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Alberto
Venegas Lynch *
El drama de la drogadicción:
una propuesta
El
conocimiento está inmerso en un proceso evolutivo que
no tiene término. Debido a los efectos devastadores de
las drogas alucinógenas para usos no medicinales, hace
tiempo consideraba que debían prohibirse. Estimaba que
se ponía en jaque el derecho de terceros como consecuencia
de posibles actos de quienes proceden bajo el efecto de las antedichas
sustancias tóxicas.
En
gran medida, debido a la reiterada argumentación de
varios de mis alumnos en distintos medios universitarios, he
cambiado de parecer en cuanto a la prohibición, lo cual
he puesto de manifiesto en otras ocasiones. En esta oportunidad,
pretendo resumir este problema tan espinoso y controvertido para
señalar las graves consecuencias de que el aparato estatal
penalice la producción y el uso de los estupefacientes
en cuestión. Divido el análisis en quince puntos,
que considero centrales y que, estimo, derivan de la aludida
prohibición.
En primer término, el precio de la droga se eleva debido
a la prima por el riesgo de operar en el mercado negro. En la
mayor parte de los países, la cruzada estatal es de tal
envergadura que el riesgo es grande y, consecuentemente, los
márgenes operativos resultan astronómicos. Los
ingresos que reciben los productores de Bolivia, Perú,
Turquía, Laos o Paquistán resultan mínimos
si se los compara con las suculentas ganancias de los que ponen
el producto a disposición del consumidor final. Esto estimula
el incremento de la producción y elaboración de
las drogas.
Segundo: debido a lo señalado en el punto precedente,
se torna económica la producción de productos sintéticos
de efectos inmensamente más demoledores que los naturales,
tales como el crack, el china white, el ice, el coco snow, el
synth coke, el crystal cain, etcétera.
Tercero: también como consecuencia de los exorbitantes
márgenes operativos surge la figura del pusher, con incentivos
descomunales para conseguir adeptos en todos los mercados posibles,
especialmente entre la gente joven, siempre más dispuesta
a ensayar lo nuevo, sobre todo si la mercadería se presenta
con características poco menos que redentoras.
Cuarto: en los casos en que se produce la lesión a un
derecho, hay un victimario y una víctima. Esta última,
o quienes actúan como subrogantes, denuncian la agresión
y pretenden el castigo y la recompensa correspondiente. En el
caso que nos ocupa, debido a que se trata de arreglos contractuales,
no hay víctima del atropello a un derecho, ni victimario.
Por lo tanto, debe recurrirse al soplón y también
al espionaje y a la consecuente invasión de la privacidad
y de los derechos de las personas, lo cual incluye exámenes
de orina, sangre, revisión de bolsillos y carteras, olfateo
por parte de sabuesos entrenados al efecto, violación
de la correspondencia, del domicilio y el secreto bancario, "pinchadura" de
conversaciones telefónicas y detención de personas
por llevar "demasiado" efectivo, además de violencia
física de muy diversa índole y magnitud.
Quinto: en este contexto, toda persona que desea drogarse es
obligada a entrar necesariamente en el circuito criminal, con
lo que se expone a todo tipo de vandalismos, al tiempo que es
permanentemente invitada a incorporarse a las bandas.
Sexto: debido a las sumas astronómicas que manejan los
narcos, existe una permanente presión para corromper a
policías, jueces y gobernantes, incluyendo, en primer
término, a lo que era en Estados Unidos el Federal
Bureau for Narcotics y lo que ahora es el Drug Enforcement
Administration. Se llenan libros con las listas de los corruptos que, se supone,
están encargados de librar la guerra a los narcos, pero
que, en verdad, muchas veces cubren sus operaciones.
Séptimo: el costo de la antedicha guerra lo deben sufragar,
coactivamente, todos los contribuyentes. Por ejemplo, en los
Estados Unidos, sólo en el último ejercicio fiscal,
el gobierno federal gastó 18 mil millones de dólares
en esta cruzada, en la que la gran mayoría de los ciudadanos
debe pagar para combatir al porcentaje minoritario que decide
intoxicarse.
Octavo: el atractivo del "fruto prohibido" hace de
incentivo adicional, especialmente entre los colegiales. Esto
fue lo que también ocurrió en los Estados Unidos
con la ley Volstead, más conocida como Ley Seca, que requirió una
enmienda constitucional y que duró desde 1920 hasta 1933.
Esta cruzada contra el alcohol tuvo que ser abandonada porque
terminó en una catástrofe y en un estímulo
enorme para la mafia.
Noveno: cada vez en forma progresiva, la guerra
antinarcóticos
abarca territorios mayores. Hay ciudades en las que los tiroteos
entre facciones rivales y con la policía convierte en
imposible la coexistencia.
No hay esta violencia entre vendedores de pollos o de relojes.
Ocurrió con el alcohol y ahora con las drogas debido a
la manía de manejar vidas ajenas en lugar de reservar
la fuerza para fines exclusivamente defensivos.
Décimo: las municiones que vuelan por los aires y que
hacen la vida imposible a ciudadanos pacíficos aparecen
también como consecuencia de que las diferencias que pueden
suscitarse en las operaciones comerciales de marras no se pueden
resolver en los tribunales, ya que la droga está prohibida,
lo cual cierra el camino a procesos evolutivos de arbitraje.
Undécimo: en algunos lugares se restringe, también
por ley, el uso de jeringas, lo cual conduce a un espeluznante
efecto multiplicador del sida y de otras enfermedades infecciosas,
además de las lesiones cerebrales irreversibles que causa
la tragedia de la drogadependencia.
Duodécimo: se estimula el engaño
a través
del lavado de dinero o del blanqueo de capitales, fruto del comercio
con la droga, con lo que operaciones que aparecen como inocentes
terminan por envolver a personas ajenas al negocio de los estupefacientes.
La Financial Task Force of Money Laundry estima que el 70 por
ciento del dinero que se lava en el mundo es el resultado del
narcotráfico (el resto es, principalmente, fruto de la
corrupción de gobernantes, del terrorismo y de la extorsión).
Decimotercero: visto desde una perspectiva metodológica,
como es sabido, correlato no significa nexo causal. Se suele
mostrar la participación de drogadictos en diversos crímenes,
cuando lo relevante para el caso es mostrar el porcentaje insignificante
de drogadictos que cometen crímenes, tal como queda reflejado,
entre otros, en el trabajo de Bruce Benson y David Rasmussen
sobre crímenes y drogas.
Decimocuarto: quien usa la droga para fines no medicinales se
está dañando, pero eso no significa que se convierte
en un asesino. Constituye una presunción a todas luces
gratuita el suponer que el poeta que se cree "más
inspirado" y que el operador de Wall Street que piensa que
será "más eficiente" si consume drogas
se convierten en asesinos. Cada uno responde ante su conciencia
y debe asumir las responsabilidades por lo que hace. Quien comete
un crimen bajo el efecto de las drogas no debería sufrir
consecuencias legales atenuadas, sino, por el contrario, agravadas.
Decimoquinto: sin duda que hay comportamientos que pueden poner
en peligro la seguridad de otros. Si mi vecino está maniobrando
con fósforos y explosivos o si su hijito está jugando
con un cañón antiaéreo en la medianera de
mi casa, tendré el derecho de denunciarlo y de que se
proceda en consecuencia para remediar la situación. También
quienes habitan las casas lindantes a la mía protestarán
justificadamente si me excediera en la emisión de decibeles
o de monóxido de carbono. En esta misma línea argumental
es natural que en un centro comercial o en una autopista privada
cualquier manifestación de intoxicación sea reprimida.
En los casos de la llamada propiedad pública, las manifestaciones
de intoxicación deben ser punibles. A estos efectos resulta
irrelevante si la intoxicación se produjo con pegamentos,
jarabe para la tos, tranquilizantes, alcohol o con las drogas
a las que nos estamos refiriendo.
.
En el Wall Street Journal, Milton Friedman nos dice: "Las
drogas son una tragedia para los adictos. Pero la criminalización
de su uso convierte esa tragedia en un desastre para la sociedad,
indistintamente para usuarios y no usuarios". William F.
Buckley, en el Washington Post, escribe: "La nuestra es
una sociedad en la que mucha gente se mata con tabaco y con borrachera.
Algunos lo hacen con cocaína y heroína. Pero deberíamos
tener presente todas las vidas que se salvarían si la
droga mortal se pudiera vender al precio del veneno para las
ratas". En uno de los editoriales de The Economist titulado "Misión
imposible" se lee: "La prohibición [de las drogas]
y su fracaso inevitable convierten un mal negocio en uno rentable,
criminal y más peligroso para los usuarios".
.
En el margen, hoy se expenden algunas drogas de mala calidad
a un precio relativamente bajo, pero siempre en el contexto de
una fenomenal estructura montada por los antedichos márgenes
suculentos. Anulados los incentivos artificiales, habrá drogas
que desaparecerán por antieconómicas y, en otros
casos, los precios se reducirán sin que se eleve el consumo,
debido, precisamente, a que se revierte drásticamente
la potente maquinaria que empuja las ventas.
.
Sin duda que el drama de la drogadicción es consecuencia
de la pérdida de valores por parte de quienes alegan la
necesidad de alucinarse y, por tanto, renuncian a la condición
propiamente humana de utilizar con lucidez la estructura intelecto-volitiva
de que estamos dotados. Independientemente de aquella decisión
vital, manteniendo los demás factores constantes, la propuesta
de liberar el mercado de drogas permite concluir que el uso de
las drogas tiende a disminuir, tal como ha ocurrido en diversos
lares, lo cual queda consignado, por ejemplo, en las obras Dealing
with drugs. Consequences of government control, compilada por
Ronald Hamowy, y The crisis in drug prohibition, compilada por
David Boaz.
* Presidente de la sección
Ciencias Económicas
de la Academia Nacional de Ciencias de
Argentina
La
Nación (Buenos Aires) / Junio 21, 2004
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