me correspondía, por convicción y por deber constitucional,
para lograr la reforma que resolvió lo que aún
permanecía como la mayor causa de insatisfacción
de los ciudadanos con nuestra democracia: las desiguales condiciones
de la competencia política para llegar al poder. Aquella
reforma, verdadera obra colectiva de partidos, legisladores y
ciudadanos, fue el último de los muchos pasos que tuvimos
que dar los mexicanos para integrar una democracia moderna.
Afortunadamente,
esta condición que alcanzó México
es también la regla, sin excepción, en toda la
América Latina continental.
No
es ocioso recordar ahora que, hace menos de dos décadas,
en nuestra América imperaba lo opuesto: la democracia
como excepción y no como regla. No sobra tenerlo presente,
sobre todo, porque en la generalidad de nuestros países
la democracia sigue arrostrando retos enormes.
El
mayor de esos retos es el escepticismo, incluso la suspicacia,
con que una parte apreciable de los latinoamericanos
perciben
hoy en día a la democracia. Una reciente encuesta de opinión
pública revela que cuarenta y tres por ciento de los ciudadanos
de América Latina no consideran que la democracia sea
preferible a cualquier otra forma de gobierno. También
debe inquietarnos la revelación de que la mitad de los
latinoamericanos se muestra dispuesta a aceptar un régimen
autoritario, siempre que éste fuera capaz de atender sus
dificultades económicas.
Esta
animosidad es muy preocupante, pero es comprensible en función de las difíciles condiciones económicas
que viven muchos de nuestros países. En términos
de crecimiento económico, el presente resultará el
peor año desde 1983. En 2002, el ingreso per cápita
de la región es apenas igual al de 1996. No es aventurado
decir que la amenaza de desilusión democrática
que vive hoy Latinoamérica tiene su causa inmediata en
su pobre desempeño económico.
Reconozcamos
que hasta ahora la joven democracia latinoamericana no se ha
acompañado de la prosperidad que nuestros pueblos
esperaban de ella. ¿Por qué ha sucedido esto?
Algunos
se apresuran a encontrar la causa de nuestro retraso en los
procesos de reforma económica que fueron dándose
desde mediados de la década de los ochenta en buena parte
de Iberoamérica. Los críticos de esas reformas
por lo general sufren de nostalgia por los tiempos del Estado
dirigista, proteccionista y paternalista. Creen que nuestros
países serían menos pobres y tendrían mayor
equidad sin los ajustes económicos emprendidos. Sostienen,
en suma, que la economía es la que le ha fallado a la
política, a la democracia.
Mi
visión es muy distinta. Casi todas las economías
latinoamericanas continúan siendo poco dinámicas
y altamente vulnerables a cualquier perturbación interna
o externa, porque sus ajustes y reformas han sido hasta ahora
insuficientes. Detrás de cada uno de los descalabros económicos
que hemos sufrido desde los años noventa podrá encontrarse
una historia de ajustes y reformas, cuando no ausentes, al menos
tardías, frustradas e incompletas. Sin reformas más
profundas no tendremos el crecimiento económico que
se requiere para generar empleos y para financiar el combate
contra
la pobreza, el retraso educativo, y la desigualdad social.
Nuestros
sistemas e instituciones políticas aún
no han podido acordar, procesar y ejecutar todas las enmiendas
que nuestras economías requieren para estar auténticamente
al servicio de la justicia social. No me atrevo a llevar mi argumento
al extremo opuesto del de los críticos de las reformas;
es decir, a que la política es la que le sigue fallando
a la economía. No lo hago porque veo en la economía
y en la política dos factores que se resuelven mutuamente
en un sistema integrado, sin que exista una causalidad simplista
entre ambos.
Me
basta observar que en nuestra región no hemos logrado
todavía la interacción positiva entre democracia
y prosperidad que se ha dado en otras partes del mundo. Existe
aún discordia entre economía y política.
La falta de progreso económico desalienta la consolidación
democrática; a su vez, la inmadurez democrática
impide avanzar más de prisa en las necesarias reformas
económicas. Hace falta romper este círculo vicioso
y transformarlo en uno virtuoso, en el que mejores economías
y mejores democracias estén recíprocamente sustentadas.
Para
lograrlo habrá que vencer muchos obstáculos.
Ninguno tan grande como el peso excesivo que, a pesar de sus
fracasos, sigue teniendo el populismo en la política latinoamericana.
En muchos países, los mecanismos de elección, decisión
y ejecución política siguen impregnados por la
ideología populista. El populismo --que tanto ha dañado
a quienes reclama proteger: a los pobres y a las clases medias– continua
siendo, con su promesa fácil de progreso sin disciplina,
ahorro y esfuerzo, el mayor adversario de la política
racional y responsable.
Sospecho
que el poder seductor del populismo, obstáculo
decisivo del progreso latinoamericano, será sepultado
sólo cuando hayamos construido el círculo virtuoso
entre prosperidad y democracia al que me referí. Mi conjetura
es que esta construcción será paulatina, no espectacular
y repentina, y variará según las condiciones de
cada país. Por desgracia, no veo en la mayoría
de los casos condiciones para intentar big bangs -a la Pactos
de la Moncloa- que llevasen a establecer de una vez por todas
un equilibrio virtuoso entre democracia y prosperidad.
Estimo
que en algunos casos el sistema político democrático
será capaz de proseguir lenta y progresivamente, sin mayores
sobresaltos, con las necesarias reformas económicas
e institucionales, hasta llegar a ese equilibrio virtuoso.
En
otros casos, lamentablemente, pareciera que sólo se
llegará a esa meta bajo el impulso de nuevas crisis; de
nuevos episodios de ilusión y decepción con el
espejismo populista.
Pero
no descarto una interesante paradoja: que el mayor desprestigio
de las políticas populistas sobrevenga cuando, en alguno
de los grandes países de la región, un gobierno
de origen ideológico populista, por supuesto electo democráticamente,
disciplinado por la realidad e inspirado más por el deseo
de servir que de ser aclamado, sea capaz de evolucionar y aplicar
con éxito las políticas necesarias, responsables
y coherentes para el crecimiento económico y el fortalecimiento
institucional. Hablo de un gobierno que, a partir de una base
populista, sepa transitar por un camino muy distinto al que dicta
el populismo y denuncie así su falsedad y su inutilidad.
Concluyo,
Señor Presidente de Gobierno, señoras
y señores, con algo que nos dijo Octavio Paz hace ya casi
veinte años:
“La democracia latinoamericana llegó tarde y ha
sido desfigurada y traicionada una y otra vez. Ha sido débil,
indecisa, revoltosa, enemiga de si misma, fácil a la adulación
del demagogo, corrompida por el dinero, roída por el favoritismo
y el nepotismo. Sin embargo, casi todo lo bueno que se ha hecho
en América Latina, desde hace un siglo y medio, se ha
hecho bajo el régimen de la democracia o, como en México,
hacia la democracia. Falta mucho por hacer. Nuestros países
necesitan cambios y reformas, a un tiempo radicales y acordes
con la tradición y el genio de cada pueblo….Sin
democracia los cambios son contraproducentes; mejor dicho no
son cambios. En esto la intransigencia es de rigor y hay que
repetirlo: los cambios son inseparables de la democracia. Defenderla
es defender la posibilidad del cambio; a su vez, sólo
los cambios podrán fortalecer a la democracia y lograr
que al fin encarne en la vida social. Es una tarea doble e inmensa.
No solamente de los latinoamericanos: es un quehacer de todos.
La pelea es mundial. Además, es incierta, dudosa. No
importa: hay que pelearla.”
En
esa pequeña parte que me correspondió, espero
haber atendido este exhorto lúcido, justo y verdadero.
Muchas gracias.
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