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El sistema de pensiones chileno:
un modelo liberal que funciona
Por: Tomás G. Muñoz

Junio 2, 2004

En estos últimos años, Chile casi no es noticia: la máquina económica marcha bien, lo mismo bajo gobiernos democristianos o socialistas. Lejos estamos de aquel Santiago que conocí por primera vez en 1955, destartalado, lleno de mendigos, los rotos por doquier, y una versión lugareña de Pedro López Lagar en cada esquina. Hoy, hoteles y centros comerciales han proliferado, el área urbana central está limpia y reconstruída, santiaguinos y santiaguinas andan bien vestidos, funciona un eficiente metro.

Entre los éxitos estelares de Chile figuran las AFPs o Administradoras de Fondos de Pensiones, que funcionan con múltiples variantes en Iberoamérica, Europa, Asia y África —Bolivia, Perú, Colombia, Bulgaria, Polonia, Hungría, Suecia, Eslovenia, Egipto, Corea, Sri Lanka, Nigeria, Pakistán, y otros que elevan la lista a 100 países.

El origen de las AFPs chilenas, en 1981, se atribuye a José Piñeira (entonces Ministro de Trabajo) y a sus Chicago Boys, antiguos alumnos del Nobel de Economía Milton Friedman en la Universidad de Chicago. Curiosamente, la legislación inicial simplemente pretendía desactivar la bomba de tiempo que era la Seguridad Social de Chile —así diagnosticaron los creadores de las AFPs— en vista de que el país acusaba crecientes expectativas de vida y bajas tasas demográficas.

En sus inicios, el sistema era simple: el trabajador podía cotizar sus pensiones (10% de sus salarios) a la Seguridad Social o a la que a la AFP que aquél libremente escogiera; cada seis meses, tenía el derecho de cambiar de AFP por el motivo que fuese; las inversiones de la administradora estaban limitadas a títulos del Estado y depósitos bancarios; las AFP garantizaban una rentabilidad mínima (1); y estaban sujetas a una estricta supervisión de la Superintendencia de AFPs y el Ministerio de Trabajo.

Los traba
jadores chilenos respondieron con entusiasmo: desde los primeros años del programa, 95% optaron por colocar sus fondos con AFPs, y con razón: el retorno dolarizado ha promediado un 10% anual desde 1984, lo que eventualmente resultará en pensiones más que decorosas. Como el chileno promedio ahorra 5% del PIB (cerca del 20% del ingreso disponible), las AFPs crecieron enormemente: en 1981, éstas manejaban un total de US$ 17 millones, que hoy sobrepasan los US$ 50 millardos (una expansión de casi 3,000 veces). Y la competencia de captación ha sido durísima: las 12 AFPs establecidas en 1981 pasaron a un pico de 22 en 1996; hoy son sólo seis, en su mayoría de capital chileno.

Naturalmente, las autoridades se vieron obligadas a flexibilizar las reglas del juego originales. Hoy, los fondos pueden invertir en renta variable y fija, en pesos chilenos y divisas, en proyectos de infrastructura: la autopista Santiago-Viña del Mar la financiaron las AFPs. Y desde 1988, se permitieron las pensiones de pre-jubilación, que desde entonces han aumentado de $258 a $318, ambos mensuales. Comparativamente, un jubilado estadounidense recibe un promedio de $925 de su Social Security, aunque el ingreso per-capita en Estados Unidos es ocho veces mayor que el de Chile.

Las AFPs chilenas constituyen el más grande pool de fondos en Iberoamérica —algo notable, si se considera que el PIB chileno es el sexto en la región (2). Y el país ha reducido drásticamente su dependencia de capitales golondrina o, para el caso, inversión extranjera. El esquema ha beneficiado tanto a los jubilados chilenos como a la economía en general, un rotundo éxito.  Pero, en la convulsa Iberoamérica, el liberalismo bien aplicado no es noticia.

1 - Definida como la media ponderada de la rentabilidad de todas las AFPs, lo que favorece la competencia.
2 - Después de México, Brasil, Argentina, Colombia y Venezuela.

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