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Polémica de
Segunda piedra
- Carlos
Alberto Montaner
Tercera piedra
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Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto
Montaner Sería impensable que Cuba, tras la muerte de Fidel Castro, continúe siendo la anacrónica excepción comunista y dictatorial en todo Occidente. Iniciado el siglo XXI, desacreditado el marxismo-leninismo como referencia teórica, desaparecido el comunismo en Europa como arquetipo de gobierno, los cubanos, pues, podemos sostener una premisa razonable: a corto o mediano plazo la isla dejará de ser una dictadura comunista y comenzará una transición hacia otro modelo de Estado. ¿Cómo sería ese modelo? Lo predecible __y lo conveniente__, a juzgar por lo que ha sucedido en el resto del mundo, incluida América Latina, es que, en el orden político, se instale en el país una democracia plural respetuosa de los derechos humanos, mientras que en el económico se abandonen los esquemas estatistas propios del Estado-empresario, se reconozca el derecho a la propiedad privada sobre los medios de producción y se introduzcan mecanismos conducentes al buen funcionamiento del mercado. Tras más de cuatro décadas de experimentar la “dictadura del proletariado”, los cubanos __como todos los supervivientes de los gobiernos comunistas__ conocemos los terribles resultados de los sistemas controlados por los burócratas del partido único: pobreza, desabasto, racionamiento y, como consecuencia de todo ello, el permanente deseo de huir del país que muestra una parte sustancial de la población, muy especialmente la desesperanzada juventud. Todo esto, naturalmente, puede hacerse pacífica y racionalmente. No es necesario recurrir a la violencia ni es imprescindible dividir al país en dos bandos irreconciliables de víctimas y victimarios. Si polacos, checos y húngaros han conseguido transitar hacia la democracia y la economía de mercado en un clima de respeto, tranquilidad y garantías para todas las partes, ¿por qué los cubanos no podrían hacerlo? Si uruguayos, argentinos, chilenos, brasileños y nicaragüenses han liquidado sus dictaduras recurriendo a las urnas, ¿por qué no los cubanos? Por otra parte, una de las lecciones más interesantes del fin de los gobiernos marxistas en Europa es que hay vida política para ellos más allá del comunismo, siempre y cuando quienes dirigieron y militaron en ese partido faciliten el tránsito hacia la democracia y sean capaces de asimilar sinceramente los cambios, como sucede, por ejemplo, en Polonia y en Eslovenia. ¿Por qué no pensar que dentro del Partido Comunista de Cuba hay muchos reformistas dispuestos a colaborar con la transición y a transformarse en una corriente socialdemócrata a tono con la realidad de hoy? Todas las crisis de la república cubana __1906, 1917, 1933, 1959__ han sido consecuencia de la incapacidad de la clase dirigente para dialogar, buscar consensos y solucionar pacíficamente los conflictos. ¿No es hora de madurar y de liquidar de una vez esa fatídica tradición de violencia y sinrazón? Muy cordialmente, Carlos Alberto Montaner
Ángel Guerra
Cabrera Sería imperdonable que a estas alturas los cubanos nos propusiéramos volver a la economía de mercado y a la así llamada democracia representativa. Esos esquemas precisamente, siempre ligados a la dependencia de Estados Unidos, gestaron la Revolución Cubana. Son los mismos que ahora, “modernizados” con el neoliberalismo, han aumentado exponencialmente la pobreza, marginado a extensos sectores sociales; fracasado, en suma. Argentina es sólo espejo de la devastadora crisis social que se cierne sobre América Latina. La inmensa mayoría de los cubanos rechazaría un programa __éste sí anacrónico__ consistente en regresar alegremente al capitalismo y a la subordinación a los dictados de lo que José Martí denominara “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”. Soy alérgico al monopartidismo y desearía un sistema político con mayor pluralidad. Sin embargo, haber participado en la resistencia cubana al virtual estado de guerra no declarada y al bloqueo yanqui me han convencido de que el partido único es aún indispensable en la defensa de las conquistas revolucionarias, de la independencia y de la soberanía de mi patria. Mientras subsistan la redoblada conducta agresiva de Washington y el bloqueo es absurdo proponer gratuitamente el remplazo de un sistema político que por su esencia es bastante más democrático que los existentes en el resto de América Latina. Un sistema que asegura, además, la pervivencia de un modelo social austero pero que ha tenido un éxito singular en la redistribución igualitaria y más justa del producto. Los logros cubanos en educación, cultura, salud, deportes, seguridad social e investigación científica son sólo comparables a los de los países desarrollados. En alimentación llegaron, hasta la desaparición de la URSS, a ser superiores a los de todos los países subdesarrollados. Entonces el PIB cayó en más de 35% y casi se paralizó el aparato económico. ¿Por qué el régimen revolucionario ha podido sobrevivir más de diez años a circunstancias tan adversas? Porque fue capaz de convencer a la población de su proyecto para reactivar la economía y preservar la obra de la revolución y también porque ha demostrado fehacientemente en los hechos que era posible llevarlo a cabo. Comparar la situación de Cuba con la de Europa Oriental es un grave error. El sistema imperante en la isla no fue impuesto por un ejército de ocupación ni ha sido defendido por más nadie que por los cubanos de la obsesiva agresividad de Estados Unidos. Cualquier programa que no exija en primerísimo lugar el fin de esa actitud del vecino no tiene la más mínima viabilidad en Cuba. He allí la explicación de porque la minúscula oposición, de dentro y de fuera, carece de clientela y sólo atina ahora a esperar la muerte de Fidel Castro. También explica su lejanía del sentir popular y de la realidad de la isla. La inevitable desaparición de Fidel __no obstante su excepcional talla de estadista, su entrega a la causa y su enorme importancia en la conducción del país__ no hará que ningún revolucionario se rinda y seguramente unirá más al pueblo en la defensa y superación de lo conseguido. No se menosprecie al cubano, hoy devenido como regla un ser humano mejor, solidario, políticamente culto, gracias a su participación consciente en la construcción de una sociedad mucho más justa que la anterior. Te saluda cordialmente, Ángel Guerra Cabrera
Carlos Alberto
Montaner Es curioso que el señor Guerra atribuya el origen de la Revolución Cubana al desencanto de los cubanos con la economía de mercado y la democracia representativa y no a una lucha por restaurar las libertades conculcadas por el infausto golpe militar de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Dejemos que sea el propio Fidel Castro el que dirima este aspecto del debate con un párrafo de La historia me absolverá: Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades; presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y el pueblo palpitaba de entusiasmo. Atribuir a la libertad económica --el temido “neoliberalismo”-- las penurias de Iberoamérica es querer ignorar el éxito de países como España y Chile. España, que era considerablemente más pobre que Cuba en 1958, hoy tiene ocho veces el PIB per cápita de la isla, mientras que Chile lo multiplica por seis. ¿Cómo lo lograron? Evidente: liquidando al Estado-empresario, integrándose en los circuitos financieros, industriales y académicos internacionales (la globalización que tanto asusta a los mercantilistas) y estimulando la capacidad de los individuos para crear riqueza. Lo lograron con economía de mercado. Todo ello, naturalmente, acompañado de sensatez en el manejo del gasto público y con equilibrio fiscal. Por otra parte, la mejor prueba de la calidad de vida que tienen los trabajadores en América Latina, cuando se contrasta con lo que sucede en Cuba, puede encontrarse en el signo de las migraciones. Al México “neoliberal” de Salinas, Zedillo y Fox han viajado ochenta mil cubanos, y si los mexicanos dieran un millón de visas, otros tantos cubanos las utilizarían inmediatamente. Y esto que es verdad en México, se repite en Chile (doce mil cubanos), en España (cincuenta mil, incluidos familiares muy cercanos del propio Fidel Castro y otros miembros de la nomenklatura). Esa Argentina en crisis que menciona el señor Guerra, con sus once mil dólares per cápita (veinte mil en Buenos Aires) es como un sueño dorado para los cubanos hacinados en “barbacoas”, sujetos a la libreta de racionamiento y sin acceso a medicinas, a menos que dispongan de dólares. Los dos argumentos del señor Guerra para apoyar el monopartidismo son contradictorios. De acuerdo con el primero, se trata de un mecanismo de defensa frente al acoso del imperialismo yanqui. No es, pues, una consecuencia del marxismo-leninismo ni el resultado de convicciones ideológicas. Pero, de acuerdo con el segundo, el monopartidismo es moralmente superior y “bastante más democrático” que el modelo plural utilizado en el resto de América Latina. Aparentemente, Fidel Castro está más cerca del segundo planteamiento que del primero, pues una y otra vez ha repetido que si Estados Unidos cancelara el embargo y normalizara las relaciones, el Estado cubano mantendría invariable su perfil actual de “dictadura para el proletariado dirigida por la vanguardia comunista”. Es curioso que se proponga el modelo monopartidista como algo valioso sin advertir que una sociedad condenada a escuchar y obedecer una sola voz acaba por ser víctima de inmensos atropellos como la censura de libros, o el castigo y la intimidación a quienes manifiestan criterios diferentes. Si Cuba hubiera sido una sociedad plural en la que se escuchasen otras voces, ¿se habría perseguido a los homosexuales? ¿Se habría lanzado a miles de jóvenes cubanos a más de quince años de sangrientas guerras africanas? Es verdad que la revolución ha hecho un notable esfuerzo en materia educativa y hoy nuestra patria cuenta con más de seiscientos mil profesionales, pero ese dato, lejos de absolver al sistema comunista, lo incrimina de manera definitiva: ¿cómo una sociedad con ese capital humano vive tan miserablemente? ¿Por qué hay miles de muchachas y muchachos educados que se prostituyen a cambio de unos pocos dólares? ¿Por qué huyen de Cuba los médicos, los ingenieros, los abogados? Muy triste y muy sencillo: porque el gobierno impone un modo terriblemente ineficaz de organizar la economía. Los cubanos se prostituyen, se van, o tratan de irse, porque no pueden obtener un modo de vida decente con el producto de su trabajo. Se van a donde hay libertades económicas y libertades políticas. Y cuando se van, además, dejan de prostituirse. Suponer, por otra parte, que la legitimidad de un régimen y la adhesión del pueblo se desprenden de su capacidad de supervivencia en condiciones adversas es ignorar otros ejemplos elocuentes. La tiranía de Sadam Hussein en Irak, por ejemplo, bombardeada por la OTAN y aislada desde hace una década, se sostiene contra todos sus enemigos. ¿Acaso por el apoyo popular? No, por lo mismo que el castrismo se ha mantenido: porque las dictaduras férreas que no permiten ninguna manifestación de inconformidad dentro de la estructura de poder son muy difíciles de modificar. Esto también ocurre en Corea del Norte. No es la oposición democrática la única que cree que con la muerte de Fidel Castro desaparecerá el régimen. Todos los días, silenciosamente, llegan al exilio los hijos, hermanos, nietos y sobrinos de muchos dirigentes de la revolución. Sus parientes los sacan del país por la desesperanza que produce la Cuba actual y por la incertidumbre que genera la Cuba futura. Ellos, gente razonable, no creen que Cuba seguirá siendo para siempre una dictadura comunista. Lo patriótico sería ir fomentando ya las condiciones para la transición. El sistema no tiene que desplomarse violentamente. El cambio puede ser pacífico y sin venganzas. Eso sería lo mejor tras tantas décadas de infortunio. Carlos Alberto Montaner
Ángel Guerra
Cabrera La obsesión de Montaner por liquidar a la Cuba soberana y socialista es canalizada con argumentos tan tramposos como frágiles. No le queda más que defenderlos trayendo citas por los pelos y haciendo comparaciones infelices y arbitrarias. Su cita de La Historia me absolverá pertenece a una parte del alegato de Fidel Castro que fundamenta ante el tribunal la legitimidad de la insurrección armada como medio para producir el cambio social en Cuba. Nada tiene que ver con lo que intenta demostrar. Basta con remitirse a otra parte de ese mismo texto que expone los fines de los atacantes del cuartel Moncada. Allí Fidel afirma que los aspectos de inspiración socialista de la Constitución de 1940 no habían logrado nunca plena vigencia debido a los intereses creados y argumenta porque el drama social de Cuba __agravado pero no originado por la dictadura de Batista__ requería de una transformación revolucionaria. Dice: “El problema de la tierra,... de la industrialización,... de la vivienda,... del desempleo,... de la educación,... y de la salud del pueblo; he ahí... los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y de la democracia política.” Desde esa perspectiva el restablecimiento por sí solo del Estado de derecho habría mantenido el país a merced de los “intereses creados”. Montaner haría bien en leer los textos marxistas clásicos y no las versiones que recibe como empleado de la radio del gobierno yanqui que transmite contra Cuba. Así podría tener alguna idea sobre lo que habla y constatar que no hay una sola frase en ellos a favor del partido único. Comprobaría que éste es una respuesta teórica y práctica cubana a una situación que exige el máximo de unidad de la pequeña isla frente a la agresividad del más grande poder imperial de la historia. Fidel Castro no ha hablado nunca sobre la forma que adoptaría el sistema político en Cuba en caso de normalizarse las relaciones con Estados Unidos. Otra cosa es la permanencia del socialismo, por la que estoy seguro que abogará con más brío la mayoría de los cubanos cuando gracias a su heroica resistencia el imperio se vea forzado a suprimir el bloqueo y todas las medidas de fuerza; a retirar la base naval que allí mantiene ilegalmente; a aceptar, en suma, la coexistencia pacífica con el sistema social que libérrimamente escogieron. En ese momento creo que procedería adoptar un sistema político más incluyente, que debiera ser aprobado en referendo __como la Constitución que hoy rige el país__, hecho este último, por cierto, omitido sistemáticamente por la maquinaria mediática mientras afirma mentirosamente que en Cuba no existe un Estado de derecho. Pero la inclusión no debiera extenderse a quienes como Montaner han mantenido una actitud colaboracionista con la política estadounidense de agresión a la tierra donde nacieron, incluyendo un bloqueo que intenta matar por hambre a sus habitantes. Las leyes cubanas tipifican esa conducta como un delito grave y no sería nueva en la historia la inhabilitación política de quienes han sido cómplices del agresor en tiempo de guerra. Únicamente a quien ve la economía como la administración de las cosas y no como instrumento del bienestar colectivo se le ocurre invocar al PIB per cápita como medida del éxito de un modelo. Ese indicador es cada vez más inequitativo en relación con la distribución de la riqueza y además engañoso, porque al incluir la desmesurada especulación financiera no refleja la realidad de la producción material. La crisis actual de la economía mundial __y terminal del modelo neoliberal__ es la mejor prueba de ello. Poner de ejemplo el modelo económico polarizador impuesto a sangre y fuego por Pinochet después de arrebatar la mayoría de sus conquistas sociales al pueblo chileno es una impudicia. O a Argentina, en otro tiempo la décima economía del mundo, que ha sido desindustrializada y llevada a la quiebra después de enajenar sus riquezas y soberanía al capital financiero. O a España, que al ingresar en el selecto club de la Unión Europea se benefició de la asimetría impuesta por un puñado de potencias a los pueblos subdesarrollados. También lo es hablar de la “calidad de vida” de los trabajadores de América Latina, que han debido pagar dos veces y media la deuda externa contraída hace diez años para encontrar que ahora sus naciones deben 289 mil millones de dólares y tienen 27 millones de pobres más que entonces. Cincuenta y siete por ciento de los niños latinoamericanos menores de cinco años viven en la pobreza, mientras que sus pares cubanos gozan de una mortalidad infantil más baja incluso que la de Estados Unidos, ninguno se acuesta sin comer, tienen asegurado el acceso gratuito a la escuela, casi en su totalidad concluyen la secundaria y son en nuestra región, según la UNESCO, los que egresan mejor preparados. Pero esto último, que hasta Montaner reconoce, no es un hecho fortuito. Es resultado de la “ineficiencia” del Estado “empresario”, que tras la crisis posterior a la desaparición de la URSS, bloqueado y privado de financiamiento, ha conseguido en los últimos seis años quintuplicar la producción de petróleo, aumentar la sideromecánica y la minera y hacer crecer el turismo un 18.6% anual con respecto a aquella fecha, mientras que su economía crece a un ritmo superior a la media latinoamericana. Cuba no es el paraíso que a menudo pinta la prensa oficial, pero es poco serio e inescrupuloso hablar de la migración cubana descontextualizándola de la catástrofe económica creada en la isla en los noventa por la desaparición de la URSS y el reforzamiento del bloqueo. La emigración de profesionales, artistas e intelectuales cubanos a América Latina y España es un fenómeno en gran medida coyuntural debido a esa crisis y en muchos casos no implica una actitud de rechazo al sistema social de la isla. Es deshonesto, además, pasar por alto la politización del tema migratorio por Washington. Estados Unidos resultaría invadido por millones de ilegales latinoamericanos de un día para otro si en lugar de perseguirlos y expulsarlos les concediera __como hace con los cubanos que llegan ilegalmente a su territorio__ la prerrogativa de residir, trabajar y participar de las prebendas que disfruta ese país como resultado de la explotación inicua de millones de seres humanos en el mundo. Asombra la tontería con que Washington y sus cómplices, impotentes ante la solidez y estabilidad de Cuba, insisten en el recurso a la biología __el deceso de Castro__ como el medio milagroso para poner fin al régimen que han sido incapaces de derrocar por la fuerza. El que vive de ilusiones muere de desengaño. Ángel Guerra Cabrera
Carlos Alberto
Montaner Mi querido amigo Carlos Tello, Director de Arcana: Releo con cuidado los papeles del señor Guerra y sólo encuentro una terca indiferencia ante la realidad. No parece serio insistir en que el carácter monopartidista de esa “dictadura para el proletariado” es una consecuencia de la agresión yanqui y no un rasgo típico de las tiranías fundadas en las supersticiones del marxismo-leninismo. ¿No eran semejantes a Cuba todos esos estados del Este europeo, los “hermanos” del CAME, barridos a partir de 1989? ¿Había alguno de ellos pluripartidista? ¿No mencionaba la Constitución cubana de 1976, apresuradamente modificada en 1992, a la URSS como su paradigma? ¿No dice esta Constitución de 1992, en su artículo 5, lo siguiente: “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”? Tampoco deja en claro Guerra por qué y cómo un Estado policial, dogmático y rígido, administrado por burócratas minuciosamente torpes como productores de riqueza, es conveniente para enfrentarse a las “agresiones del imperialismo yanqui”. Si la premisa de Guerra __“los gringos maltratan al pueblo cubano”__ es cierta, ¿por qué infligirle, además, el martirio atroz de un sistema tiránico que ha fracasado en todas partes? ¿No hay una manera menos absurda de arrostrar los conflictos con Washington? La defensa de la dictadura tampoco se sostiene con el argumento de los indicadores sociales. Ignoro si el señor Guerra lo sabe, pero ante la inconsistencia y las manipulaciones de los datos estadísticos del gobierno cubano, en 2001 el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) decidió excluir a la isla y a otros once países del Informe del desarrollo humano. Sin embargo, no voy a dudar de las cifras que él aporta, sino del fondo moral de la cuestión: ¿para llevar más muchachos a la escuela, lograr una mayor longevidad o que mueran menos niños al nace, hay que fusilar a dieciséis mil personas y llenar las cárceles de presos políticos? (Todavía hoy son centenares los cautivos por razones ideológicas de acuerdo con Amnistía Internacional.). En realidad, no hay que perseguir escritores homosexuales como Reynaldo Arenas o castigar poetas disidentes como Heberto Padilla para vacunar a los niños contra la viruela o para extirparles el apéndice. No sé cómo nadie puede encontrar la menor relación entre el número de personas alfabetizadas __dato honroso__ y los “actos de repudio” o pogroms de las turbas contra los disidentes que desean manifestar su criterio o, simplemente, marcharse del país. Es curioso que en uno de sus últimos discursos el general Batista intentara defender su dictadura esgrimiendo los índices sanitarios de 1958 publicados por la Organización Panamericana de la Salud, que también entonces colocaban a Cuba en esos rubros a la cabeza de América Latina. Ese era, además, el argumento de los fascistas de Franco: la dictadura española era “buena” porque el país prosperaba. Y el de los racistas de Sudáfrica: había que apoyar al Apartheid porque los negros de esa nación eran los menos pobres de África subsahariana. ¿No es mucho más razonable lograr, como los costarricenses, “índices de desarrollo humano” semejantes a los de Estados Unidos o Canadá, similares a los de Cuba, sin ejército, sin violencia, sin paredones y sin siquiera balseros? Mientras hoy vive fuera de Cuba 20 % de su población __los exiliados y sus descendientes__, los ticos, por el contrario, cuentan con 20% de inmigrantes, casi todos, por cierto, escapados del paraíso sandinista que el gobierno cubano ayudó a construir celosamente. Pero, encima, mientras el PIB per cápita __el más útil de los indicadores económicos, diga lo que diga el señor Guerra__ excede los siete mil dólares, el de los cubanos es sólo una cuarta parte de esa cifra. Es verdad que América Latina tiene una altísima deuda externa, pero el señor Guerra olvida que con relación a su PIB, a sus magras exportaciones y a su población, la deuda externa cubana es la mayor de todas: Cuba reconoce deberle aproximadamente trece mil millones de dólares a Occidente, mientras que Moscú le reclama, sin ninguna suerte, otros dieciocho mil. Esos 31 mil millones, para un país que apenas exporta algo más de mil 400 millones y sólo produce unos 18 mil millones anualmente, es la demostración más evidente de que Cuba es el país con el gobierno más ineficaz de nuestro universo latinoamericano. Especialmente cuando se recuerda el dato aportado por Irina Zorina, historiadora soviética de la economía, sobre el monto del subsidio de Moscú a Cuba a lo largo de treinta años: algo más de cien mil millones de dólares. Es decir, nueve veces el costo del Plan Marshall, pero para una isla que en 1959 apenas tenía seis millones de habitantes y hoy sólo llega a once dentro del país y dos en el extranjero. Te preguntas, amigo Carlos, qué me diferencia en el terreno político del señor Guerra. Es muy claro. En su última carta Guerra me acusa de hablar hacia Cuba por la radio extranjera y me amenaza nada veladamente con que seré inhibido de participar en la vida pública de mi país si algún día se produce una suerte de transición. En realidad, a mí me gustaría hablar por la radio cubana y escribir libremente en la prensa de mi país. Y si no lo hago, claro, es porque no me lo permiten, como no se lo permiten a nadie que discrepe de la línea oficial del régimen. Pero lo más importante es esto: el país por el que yo lucho es una Cuba en la que no se inhiba a nadie por sus ideas políticas, en la que no haya censura y en la que el señor Guerra pueda defender el comunismo __si eso es lo que desea__ con absoluta libertad y sin correr el riesgo de que una turba entre en su casa y lo obligue a comer los papeles que escriba, como le sucedió a la poeta María Elena Cruz Varela. Yo sueño con un país abierto y tolerante, en el que quepamos todos, aunque no necesariamente coincidamos. La esencia del liberalismo es esa: vivir respetuosamente con aquello que no nos gusta. Y ese día llegará. Muy afectuosamente, Carlos Alberto Montaner
Ángel Guerra
Cabrera Estimado Carlos: No soy miembro del Partido Comunista ni ocupo ningún cargo en Cuba, de modo que no entiendo cómo alguien pueda sentirse amenazado por mis opiniones que, eso sí, expresan lo que muchos piensan en la isla. Profesiones de fe “liberales” que en nombre de la tolerancia invitan al desarme y la rendición del agredido no engañan a nadie en mi país, sobre todo cuando vienen de quien sirve con tanta diligencia al agresor. Qué reveladora la peyorativa referencia al sandinismo haciendo omisión del infierno impuesto por la guerra sucia de la CIA al pueblo nicaragüense a un costo de miles de muertos, pero de qué asombrarse si quien la hace es uno de los autores de El manual del perfecto idiota..., esa anticipación del ALCA y prontuario de la perfecta genuflexión que __según él__ debemos los latinoamericanos al imperio del norte. Sinceramente, siento pena ajena por la letanía sobre la “dictadura” en Cuba, un país donde las políticas económicas y sociales se deciden en consulta con la población y no son impuestas desde Washington, como ocurre en casi toda América Latina. Calumnia que algo queda... Me recuerda otra letanía ya desacreditada: Cuba, satélite de la URSS. Esta desapareció hace diez años y las maletas hechas entonces a la carrera para el regreso triunfal fueron ya devoradas por las polillas. La revolución cubana es muy distinta de los procesos políticos de Europa Oriental. No se debió a un ejército extranjero sino a una rebelión nacional inspirada en el pensamiento democrático y antiimperialista de José Martí, continuadora de una tradición revolucionaria autóctona que no ha cesado de renovarse desde el siglo XIX. En Cuba el estalinismo tuvo pocos y desprestigiados adeptos y tampoco encontraron eco las “reformas” de Gorbachov. Ésas que han llevado a tantos a confesar ahora a los encuestadores que “con el comunismo estábamos mejor”. No discutiré cifras. Examinar la economía y la deuda externa de Cuba haciendo abstracción del bloqueo es una ligereza. Éste impone desventajas únicas en el mundo; menciono algunas: acceso muy limitado al crédito internacional en condiciones singularmente onerosas de plazos e intereses, alto costo de los fletes al tener que recurrir a mercados lejanos e imposibilidad de adquirir tecnología de punta. Otro tanto ocurre al pasar también por alto las exigencias a su economía de una defensa nacional cuya función es lidiar con la hostilidad de Estados Unidos. Por ejemplo, Israel, para reprimir a los inermes palestinos y defenderse de la muy improbable agresión de países árabes cuya capacidad militar es infinitamente menor a la estadounidense ha recibido, sólo desde 1967, más ayuda de Washington que toda la que entregó la URSS a Cuba según la historiadora soviética citada. Léase Cuba en los noventa, editorial Siglo XXI, o La economía cubana, de CEPAL. Allí se documenta por qué la isla de los “burócratas torpes” hizo el milagro de iniciar la recuperación económica después de que desapareciera la URSS pese a que el bloqueo fue reforzado por las leyes Torricelli y Helms-Burton. Sin ceder a la ola neoliberal, Cuba repartió en forma equitativa las consecuencias de la crisis, mantuvo sus conquistas sociales y perseveró en su camino propio. Guiada por valores humanistas universales buscó fórmulas originales para preservar su experiencia alternativa frente al individualismo feroz, la polarización social y la subcultura uniforme propagados por la globalización. Es cierto que la política de agresión y subversión sistemáticas de Estados Unidos ha tenido un alto costo para mi pueblo. Sin embargo, en más de cuatro décadas de revolución no ha habido tortura de prisioneros, ni ejecuciones extrajudiciales, ni desaparecidos, ni masacres de campesinos, ni represión de protestas populares. Los invasores de Playa Girón que no perecieron en la contienda fueron devueltos sanos y salvos a sus patronos de la CIA. De pocos países que presumen de democráticos podría decirse lo mismo, incluso sin que hayan sido atacados por un enemigo tan poderoso y falto de escrúpulos. Comprendo que algunos no puedan entenderlo, pero lo cierto es que en estos años de revolución los cubanos han marchado al combate espontánea y naturalmente. Haya sido en defensa de la patria o en solidaridad con otros pueblos, siempre fueron conscientes de la trascendencia de lo que hacían. Como ha afirmado Nelson Mandela, sin la derrota del ejército sudafricano por los internacionalistas cubanos no se habría puesto fin al Apartheid. Reconozco que en Cuba no todos están dispuestos por igual al sacrificio, pero estoy seguro de que entre quienes se han ido a Miami hay muchos que se identifican en su fuero interno con la rebeldía de la isla. Una revolución no es una tertulia en un café de la Gran Vía. La nueva sociedad se erige sobre los escombros de la antigua, en dura lucha contra los que resisten la pérdida de sus privilegios y bajo la influencia de la ignorancia y los prejuicios heredados. La persecución tiempo atrás de los homosexuales es injustificable y hoy aprecio la reacción contra Heberto Padilla como desproporcionada en su momento, aunque sé que estaba envuelto en actividades conspirativas. “La revolución cubana __dijo hace unos días en La Habana Eduardo Galeano__ es obra de este mundo, está sucia de barro humano, y justamente por eso, y no a pesar de eso, sigue siendo contagiosa.” Te saluda muy cordialmente, Angel Guerra Cabrera
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