Por
Alberto Mansueti, desde Caracas
Raíces
cristianas del Liberalismo y católicas del Capitalismo
[Los
jesuítas] “favorecieron
el espíritu de empresa, la
libertad de especular y la expansión
del comercio, considerando sus beneficios
sociales. No es difícil concluir
que aquella religión que
favoreció el espíritu
del capitalismo fue la de los jesuítas
y no la de los calvinistas.”H.
M. Robertson: Aspects of the Rise
of Economic Individualism: a Criticism
of Max Weber and His School, Clifton,
A. M. Kelly, 1973, p. 164. El libro
se consigue en http://www.questia.com
Parar
empezar, ¿qué es
liberalismo económico
y capitalismo? Son sinónimos,
ya que el liberalismo comprende
un lado económico y
otro político. Resumidamente,
liberalismo económico
es el pleno e irrestricto reconocimiento
como derechos humanos de las
libertades económicas
para:
° Trabajar,
negociar y comerciar,
ahorrar e invertir, crear
riqueza formalizando
contratos
[laborales,
alquileres, empréstitos,
etc.], y, mediante sociedades
con fines económicos,
producir
ganancias, conservarlas
y disponerlas.
Hablamos
de “derechos humanos” bien
entendidos: no hay tal derecho a
ser mantenido o semimantenido por
el Gobierno con comida, medicinas,
vivienda, enseñanza, etc.
Se
alega que el liberalismo económico
es impracticable porque hay demasiada
pobreza y miseria. Desde luego las
hay, pero producto de las restricciones
oficiales y sus negativas consecuencias
en el orden económico, es
decir, del estatismo reinante, que
bastaría con remover para
crear riqueza en abundancia. Y
en muy corto plazo:
° Contra
lo que afirman los
neoliberales,
no habría que esperar
mucho por los buenos resultados,
si las
reformas liberales son genuinas,
dada la enorme cantidad de
relaciones económicas
productivas que se anudarían
en el acto, tan pronto desapareciesen
restricciones
hoy tan incapacitantes como
regulaciones e impuestos excesivos.
En tal caso,
y de ser la riqueza creada
aún
insuficiente, los Gobiernos
podrían
suplementar la caridad privada,
pero distribuyendo bonos
canjeables para utilizarse
en las empresas
[privadas] médicas,
educativas
y previsionales.
° Y
si no son auténticas las
reformas liberales, los buenos resultados
no se verían, ni a corto
plazo ni a largo, como ocurrió en
Europa del Este y América
Latina durante los ’90.
Al
liberalismo económico, sus
enemigos acérrimos le llaman
desde antiguo “capitalismo”,
y ahora “neoliberalismo”.
También le nombran “economía
de mercado” sus amigos ignorantes,
quienes le hacen al menos tanto
daño como sus enemigos. Veamos:
° Capitalismo
le llamaron los marxistas,
tanto socialdemócratas
como comunistas.
° “Neoliberalismo” llaman
ahora los neocomunistas a
las experiencias de los ’90,
que por su naturaleza fueron
neoestatistas —la continuación
del estatismo por otros medios— y cuyos resultados debemos
admitir
fueron funestos, aunque no
por las razones que los comunistas
alegan.
° “Economía de mercado” es
expresión redundante: siendo
mercado la oferta y demanda de un
bien o servicio, toda economía
es de mercado. Distinta cosa es
que los mercados sean libres, o
limitados por acciones de los Gobiernos
[o de los gremios con su protección.]
Siendo libres, la economía
es libre o de mercado libre; caso
contrario, es intervenida o de mercado
constreñido. Pero no hay
tal cosa como “economía
de mercado”. Y menos ese concepto
ridículo, más absurdo, “economía
no de mercado”.
Liberalismo
político no es
democracia. Es Gobierno
limitado,
complemento indispensable
y sostén
de las libertades económicas.
O la otra cara del liberalismo
económico:
° Gobierno
limitado en fines,
funciones, competencias
y recursos, tamaño
y personal; mas no en fuerza represiva,
a fin de hacer justicia. En síntesis:
lo que sus enemigos llamaron “Estado
gendarme”, por oposición
al Estado industrial, comerciante,
maestro, artista, médico,
deportista y hermanita de la beneficiencia.
° Democracia,
como sabemos, es “gobierno
del pueblo”. Cuando el pueblo,
o sus representantes, desconocen
límites al Gobierno, violentan
así los sagrados derechos
de las personas, y la democracia
se convierte en irreconciliable
enemiga de toda libertad, económica
o política.
Origen
cristiano del liberalismo
En la colectivista Antigüedad
pagana, el hombre era una
propiedad del Estado -aunque
fuese un Estado
democrático-, y la
mujer del hombre. La libertad
personal,
que implica límites
marcados al Estado, fue cristiana
novedad
-parte del “Evangelio”,
buena nueva-, basada en
el concepto del ser humano.
El hombre como persona
individual, invitada por
Dios a disfrutar de una
relación
familiar con Él
mediante Jesucristo, poseedor
de un alma
espiritual, y llamado
a gloriosa resurrección
en el día
postrero. E igual la mujer,
por
supuesto. [1]
Este
origen cristiano se ve muy
claro en los derechos de resistencia
a
la opresión y rebelión,
uno de los pilares del liberalismo.
Son derechos oponibles a toda tiranía
o autoridad injusta, imperial, real,
democrática o la que sea. ¿Cuál
es su fundamento o justificación?
Rastreando sus raíces históricas,
llegamos hasta los escritos de los
primeros pensadores cristianos,
especialmente de los siglos II y
III. Debieron afrontar acusaciones,
vejámenes y persecuciones
de los tiránicos emperadores
romanos, así como del populacho.
Se les requerían exigencias
incompatibles con su fe -rendir
culto a los dioses estatales y al
Emperador-, incluso para trabajar,
celebrar contratos y hacer trámites,
enseñar, obtener puestos
públicos, pertenecer a gremios
profesionales, votar, viajar o
residir.
Por
supuesto, los cristianos basaron
en la Biblia un concepto de
Gobierno limitado muy estrictamente
a la
administración de justicia.
El ateniense Cuadrato es el primero
de ellos, quien expuso la doctrina
cristiana en una Epístola
al Emperador Adriano. Destaca asimismo
Arístides, otro griego, filósofo,
autor de una apelación similar.
Le siguen Justino mártir,
y su discípulo Taciano. Melitón,
Obispo de Sardis, escribió al
Emperador Antonino.
El
mismo concepto puede extraerse
de las obras de San Agustín,
Obispo de Hipona en el siglo V.
[2] Y asimismo San Alberto el Grande
de Colonia y su ilustre discípulo
Santo Tomás de Aquino, en
el XIII. Según ellos, la
resistencia a la opresión
puede tomar diversas formas, proporcionadas
al grado o medida de la tiranía.
Implica derecho de rebelión,
en grado extremo y última
instancia, pero siempre verificando
ciertas condiciones, entre otras:
agotamiento de los medios persuasivos
y pacíficos, y considerable
probabilidad de éxito, de
modo que no se siga un mal mayor.
¿Y el libre mercado? El capitalismo
o liberalismo económico se
origina en la Escolástica
hispana, llamada también
escolástica tardía
o posmedieval, escuela de pensamiento
que se desarrolló en España
e Hispanoamérica colonial,
en los siglos XVI y XVII. Defendió los
derechos de artesanos, mercaderes,
tratantes de cambios y préstamos,
y demás gentes comunes y
de trabajo, contra las pretensiones
de Emperadores, reyes, y cualesquiera
otras autoridades -ministros, alcaldes,
jueces injustos-, y contra los gremios.
Sus autores, católicos, y
sacerdotes en su mayoría,
pertenecieron a diferentes órdenes
religiosas.
Enseñaron
y escribieron principalmente
en la Universidad de Salamanca,
pero también en la
Complutense [Alcalá de
Henares], Coimbra [Portugal],
e incluso la Sorbona
[París]. Fueron autores
conocidos
en las universidades del
Nuevo Mundo, y tuvieron
su
peso en la génesis
intelectual de la Independencia
hispanoamericana.
En
teología y filosofía,
algunos fueron agustinianos,
otros tomistas, otros escotistas
—seguidores
respectivos de San Agustín,
Santo Tomás y Duns
Escoto—- otros con
su propio sistema —el
jesuíta Francisco
Suárez
y otros eclécticos.
Pero todos en un marco
signado por el
realismo objetivo,
que es la concepción
metafísica
afirmativa
de una realidad
exterior
y anterior
a la conciencia,
que
responde a un orden
natural, cognoscible,
comprensible
y razonable, aunque
no sin dificultad,
y al cual podemos
ajustar nuestra
conducta con
provecho. En consecuencia,
en economía
y derecho políticos,
eran lo que hoy
llamamos
liberales.
[3]
¿Moralistas? A veces, sí,
escribían como teólogos
moralistas, p. ej. en relación
al interés de los préstamos,
pero no para condenarlo entre personas
dedicadas al comercio o actividad
económica. Entre otros el
agustino Felipe de la Cruz, en su “Tratado único
de interés, y sobre si se
puede llevar dinero por prestallo”,
editado en Madrid por Fco. Martínez
en 1637.
Hablamos
de los fundadores de la ciencia
económica. Porque otras veces,
escribían con un propósito
especulativo científico,
como p. ej. tratando sobre el origen
monetario de la inflación,
a partir de la experiencia de la
carestía originada en la
abundancia de oro y plata procedentes
de América. Y en otras ocasiones
escribían con la muy práctica
intención de instruir a los
negociantes en consejos y avisos útiles
para desempeñarse con éxito.
El también agustino Luis
Saravia de la Calle p. ej. escribió una “Muy
provechosa Instrucción de
Mercaderes”, editada en 1544
en Medina del Campo, al parecer
muy aplicada posteriormente.
En
lo que puede ser una Memoria
hispano-católica
del liberalismo económico,
destacan el dominico Francisco de
Vitoria [1495-60], inspirador del
resto. Le sigue su coetáneo
y compañero de orden, Domingo
de Soto, autor de “De Justitia
et Jure”, que conoció al
menos 27 ediciones. Y el también
dominico Martín de Azpilcueta
[1493-1586], llamado Dr. Navarro
por su origen, autor de un popularísimo “Manual
de Confesores y Penitentes”,
tratando tópicos como propiedad
privada, monopolios, impuestos y
préstamo a interés,
a saber materias del sacramento
de la Confesión. Dominicos
de la generación siguiente
escribieron tratados sobre contratos,
préstamos, moneda y banca,
e industria y comercio en general:
Domingo Báñez, Tomás
de Mercado, Francisco García
y Pedro de Ledesma.
Hubo
también franciscanos:
Juan de Medina, Luis de Alcalá,
y Henrique de Villalobos [ss. XVI
y XVII], quienes escribieron sobre
economía, pese a que la pobreza
se asocia legendariamente a su orden.
Y no lo hicieron para condenar la
riqueza en sí misma, sino
el apego a ella sin medida, y para
inquirir sobre sus causas y orígenes.
Hubo también escritores agustinos:
el Obispo Miguel Salón, Pedro
de Aragón, Cristóbal
de Villalón, y los ya nombrados
Luis Saravia de la Calle y Felipe
de la Cruz.
La
Compañía de Jesús
Pero
los Jesuitas fueron los más
numerosos, a partir de la fundación
de la Compañía en
1540. Y llegaron a ser los más
conocidos, especialmente Luis de
Molina, Juan de Mariana, y el mencionado
Francisco Suárez. A estos
siguieron algunos en América:
Juan de Matienzo, Pedro de Oñate
y Antonio de Escobar y Mendoza.
Los
jesuitas fueron asociados a
la justificación teológica
del regicidio, y por eso se hicieron
antipáticos a las Cortes
europeas, lo que cuenta entre las
causas de las medidas de expulsión
dictadas contra la Compañía
por muchos monarcas, hasta llegar
a las presiones por su supresión,
la que decretó finalmente
en 1773 el Papa Clemente XIV. Pero
otra causa fue la codicia por la
riqueza de las posesiones que administraban
en América. [4]
Enseñanzas
de la Escolástica
hispana
Pueden
resumirse así:
° Según
la visión bíblica
y cristiana del mundo, como
creación
divina, y gobernada por
leyes impuestas y queridas
por Dios,
los escolásticos
hispanos defendieron un
orden natural en la economía,
entre otras verdades objetivas.
Está presente
la idea de que la riqueza
se crea —y se distribuye
también— según este orden
natural,
que se expresa en
los mercados.
Este optimismo metafísico
de los escolásticos
influyó en
los fisiócratas
y otros economistas
franceses como
J.-B. Say y Bastiat,
de los cuales
procede
la escuela
austriana de Economía.
° Por
supuesto que el
pecado
irrumpe en el mundo
creado,
lo desvirtúa
y degenera; pero a los hispanos,
ese hecho evidente, en lugar de
hacerles pedir intervención
gubernamental como remedio -al modo
de los economistas clásicos
ingleses, de filiación protestante-,
les llevó a la más
lógica conclusión
opuesta: les hizo desconfiar de
las autoridades, ministros y demás
personeros del poder, obviamente
no excentos de la mancha del pecado.
° Trataron
un concepto que puede
llamarse hispánico de Derecho
Natural, excento de la connotación
igualitarista propia de la Revolución
Francesa.
° A
diferencia de los economistas
de la llamada Escuela
Clásica
inglesa, avanzan los escolásticos
un concepto de precio de
mercado como precio natural,
que prefigura
la noción del valor
de las cosas dependiente
no de cualidades
intrínsecas a ellas
mismas, i.e.,el
trabajo
incorporado u
otra cualquiera, sino
de su escasez relativa,
y de las incontables apreciaciones
subjetivas de los eventuales
clientes
sobre tales cualidades
y su utilidad. Esta concepción
respeta la libertad de
las personas, frente
a las intromisiones gubernamentales,
empeñadas en imponer
a las cosas un precio
oficial que refleje
el supuesto valor intrínseco.
° No
condenaron los escolásticos
la propiedad privada -todo lo contrario-;
ni las ganancias o las riquezas
en sí mismas, sino el apego
o amor desmedido y desordenado a
las posesiones materiales, como
la riqueza, pero también
el poder. Tampoco santificaban la
pobreza en sí misma, sino
voluntariamente aceptada, caso
de los votos religiosos, que no
dispensaban
de trabajar.
° Condenaron
moralmente sí,
y sin sutilezas: los impuestos elevados;
los controles oficiales de precios;
el gasto estatal inútil y
dispendioso; el excesivo endeudamiento
fiscal; y la degradación
monetaria. Y condenaron los monopolios
-tanto en los peticionantes como
en los concedentes-, lo cual equivale
a sostener y defender el irrestricto
derecho a la libre concurrencia.
° ¿Por qué estas condenas?
Porque estas prácticas gubernamentales
abusivas empobrecen al pueblo,
lo hacen miserable. Y esta pobreza
o miseria impuesta no es buena
ni
deseable -mucho menos querida por
Dios-, todo lo contrario, es una
carga y agobio de tal peso o gravedad
que impide el vivir una vida plenamente
cristiana.
¿Y Max Weber? Según
la leyenda popular, escribió que
el origen del capitalismo se halla
en la ética protestante;
y en especial del calvinismo, por
la doctrina de la predestinación.
Se supone que el éxito material
en esta vida sería señal
de predestinación o llamado
divino para la otra vida, eterna.
Sin embargo, la obra de Max Weber
es más compleja; y por supuesto
la de Calvino. De todos modos la
tesis popular ha sido superada por
mucha investigación concienzuda.
La creencia en la predestinación
-que se basa en las Cartas de San
Pablo, y su exposición remonta
a Agustín de Hipona, autor “compartido” por
todo el mundo cristiano-, no tiene
nada que ver con el capitalismo,
y poco que ver con el protestantismo
[5]:
° En
la obra escrita
más importante
de Calvino -las “Instituciones
de la religión cristiana”-,
la predestinación no es asunto
principal, y no de la parte dedicada
a la ética.
° Y
aunque pudo ser
tema de predicación
de pastores calvinistas -o luteranos
o anglicanos-, contó muchos
adeptos católicos, p. ej.
los “jansenistas”, seguidores
Jansenio y Blas Pascal, s. XVII
...
° ...
y decididos adversarios
protestantes, p. ej. “felipistas” [seguidores
de Felipe Melanchton]; luteranos
amplios o “concordantes” [por
la Fórmula de la
Concordia
de 1577 con el felipismo],
y otras
vertientes surgidas de
la Reforma,
como los bautistas, tanto
europeos
como norteamericanos.
° Buena
parte de los actuales
evangélicos
creen en la predestinación
y no se inclinan por el capitalismo;
algo similar pasa con los cristianos
ortodoxos orientales.
° Siempre
hubo destacados protestantes
y no católicos socialistas,
a partir del anabaptista
alemán
Thomas Münzer en el
siglo XVI, y el Gobernador
William Bradford,
de la colonia inglesa de
Plymouth en Norteamérica,
hacia 1620. La mayor parte
de las Iglesias protestantes
son hoy en día declarada
y firmemente socialistas;
y eso desde el siglo XIX,
cuando el pastor
anglicano Charles Kingsley
inventó el “socialismo
cristiano”.
° No
hay evidencias que
asocien
al predestinacionismo
con determinada ética
personal o sistema político
alguno. Aunque la teología
[marxista] “de la Liberación” es
de raigambre católica, destacados
autores católicos de hoy
-Michael Novak, Robert Sirico,
Richard John Neuhaus, Rocco Buttiglione-
han recuperado su fe en el capitalismo.
[6]
O
sea: que ni los países llamados
católicos están “predestinados” al
socialismo o al estatismo por causa
de la religión, ni los “protestantes” al
capitalismo.
Ética cristiana del trabajo
Lo
que sí tiene que ver con
el capitalismo, y mucho, es la ética
cristiana del trabajo a conciencia,
esmerado y leal. Pero no es exclusiva
ni distintivamente calvinista o
protestante. Es lección moral
que deriva de la doctrina juedeocristiana
de la vocación temporal al
oficio propio, como llamado de
Dios al hombre para dar fruto, y
buen
fruto.
El
trabajo, incluso manual o
artesanal
—no muy bien visto por
la pagana Antigüedad,
a diferencia de los judíos—-
es considerado
por los cristianos a la
luz
de la Biblia. El trabajo
abre paso a la
creación del hombre,
a imagen y semejanza de
la de Dios, salvas
las distancias. Como actividad
humana el trabajo no demerita
ni carece
de dignidad, todo lo contrario,
e incluye desde luego
la
actividad comercial, industrial,
y económica
en general. Es una de
tantas
viejas doctrinas compartidas
por todas
las ramas del cristianismo,
católicas
y no católicas
de toda época
y escuela. [Hoy en
día
destaca en el Opus
Dei:
el trabajo como
llamado especial
de
Dios a la “santificación
por el trabajo ordinario”.]
Por supuesto fue
tesis
de la Escolástica
medieval y post-medieval,
y sus ramificaciones
americanas, enseñadas
a muchos independentistas
hispanoamericanos.
[7]
En
la Escolástica hispánica,
la ética cristiana del trabajo
se ubica en un contexto de fuerte
condena moral de toda forma de opresión
económica gubernamental que
disminuyen la eficacia del trabajo
humano y su dignidad. El trabajo
y su rendimiento pueden ser injustamente
limitados por monopolios o caprichosas
regulaciones oficiales, y su fruto
puede ser confiscado por impuestos
injustos o excesivos, cualquiera
sea la forma que adopten, incluyendo
la inflación monetaria. Es
inmoral y degradante una condición
que obliga al trabajador a jornadas
extenuantes para sólo subsistir,
y en condiciones afrentosas a su
humana dignidad, pero se origina
no en los patronos -si los hay,
caso de labor bajo contrato-, sino
en los Gobiernos.
Influencias
posteriores de la Escolástica
hispana. Entre las más notables:
° La
experiencia del Gobierno de Carlos
III [1759-88], y
los frustrados
intentos liberales de sus ministros “ilustrados” -Esquilache,
Aranda, Grimaldi y Floridablanca-,
incluyendo el libre comercio con
América. Inspiradas en parte
por la Ilustración ultra-racionalista
y antireligiosa, la influencia de
los escolásticos hispanos
no está ausente. Las lecciones
de esta experiencia, son asombrosamente
las mismas de las reformas latinoamericanas
de los pasados años ’90.
Primera lección: fracasan
las reformas liberales a medias.
Segunda: causa del fracaso es la
indefinición o ambigüedad
ideológica.
° Independencia de Venezuela
y América.
La Universidad de Caracas p. ej.
se fundó en 1721, pero sobre
la base del Colegio Seminario Santa
Rosa, que tenía unos 50 años
funcionando. Y antes y después,
de Venezuela colonial siempre hubo
estudiantes en las Universidades
de España, y de México,
Lima, Santo Domingo y Bogotá,
por mencionar sólo las regiones
de habla española. Sin duda
a través de ellas se dejó sentir
la influencia de la Escolástica
hispana en la génesis intelectual
del proceso político de la
independencia, más allá de
los avatares de su gesta militar.
° Los
fisiócratas y Adam
Smith. “La
riqueza de las naciones” apareció en
1776, año de la Independencia
norteamericana. Y de la
caída
de Turgot como Ministro
en Francia, por el temor
de la Corte a las reformas
liberales emprendidas -como
en España,
cuya frustración
fue sin duda combustible
para la Revolución.
Con anterioridad Smith
estudió en
Francia a los fisiócratas
Quesnay y Turgot, a quienes
debe el concepto de “laissez
faire”.
Mucho adeudan todos a
los escolásticos
hispanos, más
antiguos.
° Say
y Bastiat. Aún más
influencia escolástica se
aprecia en las obras de los herederos
de los fisiócratas, Juan
Bautista Say y Federico Bastiat,
quienes polemizaron con los llamados
clásicos ingleses. [¿No
son más clásicos Say
y Bastiat?] Refutaron su concepto
de valor basado exclusivamente en
el trabajo incorporado, y desconocedor
de los datos de los mercados. Y
refutaron también sus pesimistas
visiones de una economía
gobernada por leyes naturales incapaces
de dirigir su curso de modo más
o menos benevolente, junto al trabajo
creativo e inteligente de los hombres.
Las clásicas son leyes “de
hierro” de la población,
o “de hierro de los salarios” [Malthus
y Ricardo respectivamente, para
no hablar de Marx], que fatalística
y ciegamente conducen a crisis -de
escasez o sobreproducción-,
carestías y desempleos por
limitaciones infranqueables, y otros
malos resultados. A este pesimismo
debe la Economía su injustamente
ganado apelativo de “ciencia
lúgubre”, y de él
salen los constantes clamores por
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