S E C C I O N E S
Nosotros
About us
Contáctanos
Enlaces - Links
Suscríbete
Buscar - Search
¿QUÉ ES LA UNIÓN LIBERAL CUBANA?

Fundar un partido político en el exilio es siempre difícil. Los partidos deben responder a una realidad nacional. Se hacen para un territorio y para la gente que ahí vive. No obstante, a veces las circunstancias lo impiden. Le ocurrió a Martí en las postrimerías del siglo pasado y nos ha ocurrido a nosotros. Tanto a fines del XIX, como a fines del XX, el régimen político imperante en la Isla no nos deja hacer en Cuba rápida y fácilmente lo que con toda naturalidad ahí se hubiera hecho si hubiesen existido las condiciones necesarias. En todo caso, la voluntad de la Unión Liberal Cubana es crecer dentro de Cuba, no escatimamos esfuerzos por vincularnos a los disidentes, a los intelectuales y a la clase pensante del país, y no dejamos de enviarles información en la que pueden constatar el avance imparable de las ideas liberales. Unas ideas que ya comienzan a implantarse y arraigar a todo lo largo de la nación, simplemente porque ésta es la hora del liberalismo en el mundo.

La hora del liberalismo económico

En efecto: en todo el planeta (y América Latina no es la excepción) vivimos el surgimiento de un liberalismo renovado por el paso del tiempo, el rotundo fracaso de las experiencias socialistas, y el ímpetu de un nuevo pensamiento liberal encarnado en pensadores como I. Berlin, K. Popper, C. Rangel, o en los recientes Premios Nobel de Economía Gary Becker, Richard Coase, James Buchanan, Milton Friedman o Friedrich von Hayek, continuadores todos de la obra de Mises, Hayek y la llamada Escuela Austríaca. (¿Quién ha dicho que el liberalismo pertenece al pasado? No hay una corriente de pensamiento más estrictamente contemporánea).

En síntesis muy apretada esto quiere decir que en nuestros días, tras un siglo de experimentos fallidos, se les ha puesto fin a las utopías propuestas por Marx y se le ha devuelto al individuo el rol preponderante que debe jugar en la sociedad. De ahí la saludable oleada de privatizaciones, de reducción del perímetro y las funciones del estado, de disminución del gasto público y de reconocimiento del papel rector que deben desempeñar la empresa privada y la sociedad civil. De ahí, también, el descrédito de la economía planificada por burócratas alejados de la realidad cotidiana, y el reconocimiento de que es en el libre mercado donde radican los mecanismos m s importantes del desarrollo y el crecimiento. No es el gobierno, en suma, quien debe vigilar a las personas. Es al revés. No es el gobierno quien debe dirigir a los individuos. Es a la inversa. No es el gobierno quien debe ser responsable de los seres humanos. Ocurre exactamente lo contrario. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no sea responsabilidad del estado proteger a las personas desvalidas o proporcionar los medios para que todos puedan, realmente, competir y procurar una existencia superior, porque sin educación y salud, sin una sociedad flexible y porosa en la que sea posible la lucha por la superación, carecería de sentido hablar de espíritu competitivo.

Es decir, vivimos una época en que se reconoce que los hombres y mujeres que componen una sociedad tienen obligaciones y derechos, responsabilidades y beneficios, pero son, o deben ser, los sujetos activos de la historia y no unos meros objetos a merced de los caprichos o revelaciones de los grupos políticos o de la clase dirigente, por muy bien intencionados que éstos se nos presenten.

La hora de la democracia liberal

Como era de esperarse, junto a la reivindicación del pensamiento económico liberal ha surgido también en nuestros días la reivindicación de su contrapartida política: la democracia liberal. La democracia acompañada por sus mejores atributos: libertades formales, estado de derecho sin privilegios ni grupos especiales, gobiernos sujetos a la constante auditoría de los ciudadanos, respeto por los derechos humanos, multipartidismo, total transparencia informativa y devoción especial por la tolerancia, virtud cívica sin la cual no son posibles la paz o la tranquilidad ciudadana. Sencillamente, tras los fracasos de los fascismos (que en América Latina se mezclaron con el militarismo y el populismo) y de las diversas expresiones del socialismo, se ha llegado a la sabia conclusión de que la libertad es la mejor cura contra la pobreza y la injusticia, y que no hay casualidad alguna en que los veinte pueblos m s libres de la tierra sean, precisamente, los m s prósperos. A mayor libertad para producir y vender, a mayor libertad para examinar sin temores los problemas de la sociedad, suelen corresponder mayores cuotas de riqueza general. La libertad es el componente clave de la prosperidad: así de simple. Y la libertad incluye el respeto a las personas, tal y como son, porque el liberalismo repudia todas esas peligrosas manipulaciones de la ingeniería social o de la genética política que tantas calamidades le han traído al hombre al intentar someterlo a "perfeccionamientos" artificiales decididos por grupos de iluminados que se arrogan la posesión de la verdad absoluta. El liberalismo no reclama poseer ninguna verdad definitiva, no conoce ni cree que se pueda conocer el rumbo de la historia, y no pretende cambiar la naturaleza humana, sino se conforma con crear el marco jurídico y económico adecuado, de manera que las virtudes más frecuentes de la especie encuentren un terreno propicio, mientras se reduce el espacio en el que suelen aflorar los comportamientos menos beneficiosos y solidarios.

La ULC a corto plazo

Naturalmente, para los cubanos, tras m s de tres décadas de errores y atropellos fundados en el socialismo, el liberalismo viene a ser como un bálsamo y como un gran antídoto. Bálsamo, porque es una noble manera de entender la sociedad, que muy bien puede aliviar las tensiones y restañar las heridas tras el inevitable desplome del comunismo en Cuba; y antídoto, porque en sus fundamentos básicos está la vacuna contra futuras aventuras totalitarias.

En efecto, en 1989, pocas fechas después de la caída del muro de Berlín, y cuando ya era evidente que el comunismo desaparecía de la faz del planeta, un grupo de liberales cubanos nos dimos a la tarea de crear un partido con metas muy definidas a corto, mediano y lejano plazo.

A corto plazo no había duda alguna de lo que teníamos que hacer: contribuir al fin de la dictadura castrista, pero por vías pacíficas e intentando cuidadosamente evitar un desenlace sangriento. A fin de cuentas, desde 1974, cuando se extingue la dictadura portuguesa, o desde 1975, cuando muere Franco, hasta el colapso de las tiranías comunistas en Europa (pasando por las experiencias latinoamericanas de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil) todas las transiciones a la democracia (con la parcial excepción de Rumanía) habían tenido un mismo patrón de desarrollo: una lucha política, expresada en negociaciones entre el poder y la oposición, que culminaba en un proceso electoral que liquidaba al dictador de turno. Así había ocurrido en m s de una docena de países, y no existía razón alguna para que no sucediese en Cuba. Más aún: a los liberales cubanos nos parecía muy conveniente que el fin del castrismo se produjera mediante negociaciones y procedimientos electorales, no sólo para ahorrarles a nuestros compatriotas el dolor y la devastación que provocaría en Cuba el surgimiento de la violencia, sino también para romper de una vez la nefasta tradición revolucionaria. Esto es, la errónea convicción de que siempre es bueno y patriótico reemplazar por medio de la fuerza a los malos gobiernos que aquejan o sojuzgan al país. Los liberales (en suma) pensamos que esta triste coyuntura histórica acaso sirva para dejar un saldo positivo: la sustitución de la cultura política de la violencia por la cultura política de la persuasión, el diálogo y el compromiso.

Aprender de la historia

Y este deseo se fundamenta en la historia. Lamentablemente, a lo largo del siglo XX los cubanos han visto dos revoluciones triunfantes (la de 1933 y la de 1959) y ambas, aunque surgieron espontáneamente como expresiones de rebeldía contra la ilegalidad y los abusos, a la postre generaron una altísima cuota de dolor, violencia y miseria. La revolución de 1933, llena de entusiasmo y heroísmo juvenil en la fase de la insurgencia (desatada contra un general autoritario y déspota), trajo como consecuencia no sólo siete años de gobiernos ilegítimos y atropellos sin cuento, sino dio lugar al surgimiento de otro caudillo antidemocrático (Batista) y a innumerables males, como el pandillerismo, el aumento de la corrupción y la impunidad para los delitos públicos. Actitudes que, sin duda, debilitaron los cimientos institucionales de Cuba e hicieron posible, 25 años más tarde, otra catástrofe aún mayor: la revolución de 1959 y la irresponsable entrega de la nación a un grupo de aventureros audaces, secretamente comprometidos con el marxismo, aunque rodeados de jóvenes idealistas llenos de buenas intenciones y ajenos a los designios de la cúpula comunista. Pero (en general) pública y notoriamente carentes de experiencia de gobierno o de ideas razonables de las que se pudiera esperar una gestión medianamente eficaz.

Para los liberales cubanos estaba claro, pues, que lo mejor para Cuba no era continuar experimentando con la violencia y las revoluciones, sino confiar más en las leyes, la negociación y el compromiso, porque un siglo de fracasos y frustraciones debe ser una lección lo suficientemente extensa y dolorosa para todo aquel capaz de entender el peso de la historia. Asomarnos al siglo XXI casi en el mismo punto en el que estrenamos el XX, al menos debía servirnos como escarmiento para no reincidir en los errores tradicionales.

La ULC a medio plazo

Obviamente, este modo de entender el pasado nos dictaba una estrategia para actuar de inmediato y una política a mediano plazo. La estrategia se plasmó en la creación de la Plataforma Democrática Cubana, una coalición de tres partidos que coincidían en la búsqueda de soluciones pacíficas: la Coordinadora Social Democráta, el Partido Demócrata Cristiano de Cuba y el nuestro, la Unión Liberal Cubana. Los tres partidos, vinculados de una u otra manera a sus respectivas familias ideológicas, las Internacionales, aportaban a la lucha política una densa trama de relaciones en todo Occidente que, inmediatamente, comenzaron a brindar sus frutos solidarios.

La coalición, además, se creaba no sólo para retar a Castro en el terreno político, sino también para contribuir a tutelar el tránsito a la libertad, cuando se produjera el cambio, volcando sobre Cuba las benéficas influencias democratizadoras de decenas de gobiernos amigos y de centenares de partidos políticos afines, dado que casi todas las naciones del mundo libre hoy están gobernadas por grupos incardinados en una de estas tres tendencias políticas.

En síntesis, la Unión Liberal Cubana formulaba una política de corto plazo (liquidar el castrismo sin sangre ni violencia); una política de medio plazo (una transición sosegada hacia otro modelo de estado con el auxilio de una vasta red de gobiernos y partidos amigos); y sentaba las bases para lo que serían los objetivos de largo aliento del partido.

La ULC a largo plazo

La ULC (por último) nace con la vocación de convertirse en Cuba en un gran partido político capaz de darle al país ideas, proyectos, estabilidad institucional y de forjar una cantera de la cual surjan los mejores dirigentes políticos de la Cuba futura.

No hay democracia sin partidos políticos fuertes. Y no hay partidos políticos fuertes si en el grupo no existe una cosmovisión coherente, con un diagnóstico de los males que aquejan a la sociedad y una flexible propuesta concebida para darles solución. El liberalismo, afortunadamente, proporciona todo eso. No es una ideología, sino un modo racional de entender la vida, esencialmente basado en la defensa de la libertad y la responsabilidad individual. Por suerte, en la tradición política de Cuba las mejores cabezas han sido liberales: desde Arango y Parreño hasta Ignacio Agramonte, desde José Martí hasta Jorge Mañach o Carlos Márquez Sterling, los estadistas más serios y prudentes que ha dado el país se inscriben en la corriente liberal, aunque muchos de ellos jamás hayan militado en un partido que llevara ese nombre.

La Unión Liberal Cubana recoge esa tradición y ese talante, los vincula al liberalismo de nuestros días y les da una nueva forma y un nuevo contenido. La Unión Liberal Cubana, es el futuro. Así de simple.

Imprimir este artículo