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CÓMO
LA GLOBALIZACIÓN CONQUISTA LA POBREZA
Johan Norberg
Octubre 29, 2003
En
1870, Suecia era más pobre de lo que es el Congo hoy
en día. La gente vivía veinte años menos
de lo que se vive en la actualidad en los países en desarrollo,
y la mortalidad infantil era el doble de la del país en
desarrollo promedio. Mis ancestros estaban literalmente muriéndose
de hambre.
Pero
las reformas de liberalización doméstica
y el libre comercio con otros países cambiaron todo eso.
Un acuerdo comercial con Inglaterra y Francia en 1865 hizo posible
que los suecos se especializaran. No podíamos producir
bien comida, pero podíamos producir acero y madera, y
venderlos en el extranjero. Con el dinero que ganábamos
podíamos comprar comida.
En
1870 comenzó la revolución industrial en Suecia.
Nuevas compañías exportaron a otros países
alrededor del globo y la producción creció rápidamente.
La competencia forzó a nuestras compañías
a ser más eficientes, y viejas industrias fueron cerradas
de tal forma que pudiéramos satisfacer nuevas demandas,
tales como mejor vestimenta, servicios médicos y educación.
Para
1950 —cuando el Estado Benefactor sueco no era más
que un destello en los ojos de los socialdemócratas— la
economía sueca se había cuadruplicado. La mortalidad
infantil había sido reducida en un 85% y la expectativa
de vida había aumentado milagrosamente por 25 años.
Estábamos en camino a abolir la pobreza. Nos habíamos
globalizado.
Aún más interesante es que Suecia creció a
una tasa mucho más rápida que la de los países
desarrollados con los que comerció. Los salarios en Suecia
crecieron de un 33% del salario promedio en Estados Unidos en
1870 a un 56% a inicios del siglo XX, aún cuando los salarios
estadounidenses habían aumentado considerablemente durante
el mismo período.
Esto
no debería sorprender a nadie. Los modelos económicos
predicen que los países pobres deberían tener tasas
de crecimiento más altas que los ricos. Los países
en desarrollo tienen más recursos latentes que aprovechar,
y se pueden beneficiar de la existencia de naciones más
ricas a las cuales exportar bienes y de las cuales importar capital
y tecnología más avanzada, mientras que los países
más ricos ya han capturado muchas de esas ganancias.
Es
un caso muy claro. Excepto por un pequeño problema.
Esta relación no existe.
La
mayoría de los países pobres crecen más
despacio que las naciones industrializadas. La razón es
simple: gran parte de los países en desarrollo no pueden
hacer uso de estas oportunidades internacionales. Y las dos razones
más significativas de que esto sea así sean creadas
por el hombre: obstáculos domésticos y externos.
Las barreras domésticas como la carencia de un Estado
de Derecho, un clima estable para la inversión, y la protección
de los derechos de propiedad. Las barreras externas como el proteccionismo
de los países ricos en bienes de particular importancia
para el Tercer Mundo—textiles y agricultura—que (según
la UNCTAD) priva a los países en desarrollo de cerca de
$700.000 millones en ingresos producto de exportaciones al año—casi
14 veces lo que reciben en ayuda externa.
Pero
cuando miramos a los países pobres con buenas instituciones
y que están abiertos al comercio, vemos que están
logrando un rápido progreso, más veloz que las
naciones ricas. Un estudio clásico de Jeffrey Sachs y
Andrew Warner de 117 países en los setenta y ochenta mostró que
las naciones en desarrollo abiertas tenían una tasa de
crecimiento anual del 4.5%, comparado con el 0.7% de los países
en desarrollo cerrados y el 2.3% de las naciones industrializadas
abiertas. Un reporte reciente del Banco Mundial concluye que
24 países con una población total de 3.000 millones
de personas se están integrando a la economía global
a una velocidad nunca antes vista. Su crecimiento per cápita
también ha aumentado de un 1% en los sesenta a un 5% en
los noventa (comparado con el crecimiento de un país rico
de un 1.9%). Al ritmo actual, el ciudadano promedio en estas
naciones en desarrollo verá su ingreso duplicado en menos
de 15 años.
Esto
nos lleva a concluir que la globalización, el aumento
en el comercio internacional, las comunicaciones, y las inversiones,
es la manera más eficiente en la historia para extender
oportunidades internacionales. Los anti-globalizadores tienen
razón cuando afirman que grandes partes del mundo están
siendo rezagadas, especialmente el África Sub-sahariana.
Pero también sucede que esa es la parte menos liberal
del mundo, con la mayor cantidad de regulaciones y controles,
y la tradición más débil de derechos de
propiedad. Cuando los anti-globalizadores acusan a la globalización
por la miseria africana, suena tan extraño como cuando
las autoridades de Corea del Norte le explicaron a un político
de Mongolia que los visitaba que el norcoreano promedio es infeliz
y miserable porque está triste por el imperialismo estadounidense.
Las
estadísticas oficiales de los gobiernos, las Naciones
Unidas y el Banco Mundial, señalan todas en la dirección
de que la humanidad nunca antes ha atestiguado una mejora tan
dramática en la condición humana como la que hemos
visto en las últimas tres décadas. Hemos oído
la versión opuesta tantas veces que la damos por descontado
sin siquiera examinar la evidencia.
Durante
los últimos treinta años, el hambre crónica
y la magnitud del trabajo infantil en los países en desarrollo
han sido reducidos por la mitad. En las últimas cinco
décadas, la expectativa de vida ha subido de 46 a 64 años,
y la mortalidad infantil ha sido reducida del 18% al 8%. Estos
indicadores son mucho mejores en la actualidad en los países
en desarrollo de lo que fueron en las naciones más ricas
hace cien años.
En
una generación se ha duplicado el ingreso promedio
en los países en desarrollo. Tal y como lo ha observado
el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, en los últimos
50 años la pobreza global ha disminuido más que
en los 500 años anteriores a eso. El número de
pobres absolutos—gente que vive con menos de un dólar
al día—ha sido reducido de acuerdo al Banco Mundial
en 200 millones de personas en las últimas dos décadas,
aún cuando la población mundial creció en
1.500 millones durante ese período.
Sin
embargo, aún esos descubrimientos alentadores sobreestiman
probablemente la pobreza mundial, ya que el Banco Mundial utiliza
información de encuestas como base para sus evaluaciones.
Estos datos tienen la mala reputación de no ser confiables.
Por ejemplo, sugieren que los surcoreanos son más ricos
que los suecos y británicos, y que Etiopía es más
rica que la India.
Además, las encuestas capturan cada vez menos el ingreso
de un individuo. La persona pobre promedio en el exacto mismo
nivel de pobreza en encuestas de 1987 y 1998 había visto
su ingreso aumentar en la realidad en un 17%. El ex economista
del Banco Mundial, Surjit S. Bhalla publicó recientemente
sus propios cálculos los cuales complementan los resultados
de las encuestas con información de cuentas nacionales
(en el libro Imagine There's No Country, Institute for International
Economics, 2002). Bhalla encontró que la meta de la ONU
de reducir la pobreza mundial por debajo del 15% para el año
2015 ya ha sido alcanzada y sobrepasada. La pobreza absoluta
había de hecho caído de un nivel del 44% en 1980
al 13% en el 2000.
Bhalla
también muestra que el PIB per cápita de
los países en desarrollo tomados como un todo (y no como
naciones individuales) creció un 3.1% entre 1980 y el
2000, comparado con un 1.6% para los países industrializados.
Estas naciones están repitiendo ahora la experiencia sueca
de finales del siglo XIX, pero de manera más rápida.
De 1780, le tomó a Inglaterra 60 años el duplicar
su riqueza. Cien años después, Suecia lo hizo en
40 años, y otro siglo después, le tomó a
Corea del Sur poco más de 10 años.
El
mundo nunca ha sido un mejor lugar donde vivir que en la actualidad.
La pobreza nunca había sido tan baja y los
niveles de vida tan altos como ahora. Y la era de la globalización
ha creado el escenario para un crecimiento aún más
rápido de las oportunidades y la creación de riqueza.
Johan Norberg es un joven escritor y activista sueco y autor
del libro In Defense of Global Capitalism (Cato Institute, 2003).
Traducido por Juan Carlos Hidalgo para el Cato Institute
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