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POR HERMANN TERTSCH, Madrid *
Entrevista
a Enrique Krauze, historiador liberal mexicano
El historiador
e intelectual mexicano Enrique Krauze recibió el
martes 16 de diciembre, en España, la Medalla de Alfonso
X el Sabio. En su alocución, Krauze habló del rey
sabio Alfonso X, de la ciudad de Toledo, de la España
valiente y generosa, y del inmenso legado intelectual que de ésta
llegaría a “la otra ribera del Atlántico.” Autor
de muchos libros, el último es “Travesía
Liberal,” de Tusquets Editores, que ahora ha sido editado
en España. Hermann Tertsch, de El País (Madrid)
lo entrevistó.
HT: Señor Krauze, viene Ud. de México con un libro
bajo el brazo que es todo un manual de liberalismo frente a nuevas
y viejas tentaciones anti-liberales en Latinoamérica y
todo el mundo. Hace una década, la democracia liberal
parecía entrar triunfante en todos los rincones. Hoy,
indigenismos, zapatismos y populismos en Latinoamérica
y nuevos autoritarismos por doquier amenazan con frustrar esta
esperanza. ¿Qué ha pasado?
EK: El tema es doloroso. Es muy importante en este momento comprobar
el contraste de la realidad con las esperanzas surgidas al final
del siglo XX y del milenio. Creo que, una vez más, lectores
y autores en Occidente fuimos presas inocentes de una fantasía.
Parece que es una enfermedad crónica de la humanidad:
la ingenuidad. Yo nunca creí en el “final de la
historia.” Me pareció siempre una metáfora
desafortunada. Pero, sí pensé que el mundo salía
del siglo XX habiendo aprendido, y digerido, las lecciones aterradoras
de su propia historia. No se trataba de echar las campanas al
vuelo, pero sí de esperar un nuevo siglo menos desigual,
menos injusto y más libre. Habíamos dejado atrás
el fascismo y el nazismo, y, para sorpresa de todos, también
el comunismo. No habíamos digerido siquiera ese benéfico
cataclismo que fue la caída del muro de Berlín
y lo que significó la implosión del imperio soviético,
impensable hasta para las mentes más lúcidas incluso
en los años ochenta, que preveían más bien
el colapso de las democracias. Esa sorpresa monumental, casi
cósmica, nos nubló los ojos y nos hizo tener más
esperanzas de las que debíamos. Nos dio una mirada fantasiosa
sobre lo que habría de ser el siglo XXI. Si no la utopía,
casi la utopía. Cuando veíamos cuestiones preocupantes
como los Balcanes, era muy fácil calificarlos como capítulos
pendientes abiertos en 1914 y que quedaban por cerrar en ese
arco, esa imagen cíclica a la que son tan propensos somos,
no sólo los historiadores, sino los hombres en general
cuando creemos que podemos cerrar ciclos como se cierran las
heridas. Y como incluso allí los Estados Unidos acabaron
interviniendo con cierto éxito, concluímos el siglo
con unos años casi luminosos. Pocos siglos han concluido
con tanta esperanza.
HT: ¿Por qué caímos todos, incluídos
los críticos de la utopía, todos los adversarios
del determinismo histórico, en semejante trampa?
EK: Decía T. S. Elliot que la humanidad admite o tolera
muy poca realidad. Siempre tenemos esa propensión a negarnos
la realidad y pensar que puede haber –imaginar una vez
más—que podemos llegar a una ribera tranquila de
la historia donde podamos vivir ya de alguna forma felices. El
golpe del 11 de septiembre cambió todo eso. Creo que fuimos
presas de la fantasía de que los valores de la libertad
y la democracia, de que los valores más apreciados y apreciables
de Occidente iban a predominar finalmente. No es que yo crea
que estos valores hayan sido vencidos ni vayan a ser derrotados.
Pero es un hecho que comenzamos el siglo XXI con nubes ominosas
tras el ataque del 11 de septiembre. Pero, examinemos la situación
en Iberoamérica, como me gusta llamarla a mí, hay
muchos signos preocupantes, en efecto. Pero también los
hay positivos, y ahí están las filas de votantes
de Guatemala que impidieron la llegada de Ríos Mont al
poder. Y no es la clase media ni la burguesa, sino votantes muy
humildes que cambiaron las cosas en El Salvador y Nicaragua.
Iberoamérica no ha nacido predestinada a la democracia
liberal, pero todavía no ha desesperado de ella. Se puede
ver con toda claridad en México y también en Brasil.
La democracia en nuestros países también es frágil,
pero vigente. No creo que el mesianismo indígena vaya
a mover multitudes.
HT: Pero ha habido casos concretos como
el de Bolivia donde el indigenismo prácticamente asumió el manual maoísta
de asalto campesino a las ciudades y acabó con un presidente
electo…
EK: Tiene razón, existen. Yo los califico como el fundamentalismo
suave, y si digo suave, es comparándolos con los ataques
suicidas en Chechenia o Irak o en la realidad cotidiana en Oriente
Próximo. Pero hay que advertir que es en la zona andina,
sobre todo en Bolivia, algo en Perú, donde la sociedad
ya es mucho más plural. Son bastiones. Estoy convencido
por el caso mexicano de que la solución está en
el mestizaje y no en sentido étnico, sino en términos
mucho más amplios, mestizaje cultural, de mentalidades
y social. Y con todos los defectos de la sociedad mexicana, el
racismo no está entre sus problemas. No es casual que
los principales problemas estén en Chiapas, Yucatán,
en la zona maya, donde no hubo mestizaje. Allí no hubo
presencia de la conquista española, ni de la inmigración
ni la impronta misionera española, que es de una importancia
capital, la presencia de jesuitas, franciscanos, agustinos. Fue
aquél un mestizaje espiritual de gran importancia. Por
supuesto, que vamos a tener dolores de cabeza. Donde se da, se
trata de un fundamentalismo que, por suave que sea, es real y
opuesto a los valores democráticos y liberales de Occidente.
No cabe la menor duda. Pero no le doy posibilidades de encender
la región. Mucho más preocupante es el populismo.
HT: Ahí está Hugo Chávez en Venezuela,
pero hábleme ahora de ese gran país que tantas
esperanzas genera que es Brasil.EK: Qué bien que utilice Ud. la palabra “esperanza,” porque
para mí Brasil es hoy precisamente eso, una esperanza.
Brasil es, mucho más que un país, es un continente.
Pero además Brasil es, con todos sus problemas, lo que
llamaría una de las fronteras de vitalidad del planeta.
No estoy hablando sólo de vitalidad en los campos que
forman parte del folclor brasileño o de los clichés.
Yo tuve a un maestro norteamericano, Richard Moore, casado con
una bailarina haitiana; se enamoró de ella y después
de Brasil, y escribió mucho sobre el país. Él
me dio los elementos y los ojos para ver América Latina,
y entre otras muchas cosas escribió un libro muy importante
que se llamaba El Espejo de Próspero. Iberoamérica,
dice, es el otro Occidente, más vital, más integrador,
más generoso. Es un inmenso depósito de energía
y amor, también de caos, es cierto, y Brasil es producto
de un pacto, no de una ruptura con el poder colonial, como le
sucede a México, por ejemplo, y esa continuidad se manifiesta.
Tengo muchas esperanzas en Lula, y en gran parte porque es un
líder social, no viene de las universidades.
HT: Miedo a los líderes de formación ideológica,
según parece.
EK: Yo he acabado por tener mucho miedo a la guerrilla universitaria.
Son mucho más peligrosos los líderes que provienen
de una formación ideológica tan rígida y
de esquemas y doctrinas muy cuadradas de las ideologías.
Lula viene de la lucha social y de los sindicatos, son gente
mucho más acostumbrada a negociar.
HT : ¿Y Argentina?
EK: Argentina está saliendo por la llamada “vía
italiana.” Independientemente de lo que haga el gobierno,
la sociedad ha reaccionado. Creo que ya tocó fondo y está teniendo
una reacción de sensatez y de tocar realidad, que es lo
que le ha faltado a ese país, que siempre se ha creído
por encima de lo que en realidad es. Y a decir verdad, es bastante
extraordinario, por talentos, por recursos y potencialidades,
pero necesitaba un shock de realidad y ahora ya lo tuvo.
HT: Sigamos el turno de las preocupaciones con Venezuela...
EK: Me preocupa Venezuela. Creo que les va a costar mucho a
los demócratas, a la sociedad democrática venezolana,
apartar del poder pacíficamente a Hugo Chávez.
No olvidemos que la conexión entre Chávez y Fidel
Castro es muy estrecha. Si Castro, en contra de lo que él
piensa, resulta ser mortal, y yo creo que lo es, su muerte puede
tener un serio efecto. El fin del remanente del totalitarismo
en el Caribe reforzará sin duda la ola de democratización
en Iberoamérica. No obstante, los instintos populistas
existen y vienen de muy atrás. Tienen premisas culturales
muy antiguas que nos vienen del siglo XVII español, de
una gente que no delegaba el poder con carácter revocable
si no entregaba el poder a la autoridad. Eso no crea reyes, sino
reyezuelos, los famosos caciques y caudillos de nuestra historia.
No obstante, la prensa y, quiero subrayar, la presencia de España –no
quiero exagerarla, pero sí subrayarla—son muy importantes.
El ejemplo mismo de España desde 1975, demostrando que
no era cierto aquello de que la transición pacífica
hacia una democracia y una sociedad libre de mercado eran imposibles
porque no estábamos predestinados a ella, ha sido un faro.
En todo caso se está dando, también, en México,
esa lucha entre la modernidad y los fundamentalismos suaves de
que hablábamos.
HT: Cuba, ahora...
EK: La caída del muro nos ha demostrado que los historiadores,
por buenos que seamos analizando el futuro, somos malos profetas
y videntes. Sin embargo, sí puedo decir que no creo que
vaya a ser una transición violenta. Creo que será pactada.
Es tal el potencial y la vitalidad de la sociedad de esa isla,
que lo podemos comparar con lo que antes hablábamos de
Brasil. Cuba ha dado tanto al mundo, aún bajo la dictadura,
que pienso que la fuerza de sus gentes ha de llevar a una convergencia
entre aquellos en Miami y aquéllos en la Isla, y que será una
zona de éxito en esta batalla que estamos librando contra
los fundamentalismos y fanatismos de toda índole, fanatismos
de identidad racial, nacional, religiosa.
HT: Sigamos hablando de fundamentalismos. Hablemos de Estados
Unidos. Ese país, hecho por europeos y que en el pasado
siglo vino en auxilio de Europa en dos ocasiones, nos ha dado
muchas sorpresas. El 11 de septiembre, la solidaridad con ellos
fue enorme. Desde entonces han demostrado una capacidad de hacer
amigos que es manifiestamente mejorable. Hábleme un poco
sobre Washington y Bush.
EK: Primero, creo que nosotros hemos estudiado poco EE UU y
ellos han estudiado muy poco el mundo.
Ellos son un país casi autista. El único país
del mundo donde hay un campeonato deportivo nacional, el de béisbol,
al que se llama la Serie Mundial. Es indicativo. Vale la pena
comparar EE UU con el Imperio Británico, también
con el español, pero especialmente con el británico
por ser parientes culturales. Los británicos se interesaron
más, conocieron más y entendieron mucho más.
Los españoles, por ejemplo, aún mucho más.
Pero volvamos a los británicos y al ejemplo de la India.
Los británicos siempre se preocuparon, pese a todos sus
muchos defectos, abusos y excesos, en crear fundamentos democráticos.
Si exceptuamos Oriente Próximo, podemos ver que el mapa
del antiguo dominio británico está lleno de democracias
desde las Antillas hasta la India. En el imperio formal norteamericano
sucedió lo contrario. Siempre optó en contra de
la democracia en América Latina. Siempre apoyó a
los dictadores, nunca a los liberales. En suma, a EE UU le habría
hecho mucho bien, a su clase política, a su sociedad y
a sus intelectuales, haber estudiado Latinoamérica y su
historia ante sus nuevos problemas en Irak.
HT: ¿Fue un error entrar en Irak?
EK: Mira, yo creo que tarde o temprano habrían tenido
que entrar, pero creo que fue un error el momento y las formas.
Bush es un bárbaro en el sentido de las formas. En diplomacia
y política, las formas no son algo accesorio, forman parte
del fondo. A veces son todo el fondo. Bush es un hombre desprovisto
por completo de sensibilidad hacia las formas.
HT: ¿Cómo se explica que la
gran potencia cometa tal cantidad de chapuzas e improvisaciones
en Irak?
EK: Creo que el incendio general tiene su mecha en el asalto
del museo arqueológico. Había una ingenuidad indudable
en el proyecto de imponer la democracia en ese país con
su historia y su composición, que es un rompecabezas.
Cuando después de la victoria norteamericana se demostró que,
con aquella presencia militar era posible expoliar lo más
sagrado de la historia iraquí, fueron muchos los que consideraron
que todo era ya posible.
HT: Hace falta una nueva fundación de la ONU para buscar
una nueva solución a la situación creada...
EK: Después del fracaso de la Liga de las Naciones antes
de la II Guerra Mundial, los norteamericanos, al término
de ésta, fueron conscientes de la necesidad del organismo
internacional e iniciaron el proyecto de las Naciones Unidas.
Son ellas las que deben asumir el papel fundamental de nuevo.
Si se ve la historia de EE UU en el siglo XX, es la de un sheriff
atrabiliario pero también bastante ambiguo. Mientras el
balance en Iberoaméreica es terrorífico, en Europa
es lo contrario.
HT: Hablemos de Europa en esta crisis.
EK: Europa está enferma de prosperidad.
HT: ¿Qué piensa de la reacción
de Francia y Alemania en la crisis?
EK: Estamos hablando de un caso profundo de
ingratitud por parte de ellos. En la historia de las personas,
de las sociedades y
las naciones hay que mantener ciertos valores, y entre ellos
está la gratitud. O al menos la memoria. Lo que EE UU
hizo con Francia fue salvarla dos veces en el siglo XX. Para
los alemanes la operación de salvamento de Berlín,
el plan Marshall y la derrota misma de Hitler. Más haber
financiado la prosperidad de Europa poniendo ellos, EE UU, toda
la capacidad de defensa para que los europeos invirtieran en
todo lo demás. Y la guerra fría. Son datos gigantescos
en la historia, y por eso me parece una inmensa hipocresía
por parte de algunos europeos olvidar esto con tanta facilidad.
* Para El País, Madrid / Diciembre 21, 2003
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