ALLENDE
O LA DESTRUCCIÓN DE LA ECONOMÍA CHILENA
Lorenzo Bernaldo de Quirós*
Octubre 29, 2003
Aunque
la dramática situación económica creada
en Chile por el gobierno de la Unidad Popular no fue el determinante
fundamental del golpe de Estado que derribó a Salvador Allende
del poder, sí contribuyó de manera decisiva a extender
la oposición de la sociedad civil a la política del
gobierno. La agonía de la economía chilena entre
1970 y 1973 no fue el resultado de conspiraciones internas o externas
destinadas a hacer fracasar el proyecto de cambio impulsado por
la izquierda, sino la consecuencia directa de un proyecto destinado
a establecer un sistema socialista mediante la absorción
por parte del Estado de la mayoría de los medios de producción
y la eliminación real del derecho de propiedad. Este programa
tuvo como base las llamadas "Cuarenta Medidas Básicas" acordadas
por los partidos que integraban la Unidad Popular. El efecto de
su aplicación fue el colapso económico del país.
La
destrucción de la propiedad privada se produjo al margen
de los cauces parlamentarios y mediante el uso ilegítimo
de la ley. Allende utilizó una corporación pública,
la CORFO, para intentar controlar los bancos. A tal fin ofreció por
sus acciones precios superiores a los del mercado. Ante el fracaso
de esta operación, el ejecutivo recurrió a "resquicios
legales" que le permitieron intervenir la actividad bancaria
y controlar totalmente el crédito. Ese mismo instrumento
fue utilizado para expropiar las empresas chilenas más importantes.
En 1973, el Estado era "propietario" del 70% de la industria.
Al mismo tiempo se nacionalizaron sin indemnización alguna
millones de hectáreas, el 90% de la tierra, hecho que fue
precedido por la ocupación violenta de buena parte de ellas
por los militantes y simpatizantes de la Unidad Popular. La acción
de Allende en este terreno es una copia exacta del método
empleado por Fidel Castro para dominar la economía cubana
y sus efectos fueron finalmente los mismos: un descenso abrupto
de la producción y de la inversión.
Con
la finalidad de estimular la economía y "beneficiar" a
las masas trabajadoras, la Unidad Popular impulsó un extraordinario
incremento de la cantidad de dinero en circulación y expandió de
modo espectacular el déficit público, un programa
keynesiano clásico. Este modelo provocó momentáneamente
un aumento espectacular del consumo, un repunte de la producción
mientras la inflación se mantenía bajo control, el
22% en 1971, gracias a un estricto control de precios. Sin embargo,
esta política no era sostenible. La cuantiosa emisión
de dinero y la disponibilidad decreciente de bienes se hacen notar
a finales de ese año y se produce la primera manifestación
multitudinaria contra el gobierno, la "marcha de las cacerolas".
A lo largo de 1972, ese proceso madura. El impacto redistribuidor
buscado por el gobierno se pierde en su totalidad, el ingreso real
cae, el desempleo se acelera y la protesta popular se dispara.
El control de precios se traduce en la aparición del racionamiento
y en la creación de un próspero mercado negro. En
1973, la crónica de un caos económico anunciado comienza
a expresarse con toda su crudeza. La producción minera,
la agropecuaria, la industrial se hunden. Si se toma el tipo de
cambio medio existente a fines del período de la Unidad
Popular, la pérdida de PIB representa una cifra de 5.000
millones de dólares, lo que equivale a la producción
de cobre de siete años valorada al precio medio del metal
de 1972 y de 1973.
En
los ámbitos monetario y fiscal, la coyuntura se deterioró a
marchas forzadas. En 1973, el déficit público se
situó en cifras espectaculares, la cantidad de dinero aumentó en
un 300% y Chile entró en la hiperinflación. La distorsión
del sistema de precios fue total. Si se observa el tipo de cambio
oficial se muestra una diferencia de más de 110 veces entre
el correspondiente a la importación de productos alimenticios
y el que se paga en el mercado negro. Se produjeron situaciones
ridículas como la de que un saco de harina vacío
resultaba más caro que el lleno o que el precio del huevo
ascendía a 20 escudos por unidad mientras el precio oficial
de la gallina era de 60 escudos. Todo esto era un resultado inevitable
de la política de Allende.
Como
era inevitable, esta crítica coyuntura interna se
vio reflejada en el sector exterior. La irracional política
cambiaria del momento hacía que, dependiendo del tipo de
cambio, una camisa podía costar entre 0.75 dólares
y 95 dólares. El desplome de la producción y el "boom" artificial
del consumo elevaron las importaciones de alimentos hasta los 650
millones de dólares, cifra similar a los retornos obtenidos
por las exportaciones de cobre, mientras las ventas al exterior
se derrumbaban. Por último, Chile se vio obligado a declararse
en bancarrota ante la imposibilidad de pagar la deuda externa.
En septiembre de 1973, el Banco Central tenía en caja tres
millones de dólares, el costo de importar alimentos dos
días. El país estaba en quiebra técnica.
La
vía chilena al socialismo destrozó la economía
con la finalidad de lograr el control total del país. Desde
esta perspectiva, el manejo de los asuntos económicos estaba
al servicio de un propósito político como sucede
siempre en los Estados comunistas. Si se aspiraba a instaurar un
orden marxista-leninista era necesario acompañar la toma
política del poder de una estrategia de desmantelamiento
de los mecanismos propios de una economía de mercado, entre
ellos y principalmente, la propiedad privada. Sin embargo, el golpe
dado por las Fuerzas Armadas no tuvo ese origen. Este debe buscarse
en el objetivo estratégico de crear un modelo de Estado
similar al vigente en Cuba o en los demás países
del área soviética, atropellando la Constitución
y violentando la legalidad. Desde esta perspectiva, la supresión
del capitalismo era un elemento esencial para construir un sistema
totalitario.
* Lorenzo Bernaldo de
Quirós es presidente de Freemarket
International Consulting en Madrid, España y académico
asociado del Cato Institute (Washington D.C.), en cuya página
web (www.elcato.org) apareció este artículo el 1º de
octubre de 2003.
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