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POR RODRIGO ARBOLEDA, Cambridge, Mass. *
El crecimiento asombroso de India y China

Mientras naciones suramericanas caminan jactanciosas hacia la izquierda socialista, los dos gigantes de Asia se vuelcan con furia al capitalismo.

No hay remedio. Como siempre, vamos a contrapelo. Tendremos entonces ahora dos nuevas excusas para endilgar a otros las causas de nuestros males. Como ya nos estábamos volviendo aburridos y monótonos acusando al Banco Mundial, al FMI, al BID, a la globalización, al neoliberalismo, a Bush y por ende a E.U. como los diabólicos causantes de todos nuestros desastres, se nos presenta ahora en bandeja de plata otro sofisma de distracción para demorar un rato más el tomar responsabilidad por nuestros propios problemas. Pondremos entonces en marcha la creación de dos nuevos demonios: India y China. Ellos marcarán nuestro destino las próximas décadas. Y de estos dos gigantes, preparemos entonces la retórica victimaria más hacia la China que hacia la India .

En The Financial Times, el erudito economista Martin Wolf muestra la diferencia entre estos dos países, sus culturas, sus modelos de desarrollo, su composición social: dos de cada cinco personas del planeta viven en la India o en China . Por ende, cualquier cambio en el desarrollo político, económico y social en estos dos países se convierte automáticamente en el tema más importante de nuestra época. Anuncia la terminación de más de quinientos años de dominación intelectual, política y económica del mundo occidental como lo conocemos hoy día. Estamos en el umbral de una nueva era: el Siglo de China.

En el siglo XIX y en el XX, ambos países decayeron drásticamente frente a los países de Europa y América del Norte. En 1820, China generó el 33% del producto bruto mundial, medido a precios internacionales comunes; India generó el 16%. Pero, a mitad del siglo XX, la participación de China había caído al 5 % y la de India, a me-nos del 3%.

Comenta Wolf que en los 40, India se convirtió en la democracia más grande del mundo; China, en un país comunista y déspota. Aunque políticamente diferentes, ambos acogieron políticas económicas similares. Asustados por sus experiencias bajo el imperialismo del siglo anterior, vieron al capitalismo como el causante de los males y optaron por economías socialistas. Pero la aspiración de una autosuficiencia económica socialista les falló. A mediados de los 70, aún no comenzaban a reconstruir su antigua grandeza. Pero, desde entonces, una transformación de fondo viene ocurriendo. Ambas economías vienen cambiando de controles estatales a economías de mercado. Ambas están acercándose a las economías líderes del mundo.

China, dice Wolf, la tiene más clara, entre otras cosas, porque posee una cultura inseparable del Estado; la India tiene una cultura inseparable de su estructura social: las castas. Desde que acogieron el cambio de modelo económico centralista a uno de economías de mercado, los resultados no se han hecho esperar. China ha crecido en las últimas dos décadas a un promedio superior al 9,5% anual. La India, al 5,7%. En los 70, ambos comenzaron más o menos al mismo nivel de PIB: un 5 % del de E.U. El año pasado, ya China tenía un nivel del 15% relativo al de E.U., y la India, la mitad del de China .

Pero lo importante aquí es resaltar el gran cambio en su política económica y las consecuencias de dicho cambio. Los matices de diferencia entre uno y otro país son más objeto de análisis interno entre las semejanzas y diferencias de estos dos colosos del planeta y se nos escapan a lo aquí tratado.

Como si fuera poco, Andrés Oppenheimer relata en su columna un tema que encontró en su reciente viaje a China que lo dejó, según sus propias palabras, boquiabierto: ¡China le recomienda a Cuba que acoja las economías de mercado como única manera de salir adelante! Efectivamente, en el estudio al que tuvo acceso, publicado por la prestigiosa Academia de Ciencias de la República Popular China, se lee todo un descarnado análisis de las diferencias en el proceso de desarrollo de los dos países, China y Cuba, y se recomienda:

– El gobierno cubano debe cambiar su fundación teórica y abrazar abiertamente las reformas de libre mercado.

– Cuba debe acelerar el paso en las reformas mínimas en áreas como la reestructuración de la propiedad y la apertura al mundo exterior.

– En vez de penalizar la riqueza, debería permitir que algunos sectores se enriquezcan.

– Debería mejorar su estructura de propiedad (léase privatizar) de muchas empresas y sectores en manos del gobierno.

¿Qué tal estas perlitas? Y, a todas estas, la prensa latinoamericana reporta con bombos y platillos las maravillosas alianzas de Chávez, Lula y Kirchner para desafiar a los organismos internacionales, a los acreedores, o las ‘avivatadas' de Kirchner, como llaman en Argentina a estas vivezas criollas, al salirse con la suya al no pagar sino el 25 % de su deuda. Lo reportan con cierto regocijo, como el matón de barrio que se va a tomar un trago después de haber cometido una fechoría, sin darse cuenta de que lo que verdaderamente pasó fue que se disparó él mismo en el pie. La gangrena vendrá, puede que más tarde que temprano, pero vendrá, que no le quede la menor duda.

¿Por qué será que seguimos empeñados en ir a contrapelo del resto del mundo? En los últimos 40 años hemos seguido pegados a un modelo basado en la producción de commodities, tal vez mejorando eficiencias, prácticas de proceso etc., y, sin embargo, nos hemos empobrecido más. Olvidemos la comparación con los países desarrollados. Comparemos con economías que en los 60 figuraban como las nuestras, somnolientas, de tradición agrícola, atrasadas y pobres, como Singapur, Taiwán, Corea del Sur, aun Irlanda, y quienes nos pasaron de vuelo en los últimos 20 años sin siquiera darnos cuenta. ¿Qué fue lo que pasó?

Estos países acogieron con entusiasmo las economías de mercado, por un lado, pero, más importante aún, crearon un modelo de desarrollo basado en la economía del conocimiento, the knowledge economy, o sea crear valor agregado a base de propiedad intelectual. Decidieron, por demás, aceptar que es más importante crear riqueza que distribuir pobreza. Y ni Singapur, ni Taiwán, ni Corea del Sur, ni Irlanda, andan renegando del FMI, ni del BM, ni de la globalización, ni del neoliberalismo, ni de E.U., ni de Bush, ni nada por el estilo. Al contrario, se aprovechan de sus recetas, de sus mercados, y, en vez de ir a contrapelo, han decidido aceptar el desafío de India y China y están dedicados a sacarles partido a las posibles oportunidades que dichos gigantes representan. ¿Aprenderemos algún día la lección?

* Para El Tiempo, Bogotá / Julio 25, 2005
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