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BOLIVIA,
VÍCTIMA DE LA ANTI-GLOBALIZACIÓN
EDITORIAL
Libertad Digital, Octubre 19, 2003
Para los casi nueve millones de habitantes de Bolivia, el segundo
país más pobre del ya deprimido continente iberoamericano,
con una renta per cápita que no llega a los 1.000 dólares
anuales, las ingentes reservas de gas descubiertas hace unos pocos
años (las segundas de América tras Venezuela) prometían
ser una poderosa palanca que ayudase al país andino a salir
del subdesarrollo. Los ingresos anuales que el Estado boliviano iba
a percibir del consorcio Pacific LNG –formado por Repsol YPF,
British Gas y Panamerican Energy– al que el anterior presidente,
Hubo Banzer, había concedido la extracción de 30 millones
de metros cúbicos anuales durante 20 años, iban a ascender
a 600 millones de dólares anuales a partir de 2005.
Es decir, la exportación del gas a México y California
iba a suponer para cada boliviano unos 70 dólares anuales,
o lo que es lo mismo, un incremento directo de casi el 8 por ciento
en la renta per cápita del país. A lo que habría
que añadir la creación de 10.000 empleos directos
y 30.000 indirectos que, a su vez, contribuirían notablemente
al crecimiento de la economía boliviana. Además,
las extracciones de Pacific LNG durante 20 años apenas iban
a suponer un 14 por ciento de las reservas conocidas, las cuales,
al ritmo de consumo anual de gas en Bolivia, durarían al
menos catorce siglos; por lo que ni siquiera podía hablarse
de un hipotético “saqueo” de recursos naturales.
En resumidas cuentas, Bolivia había recibido una bendición
del cielo –o más propiamente, del subsuelo–,
y lo único que tenía que decidir es a través
de qué puerto, peruano o chileno, iba a exportarse el gas,
pues la construcción del gasoducto también corría
por cuenta de Pacific LNG.
Sin embargo, el mal
endémico de Iberoamérica, el
populismo y la demagogia de izquierdas, se ha cruzado una vez más
en el camino de Bolivia hacia el progreso. Los “misioneros” de
la antiglobalización –entre los que no escasean auténticos
misioneros católicos afectos a la Teología de la
Liberación– llevan largos años predicando el
socialismo, el odio de clase y el rechazo al capitalismo entre
la población campesina indígena boliviana (el 50
por ciento del país), a la que han hecho creer la manida
patraña, tan en boga en la progresía de salón
del Primer Mundo, de que las multinacionales son la principal causa
de la pobreza del Tercer Mundo, al que despojan de sus recursos
naturales a cambio de “unas pocas cuentas de vidrio”.
Estas prédicas incendiarias han logrado aglutinar los diversos
grupos indígenas, tradicionalmente divididos y enfrentados
entre sí, en contra de la globalización y el progreso.
Primero fue la “guerra del agua” en abril de 2000,
en el marco de las privatizaciones de empresas públicas
iniciadas en 1995, que se saldó con la retirada de la empresa
adjudicataria, presionada por las algaradas convocadas bajo el
lema de que el agua es un “bien social”, y no “una
mercancía”. Y ahora la “guerra del gas”,
iniciada hace un mes por grupos indígenas del lago Titicaca
con cortes de carreteras y graves disturbios que mantuvieron cerrada
durante varios días las rutas de comunicación con
Perú. A este motín sedicioso se unieron las centrales
sindicales y el Movimiento al Socialismo de Evo Morales, quien
ha logrado aglutinar la oposición al ya ex presidente boliviano,
Gonzalo Sánchez de Lozada, quien tuvo que dimitir después
de perder el apoyo del ala izquierda de su gobierno. Sobre todo
el de su vicepresidente, Carlos Mesa, que sustituirá a Lozada
con un programa calcado de las reivindicaciones de Evo Morales
y sus aliados: no exportar el gas a EEUU y México, revisar
todas las privatizaciones acometidas desde 1995 y, esto es lo más
importante, convocar una asamblea constituyente para cambiar el
modelo político de Bolivia, muy probablemente en el mismo
sentido que Venezuela y Ecuador.
Es evidente que Evo
Morales y los líderes indígenas,
en el más puro estilo leninista, han aprovechado el descontento
de una parte de la población para dar un golpe de estado
en la calle a un gobierno legítimo, elegido democráticamente,
que ha sido incapaz de emplear la fuerza contra una minoría
bien organizada y con una fuerte voluntad de poder. Es la misma
triste historia de Cuba, Nicaragua o El Salvador. Aunque con una
diferencia: esta vez, el modelo revolucionario no es el de Castro
en la selva con el fusil en la mano, sino el de Allende en Chile,
reeditado por Chávez en Venezuela y por Lucio Gutiérrez
en Ecuador. Se trata de utilizar las instituciones democráticas,
en combinación con la presión de grupos violentos
organizados, para implantar una dictadura de corte socialista con
apariencia de régimen democrático. No es difícil
predecir cuáles serán las consecuencias para las
libertades democráticas y para la economía de esta
vía si se observa el ejemplo de Venezuela. Como anunció Lozada,
este golpe de estado callejero supondrá casi con toda probabilidad
la liquidación de la democracia en Bolivia. Y Chávez
y Lucio Gutiérrez –junto con el aparentemente moderado “Lula” da
Silva e incluso Kirchner en Argentina– tendrán un
nuevo aliado para su objetivo de crear una especie de OPEP iberoamericana
que “ponga de rodillas” a las multinacionales y al “imperialismo
yanqui”. Precisamente el sueño dorado de Castro.
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