| CUBA:
LA SITUACIÓN ACTUAL, LOS DESENLACES POSIBLES Y LA ESTRATEGIA
ADECUADA
1898-1998
CARTA A TODOS LOS CUBANOS
Unión Liberal Cubana
Partido Liberal Democrático de Cuba
North-South Center, University of Miami
Coral Gables, Florida/28 de marzo de 1998
PREÁMBULO
Castro, aparentemente, está muy enfermo. La economía
de Cuba continúa hundiéndose. El Papa pasó por
la Isla y allí dejó sembrada una esperanza de cambio.
En Estados Unidos muchas fuerzas políticas se replantean
la estrategia del embargo. Se sabe que el régimen vive
su última etapa. Y ante todo esto, la Unión Liberal
Cubana se propone hacer una seria evaluación dirigida
a todos los cubanos.
Varias fechas recientes despertaron inútilmente las
esperanzas de los cubanos. En octubre pasado la convocatoria
al Quinto Congreso del Partido Comunista dejó abierta
por un breve periodo la puerta al cambio político. Se
rumoraba que, al fin, el gobierno rectificaría sus errores
y comenzaría una suerte de transición. Pero no
sucedió nada de esto. Por el contrario, "unánimemente",
como siempre suceden las cosas en la Cuba de Castro, se aprobó un
documento en el que se ratificaba la línea estalinista
más dura, pero ahora trenzada con una confusa interpretación
histórica.
En las elecciones de enero del '98 volvió a suceder
el mismo fenómeno. Sotto vocce, circuló la "noticia" de
que permitirían la presentación de algunas candidaturas
independientes. Oswaldo Payá y una docena de los miembros
de su ilegal organización --no los dejan inscribirse,
pese a que actúan dentro de las reglas del gobierno--
intentaron participar, pero fueron olímpicamente ignorados.
Y las elecciones, naturalmente, produjeron los resultados previstos:
los 601 un candidatos únicos seleccionados por el "aparato" fueron
electos por el 98 por ciento de los sufragios, mientras los voceros
del gobierno no dejaban de repetir que Cuba era el país
más democrático del mundo.
A los pocos días de ese mismo mes de enero llegó el
Papa y por cuatro inolvidables jornadas se levantó parcialmente
la veda totalitaria. Muchos pensaban que ése era el principio
del cambio, pues Su Santidad había solicitado una amnistía.
Otra frustración: unos cuantos presos fueron puestos en
la calle o depositados en el aeropuerto, pero nada fundamental
cambió en el país.
En febrero la ilusión desvanecida tuvo que ver con el
propio Castro. La novísima Asamblea del Poder Popular
se reuniría el 24 para elegir al Presidente del país
y a los miembros del Consejo de Estado, el órgano decisorio
supuestamente más poderoso, y muchos creyeron que un Castro
gravemente enfermo comenzaría el inevitable cambio cediéndole
su lugar a alguien --por ejemplo-- como Ricardo Alarcón.
Falso: Castro retomó absolutamente todas las posiciones
clave y, además, desplazó del Consejo de Estado
a algunos diputados a los que se les suponían actitudes
reformistas.
Pero nada de esto podrá impedir que Cuba retome el camino
de la democracia y de la libertad económica. Parafraseando
a Lincoln, se puede aherrojar a algunos todo el tiempo y a todos
algún tiempo, pero no es posible aherrojar a todos todo
el tiempo.
En el verano pasado cuatro compatriotas ilustres --Vladimiro
Roca, Marta Beatriz Roque Cabello, Félix Bonne Carcasses
y René Gómez Manzano-- escribieron un bien razonado
documento al que titularon "La patria es de todos".
Por ese simple hecho fueron detenidos y ni siquiera la clemencia
solicitada por Juan Pablo II conmovió a Castro. Siguen
presos. A ellos dedica la Unión Liberal Cubana los papeles
que siguen. Merecen honor.
Hace un siglo, tras el abrupto final de la guerra de independencia,
precipitado por la intervención de Estados Unidos, los
cubanos comenzamos una etapa diferente de nuestra historia, al
fin alejados de la tutela española. Aquel año,
terminada la batalla, el panorama nacional resultaba bastante
desolador: miles de viudas ojerosas y extremadamente delgadas
vestían de negro y deambulaban por los pueblos y caseríos
buscando algo de comer para ellas mismas y para sus hijos. En
las veredas, a la espera de sepultura, se apilaban numerosos
cadáveres. Los hospitales estaban llenos de enfermos de
paludismo y disentería. El comercio y la industria habían
disminuido sustancialmente, arrastrando en su caída el
nivel de vida de la que fuera una de las sociedades más
ricas de Occidente en la segunda mitad del siglo XIX, aunque
bien es cierto que, en gran medida, esa prosperidad se debía
al poderío azucarero sustentado por la esclavitud de los
negros. Cerca de un diez por ciento de la población cubana
había tenido que marcharse al exilio --un porcentaje similar
había muerto dentro de la Isla por causa de la guerra--,
y ello había bastado para que sus propiedades hubiesen
resultado confiscadas y luego asignadas mediante procedimientos
judiciales inescrupulosos a nuevos propietarios, casi siempre
españoles y cubanos adictos a España. Nunca, por
cierto, los legítimos dueños pudieron recuperar
lo que el gobierno colonial les había expropiado poco
antes del fin de la guerra.
Pero no todo resultaba triste y desesperanzador. Curiosamente,
cuentan las crónicas de la época, dos actitudes
parecían prevalecer entre los criollos de aquel fin de
siglo: la certeza de que se iniciaba una nueva y prometedora
etapa, y la convicción de que la nación contaba
con los recursos humanos y el entusiasmo necesarios para emprender
con éxito la nueva andadura. Un dato basta para probarlo:
en poquísimo tiempo, cien mil cubanos --entonces Cuba
apenas tenía un millón trescientos mil habitantes--
avecindados en Estados Unidos, muchos de ellos profesionales
y comerciantes triunfadores en el país de adopción,
regresaron a la patria de origen. Fue entonces cuando algunos
la pisaron por primera vez, pues eran los hijos de los desterrados.
Se trataba de jóvenes nacidos en el exilio durante la
larga Guerra de los Diez Años (1868-1878).
A un siglo de aquellos hechos, la historia se repite parcialmente:
el país padece toda clase de penurias materiales, no ya
como consecuencia de una guerra cruenta, sino de resultas de
las ineficiencias propias del sistema marxista, lateralmente
agravadas por el embargo norteamericano, y los cubanos intuyen
que se avecina un cambio total en el signo del modelo económico
y político que les ha sido impuesto. No hay nadie, prácticamente,
que piense que por mucho tiempo más continuará imperando
un modelo de economía estatal planificado por la burocracia
gubernamental, sujeto a los caprichos administrativos de un régimen
de partido único. Todos --o casi todos-- coinciden en
que la era comunista de Cuba llega a su fin, y que tal cosa se
hará evidente y se acelerará en el momento en que
desaparezca Fidel Castro, hoy probablemente enfermo, o, en todo
caso, bastante anciano. Pero, al contrario de lo que acontecía
hace cien años, en la sociedad cubana de nuestros días
no se advierten signos de entusiasmo sino de desgana, incredulidad
y desconfianza. Es lo que suele ocurrir cuando varias generaciones
sucesivas experimentan diversas formas crecientes de frustración.
Las personas acaban por asumir de una manera casi instintiva
la expectativa del fracaso. No se trata de una forma patológica
de pesimismo, sino de la respuesta natural a las experiencias
vividas. Temerle al futuro, aunque se deteste el presente, es
la reacción dolorosa pero incontrolable de quien ha aprendido
que mañana siempre es peor que hoy. Sería un crimen
no ponerle fin a este penoso círculo de horror y desaliento
que embarga a los cubanos, y especialmente a los más jóvenes
e intelectualmente débiles, pues la nación --como
señalara Ortega y Gasset-- presupone y exige la existencia
de un ilusionado proyecto de vida en común. Si falta la
esperanza en un mejor destino colectivo, falta todo.
Las premisas
Establezcamos, de inicio, varias premisas clave, para poder
construir luego una propuesta coherente:
La inevitabilidad del cambio
Admitamos que Cuba ni puede ni debe seguir siendo la excepción
totalitaria en Occidente. Carece de sentido que Cuba --un país
latinoamericano situado en la encrucijada del Hemisferio-- reclame
un destino excéntrico, esencialmente basado en el fallido
modelo soviético, diferente al de su entorno cultural,
especialmente cuando la tendencia planetaria inclina a la homogeneidad
política en el sentido de la democracia y en el de la
economía de mercado cuando se trata de las transacciones
comerciales. Esa unificadora fuerza centrípeta forma parte
del concepto de "aldea global" y resulta absurdo intentar
escapar de su influjo. Insistir, como ha hecho Castro después
de las elecciones de enero de 1998, que "mientras haya cubanos
habrá socialismo", es condenar a nuestro pueblo al
anacronismo y al error, o --algo aún más grave--
es convertirlo en la indefensa cobaya de un experimento histórico
que no tiene otra perspectiva que el creciente atraso y pobreza
relativos de los cubanos.
Por consiguiente, reivindicar en nombre de una supuesta expresión
de la soberanía el "derecho" de los cubanos
a organizar la convivencia ciudadana de acuerdo con el paradigna
totalitario diseñado por Lenin y "perfeccionado" por
Stalin es, por una punta, un sofisma --un partido excluyente,
como el de los comunistas, jamás puede expresar la voluntad
soberana de la totalidad de una sociedad--, y, por la otra, una
forma de voluntaria marginación de todos los mecanismos
de concertación internacional. Hoy, para formar parte
de la OEA, del Grupo de Río, del Mercosur o del TLC, o
para poder reclamar ayuda urgente y sustancial de las instituciones
financieras internacionales, hay que exhibir formas democráticas
de gobierno, con todo lo que eso implica de pluralismo y respeto
por los derechos humanos y políticos, así como
economías abiertas en las que prevalezcan las actividades
comerciales privadas realizadas por la sociedad civil, pues carece
de racionalidad pedirles a las demás naciones que nos
faciliten recursos duramente ganados para sostener artificialmente
modelos económicos totalmente ineficientes. Fuera de la "aldea
global" sólo quedan la pobreza y la marginalidad.
Pero dentro existe la posibilidad de alcanzar el desarrollo.
Por otra parte, la exitosa y entusiasta visita del Papa a Cuba
a fines de enero de 1998, y las consignas coreadas con emoción
por cientos de miles de gargantas --"el Papa, libre/ nos
quiere a todos libres", o "no tenemos miedo"--,
consignas a las que, lógicamente, no se sumaron los comunistas
invitados a las plazas por Castro, demuestra la falsedad del
pretendido respaldo que el gobierno dice tener de los cubanos
y, por consiguiente, la escasa legitimidad de un sistema electoral
en el que el 99% de la población vota por la lista única
de candidatos oficiales.
Nadie en el mundo toma en serio esas elecciones. Los cubanos
acuden a votar dócilmente donde les indican que lo hagan
--como ocurría en Bulgaria, Rumanía o Albania--
por no arriesgarse a un enfrentamiento con un estado tan poderoso
que puede privarlos de la libertad, de la fuente de trabajo y
hasta de los alimentos, si se comprueba el rechazo que secretamente
sienten por un gobierno y un sistema que los mantiene en la miseria
y la opresión. De donde se deduce que, como sucedió en
el resto de los países comunistas, en el momento en que
les sea dado optar otras formas más racionales de organizar
la convivencia, seguramente elegirán la libertad política
y la económica, pues, según todos los síntomas,
los cubanos no son diferentes a las demás criaturas del
planeta. Aspiran a vivir mejor, y, si les es dable, rechazan
lo que les perjudica.
La conveniencia del cambio.
Al margen de su carácter inevitable, el cambio de modelo
político y económico es también muy conveniente
para los cubanos. La llegada de la democracia significará el
alivio de las tensiones que padece nuestra sociedad, tras la
excarcelación de sus innumerables presos políticos
y la desaparición del triste espectáculo --inédito
en la historia de Cuba hasta la aparición del comunismo--
de los balseros que huyen del desastre aún a riesgo de
perder la vida. El cambio traerá la disminución
de las enormes y costosísimas fuerzas policiacas dedicadas
a la represión y el fin de las periódicas condenas
internacionales por la violación de los derechos humanos,
terminando de una vez el conflicto con Estados Unidos, lo que
desbloqueará inmediatamente el acceso a los créditos
bancarios, a los grandes capitales internacionales destinados
a la inversión en infraestructura y al enorme y cercano
mercado norteamericano. Asimismo, desaparecerá ese "muro" de
agua que hoy cruelmente separa a dos millones de cubanos radicados
en Estados Unidos y en otras partes del mundo de sus once millones
de familiares situados en la Isla.
Asimismo, si hay algo que resulta obvio para cualquier observador
medianamente informado, es que no se trata de una casualidad
ni encierra misterio alguno que las veinte naciones más
prósperas del planeta sean democracias en las que la economía
se rige por la existencia de propiedad privada y por normas de
mercado. Una cosa es consecuencia de la otra. La prosperidad
es el resultado de la expansión de las libertades, no
de su limitación. En el momento en que Cuba haga esas
necesarias transformaciones, los capitales comenzarán
a fluir hacia la Isla y la recuperación del país
podría ser sorprendentemente rápida, dada la excelente
formación técnica y profesional alcanzada por una
buena parte de la población tras el intenso esfuerzo educativo
del gobierno revolucionario. Esfuerzo que, lejos de verificar
los aciertos de la revolución, confirman el desastre del
sistema, pues si una sociedad con semejante capital humano --excelente,
como demuestran los cubanos cada vez que se trasladan al exterior--
no sólo no consigue despegar, sino cada vez se hunde más,
este extraño fenómeno sólo puede explicarse
por la incapacidad intrínseca del modelo impuesto. Ni
fallan los cubanos ni el culpable es el gringo. Falla el sistema.
En efecto, si algo hemos aprendido en el último medio
siglo, es la forma de acelerar el desarrollo de los pueblos mediante
la utilización inteligente de normas adecuadas de gobierno.
Un país como Chile, que en 1959 tenía una población
y una economía más o menos equivalentes a las de
Cuba, como consecuencia de haber apostado, primero, por las libertades
económicas, y luego, afortunadamente, por las políticas
--unas no pueden sostenerse sin las otras demasiado tiempo--,
hoy exhibe un percápita ocho veces mayor que el de la
Isla, crece desde hace más de una década al ritmo
de más del siete por ciento, mientras año tras
año se reducen los índices de pobreza. En 1991
el 44% de los chilenos era calificado como "pobre";
en 1998 ese porcentaje ha disminuido hasta el 22. En otra década
de expansión, la opción por la libertad económica
y política asumida por los chilenos convertirá a
ese país en una nación del Primer Mundo, y la franja
de pobreza extrema estará por debajo del 10% y podrá gozar
del auxilio generoso del 90% restante.
Otro ejemplo: en 1959 Cuba y Singapur tenían percápitas
parecidos, pero la potencialidad de desarrollo era mucho mayor
en Cuba que en el pequeñísimo enclave asiático.
No obstante, sin que nadie tratara de impedirlo, en 1998 los
singapurenses poseen dieciocho veces el percápita de los
cubanos, han erradicado totalmente la pobreza extrema, y gozan
de un alto nivel de desarrollo basado en la ciencia y la tecnología.
Es una falsedad afirmar que si Cuba toma el camino de la democracia
y la economía de mercado le aguarda "un destino haitiano".
Ningún poder económico le impone a país
alguno la pobreza. Sucede a la inversa: lo que la historia contemporánea
demuestra, es que las naciones integradas en la economía
mundial, cuando tienen problemas, lejos de sufrir el acoso imperial
de las grandes potencias o el saqueo de sus despojos, reciben
el inmediato auxilio de los poderosos, como se puede comprobar
en los recientes casos de México y Corea.
Sencillamente, ni es verdad ni se compadece con los hechos
lo que el gobierno cubano sostiene sobre la inevitabilidad del
subdesarrollo en los pueblos del Tercer Mundo que adoptan la
economía de mercado, cruel destino resultado del malvado
designio de los países más prósperos. A
fines del siglo XX, salvo los ideólogos más delirantes
y anticuados, ninguna persona informada cree que algún
pueblo puede beneficiarse de la miseria de su vecino. Por el
contrario, los economistas intelectualmente solventes saben que
lo que conviene es que nuestro vecino sea poderoso para poder
realizar con él la mayor cantidad posible de transacciones
mutuamente satisfactorias, pues es en el comercio intenso donde
los pueblos consiguen enriquecerse. El "milagro chileno",
por lo tanto, es perfectamente repetible en Cuba. Pero si los
cubanos continúan padeciendo una dictadura comunista empeñada
en el partido único, en la producción planificada
y en la propiedad estatal, sólo pueden esperar unas crecientes
cotas de miseria, atraso y aislamiento cultural y científico.
Ahí sí no tenemos otro futuro que la creciente
haitianización del país.
Tampoco parece muy sensato utilizar el argumento del igualitarismo
para defender el ineficiente modelo económico cubano,
enarbolando la coartada ética de que "es más
justa una sociedad en la que todos tengan un poco" que otra
en la que las diferencias sean extremas. Nadie niega que en las
democracias liberales regidas por economías de mercado
se dan, en efecto, grandes diferencias entre los que mucho tienen
y los que, a veces, nada poseen, pero no resulta menos cierto
que en estos países donde hay desigualdades también
existen unos enormes niveles sociales medios que, en algunos
casos, alcanzan al 90% del censo. Y esas clases medias viven
infinitamente mejor que lo que pueden soñar los cubanos
o cualquier pueblo sometido a la supersticiosa búsqueda
del igualitarismo. Dato que es muy fácil de comprobar
con sólo observar la composición social del turismo
europeo o canadiense que visita a Cuba: obreros, funcionarios,
trabajadores, asalariados todos en un sistema en el que, es cierto,
hay grandes millonarios, pero en el que también se genera
una gran cantidad de riqueza que repercute en las condiciones
de vida de quienes dependen de su trabajo y de un sueldo medio
para subsistir. Un sueldo que hasta alcanza para recorrer seis
mil kilómetros con el objeto de pasar quince días
de vacaciones en el Caribe y durante ese periodo vivir de una
cierta y grata manera que le está vedada a casi toda la
población de Cuba, como pueden comprobar los cubanos con
el tipo habitual de turista que llega a nuestra Isla: fundamentalmente
trabajadores y asalariados.
Hace varios años, uno de los reformadores chinos, con
el objeto de criticar el pasado colectivista e igualitarista
de su país --aquellos años de la hambruna, la miseria
y las "revoluciones culturales"-- con la habilidad
tradicional de los chinos para los apotegmas, explicó el
cambio de rumbo con la siguiente frase: "antes, para evitar
que unos cuantos chinos anduvieran en Rolls-Royce, condenamos
a toda la población a desplazarse a pie o en bicicleta";
lección que deben aprender los comunistas cubanos, pues
el igualitarismo, lejos de ser una bendición para los
que nada tienen, es exactamente lo contrario: hunde a los pobres
cada vez más en la miseria y les impide prosperar a todas
aquellas personas con formación intelectual, virtudes
personales y capacidad de trabajo que luchan por labrarse un
mejor destino. ¿Se han dado cuenta los comunistas cubanos,
defensores del igualitarismo, que Cuba es el único país
del mundo en el que los ingenieros, médicos, abogados,
profesores y hasta oficiales de las fuerzas armadas viven miserablemente?
No hay duda de que la pobreza de las personas es un espectáculo
triste, pero cuando quienes la sufren cuentan con los instrumentos
necesarios para crear riqueza, cuando los que la padecen son
víctimas de la injusta imposición de un disparatado
modo de organizar la sociedad, entonces ese espectáculo
se vuelve indignante. ¿Para eso ha hecho la revolución
un notable esfuerzo en el campo educativo? ¿Para que los
técnicos y profesionales vivan como indigentes? Se suponía
que los "logros de la revolución en materia educativa" tenían
como objetivo que, mediante la formación académica,
las personas mejoraran su nivel de vida y no para contar ahora
con legiones de profesionales que vivan como miserables.
En este aspecto, la terca insistencia de los comunistas cubanos
en el igualitarismo parte de un antiguo y difundidísimo
error intelectual surgido de un análisis de la economía
basado en el mercantilismo: suponer que la economía consiste
en la existencia de un número fijo de bienes que deben
repartirse equitativamente. No entienden que el proceso de creación
de riquezas es elástico, y que el hecho de que unas personas,
por su imaginación, por su capacidad de trabajo, o hasta
por la suerte, se enriquezcan más que otras, puede ser
beneficioso para todos. Un ejemplo concreto y sonado: en los últimos
veinte años, ante nuestros ojos, el norteamericano Bill
Gates se ha convertido en el hombre más rico del planeta.
No se conoce, sin embargo, a ningún compatriota suyo o
a ningún extranjero que, debido a eso, hoy sea más
pobre. Se sabe, en cambio, de cientos de miles de personas vinculadas
a las empresas de Gates que devengan salarios más altos
que el promedio nacional norteamericano.
Otro ejemplo, más cerca del drama cubano, quizás
sea más fácil de entender: a principios de la década
de los sesenta el ingeniero Roberto Goizueta se exilió en
Estados Unidos y continuó trabajando en Coca-Cola. Cuando
murió, en 1997, era el presidente de la compañía,
y bajo su orientación el valor de las acciones de esa
empresa, como señalara la prensa, había alcanzado
un nivel más alto que el valor de toda la producción
de Cuba bajo el gobierno comunista. El mismo murió con
una fortuna personal calculada en mil trescientos millones de
dólares --el cubano más rico de todos los tiempos--,
pero no hay nadie que pueda alegar que cuanto Goizueta hizo por
enriquecer a los accionistas de su compañía ni
por enriquecerse él mismo, fuera a costa de privar a alguien
de sus bienes. Por el contrario: favoreció a decenas de
miles de personas. Si los comunistas cubanos entendieran que
la economía no es una operación de suma-cero, suponemos
que abandonarían la búsqueda de ese nefasto igualitarismo
que tan cruelmente ha empobrecido a los cubanos.
Un cambio en las relaciones con Estados Unidos.
No es razonable continuar percibiendo a Estados Unidos como
una amenaza militar y como un enemigo de la voluntad soberana
de los cubanos. Tampoco lo es mantener como eje o leit motiv
de la sociedad cubana el enfrentamiento con un vecino que resulta
ser la nación más poderosa de la tierra. A estas
alturas del milenio que termina, y cuando ya se han desclasificado
los papeles secretos del KGB, y se sabe que los vínculos
entre Moscú y La Habana no fueron la consecuencia del
previo enfrentamiento de Washington con Castro, sino exactamente
lo opuesto, una calculada provocación (One hell of a gamble,
Aleksander Fursenko y Timothy Naftalí, Norton, 1997) de
Castro y de los rusos, es ridículo tratar de sostener
el papel de víctima o seguir recurriendo a la metáfora
del pequeño David frente a Goliat.
Eso --esa actitud-- no constituye una "gesta heroica" sino
una insensatez sin gloria a la que hay que ponerle fin. Además,
esa inmadura conducta, ese belicoso espíritu de cruzada
fundado en el error intelectual, forma parte de la guerra fría
y de una manera muy antigua de entender las relaciones entre
los dos países, anclada en una visión decimonónica
de la historia. Los norteamericanos de 1998 nada tienen que ver
con los de 1898 y ni siquiera con los de 1959. Los de hoy no
son los del "Destino Manifiesto" ni los del "big
stick", sino los del Tratado de Libre Comercio, una sociedad
convencida de que la prosperidad de todos aumenta con la colaboración,
no con la exclusión y la hostilidad.
Negar que las sociedades cambian y adoptan nuevos puntos de
vista es negar el carácter dinámico de la historia
y hasta el concepto marxista de la dialéctica. No existen
apetencias anexionistas en la nación norteamericana de
hoy, y el sentido común indica que Washington, por la
cuenta que le tiene, preocupado por la frontera migratoria del
Estrecho de la Florida, de producirse un cambio en Cuba, hará lo
que esté a su alcance para estabilizar la situación
económica y política de un vecino situado a 90
millas de sus costas. Un vecino, por cierto, que en el pasado
ya ha trasladado al veinte por ciento de su población
adentro del territorio de la Unión, dato que se comprueba
cuando sabemos que el millón de exiliados ha tenido un
millón de hijos en el destierro.
¿Cómo se conjuga, entonces, el cambio de actitud
de Estados Unidos y la desaparición de sus reflejos imperiales
con el mantenimiento del "embargo" al gobierno de Castro?
Obvio: tanto la llamada Ley Torricelli como la conocida Ley Helms-Burton,
aprobada a regañadientes por Bill Clinton tras el derribo
de unas avionetas norteamericanas de Hermanos al Rescate --piezas
legislativas que perjudican, pues los excluyen, a los propios
intereses económicos norteamericanos--, fueron dictadas
por iniciativas y maniobras de parte de la oposición exiliada
más que por impulsos autónomos de la propia clase
política norteamericana. Ambas fueron aprobadas con desgana,
sin convicción, y ambas contienen provisiones para su
virtual derogación en caso de que se produzca la democratización
de Cuba. Esas leyes no reflejan el talante actual de la sociedad
o de la mayoría de los políticos norteamericanos,
sino la voluntad anticastrista de una oposición cubana
que ha visto en su capacidad de cabildeo en el parlamento norteamericano
una forma legítima de luchar contra un adversario que
le niega la posibilidad de hacer oposición pacífica
dentro de Cuba, y contra el que a estas alturas de la historia
nada puede ni debe intentar en el campo de la violencia.
Hasta ahora, y por casi cuarenta años, pero especialmente
tras la desaparición de los subsidios que otorgaba la
URSS, el gobierno cubano ha intentado infructuosamente que se
derogue el embargo, pero sólo como resultado de una negociación
directa entre la Habana y Washington, sin hacer ninguna concesión
en el terreno de las libertades, y sin tomar en cuenta a la oposición
interna y externa, ignorando que sus adversarios cubanos tienen
cierta capacidad para obstaculizar o hacer fracasar sus maniobras.
Por otra parte, Estados Unidos siempre puede parapetarse tras
la historia para explicar su intransigencia frente a las múltiples
críticas que provoca el embargo: ¿no censuraban
a Washington por tener buenas relaciones con dictadores como
Batista, Somoza o Stroessner? ¿No criticaban a los norteamericanos
por su supuesta "complicidad" con las dictaduras, atribuyéndoles
a estos vínculos la existencia misma de esos regímenes?
No parece coherente condenar a Estados Unidos tanto porque boga
como porque no boga.
Tampoco resulta muy convincente la extendidísima opinión
de que "el fin del embargo supondría el fin de la
dictadura cubana, pues dejaría a Castro sin argumentos
para explicar los fracasos de la revolución." Es
posible encontrar buenas razones para solicitar el fin del embargo
norteamericano, pero nunca fundadas en las anteriores premisas.
Sería el primer caso en la historia de un dictador que
no encuentra alguna manera de explicar su dictadura. Por otra
parte, los Somoza se mantuvieron cuarenta años en el poder
sin que Estados Unidos tuviera embargo alguno sobre el comercio
con Nicaragua. Paraguay padeció treinta y cinco años
a Stroessner con buenas relaciones comerciales con todo el mundo.
La dictadura de Franco se sostuvo pese al aislamiento decretado
por Naciones Unidas tras el fin de la Segunda Guerra, y sin él,
cuando Estados Unidos y Europa occidental decidieron reanudar
las relaciones. Rumanía padecía la peor dictadura
entre todos los países comunistas de Europa del Este,
y llegó a tener, no obstante, trato de nación más
favorecida por parte de Estados Unidos.
Independientemente de que el embargo norteamericano contra
el gobierno de Castro pueda o no ser legítimamente calificado
como una política errónea, lo que explica la permanencia
de una dictadura en el poder no es con quién comercia
o deja de comerciar, sino quién posee los mecanismos de
hacer las reglas de juego, la fuerza de los cuerpos represivos
que estrictamente vigilan su cumplimiento, y la información
que se disemina. Y esos tres factores, en Cuba, están
férreamente controlados por un caudillo que no permite
la menor desviación en nada que parezca fundamental para
el sostenimiento de su poder, aunque tenga que fusilar a su mejor
general o reprimir a una buena parte de la población.
No obstante, no debe caerse en el razonamiento retorcido de
quienes intentan establecer un quid pro quo entre el embargo
norteamericano y los cambios hacia la democracia en Cuba. En
primer término, porque si el gobierno cubano subordina
el modelo de Estado propio a la política exterior de otra
nación, está actuando de una manera más
vil y entreguista que ningún gobierno en la historia del
país; en segundo lugar, porque Castro nunca ha dicho ni
sugerido que si los norteamericanos levantan el embargo va a
proceder a impulsar la democratización de la Isla; y en
tercero, porque son dos problemas absolutamente independientes.
Es posible que el embargo norteamericano sea un sinsentido que
afecta al conjunto de la población más que al propio
gobierno cubano --algo que no se pensaba, por ejemplo, en el
caso de Sudáfrica--, pero el fin de esa y de todas las
dictaduras hay que solicitarlo sin condiciones, sólo por
el carácter perverso que éstas poseen.
Los "logros" de la revolución.
Una tras otra las encuestas más solventes parecen demostrar
que los cubanos valoran como algo positivo la educación
y el sistema de salud pública que les brinda el gobierno,
aunque todos reconocen el inmenso y progresivo deterioro en que
se encuentran ambos servicios como resultado del raquítico
PIB generado por el ineficaz aparato productivo del país.
Obviamente, si no hay producción ni excedentes, no pueden
brindarse servicios a la población, y tanto la educación
como la salud son dos de los más costosos rubros con que
tiene que enfrentarse cualquier sociedad moderna. De donde debe
deducirse una conclusión inevitable: si los cubanos desean
mantener unos programas de educación y de salud públicos
y universales, sufragados por los presupuestos generales del
Estado y no directamente por los consumidores, inevitablemente
deberán adoptar un sistema productivo capaz de crear la
riqueza que esa obligación conlleva.
Lo que no es sensato --desparecido el millonario subsidio que
otorgaban los soviéticos-- es insistir en los torpes modos
de producción comunistas y esperar de ellos el mantenimiento
de los "logros" de la revolución. En la Unión
Europea o en algunos países de América --Uruguay
y Costa Rica son buenos ejemplos-- en donde la salud y la educación
públicas alcanzan a la totalidad de la población,
este costoso sacrificio puede asumirse porque se produce lo suficiente.
Y se produce lo suficiente porque imperan la democracia y la
economía de mercado.
Dos últimas observaciones: primera, es conveniente revisar
la política cubana en materia sanitaria. El hecho de que
un pobre país como Cuba cuente con un médico por
cada 195 personas no demuestra que la Isla es una potencia médica,
sino que la asignación de recursos es totalmente disparatada.
Dinamarca, que acaso cuenta con el mejor sistema sanitario público
del mundo, puede brindar sus excelentes servicios con un médico
por cada 450 personas. Si la proporción de médicos
cubanos fuera como la danesa, tal vez el presupuesto sanitario
alcanzaría para que no faltaran la anestesia, los antibióticos
o los hilos de sutura. Segunda observación: los cubanos
nada deben temer. En ninguna de las sociedades que han transitado
del comunismo a la democracia se han desmontado los sistemas
de salud o de educación. Por el contrario, tras la llegada
de la libertad han mejorado notablemente, aunque sólo
sea porque en casi todos los casos se ha procedido a descentralizar
la administración y a despolitizar los mecanismos de toma
de decisión.
El inexistente revanchismo.
Cuando se produzca el cambio, nadie debe temer esa apocalíptica
visión de hordas de exiliados que regresan a vengar agravios
particulares o a recuperar por la fuerza las propiedades confiscadas.
Eso no ha sucedido en ningún país de los que han
abandonado el comunismo, y no sucederá en Cuba. Eso no
está en el ánimo de los exiliados ni en el de los
cubanos de la Isla (la inmensa mayoría de los propietarios
de bienes muebles e inmuebles nunca abandonó Cuba). Por
el contrario, los cubanos de la Isla se podrán beneficiar
del capital acumulado por muchos de los exiliados; capital que
llegará a Cuba en forma de inversiones, y de las relaciones
que estas personas han establecido en los países en los
que han sido acogidos durante tantos años. Esos vínculos
repercutirán de manera muy conveniente para todos los
cubanos tan pronto como Cuba se abra al comercio internacional
y a los naturales de nuestro país no les esté vedado
poseer propiedades. Como en todos los países que abandonaron
el comunismo, habrá, eso sí, que arbitrar formas
de compensación para quienes han sido víctimas
de ilegales confiscaciones, y será importante encontrar
fórmulas flexibles de compaginar la justicia con las posibilidades
materiales de la nación, pero sin que la solución
de este inevitable conflicto paralice las rápidas trasformaciones
que el país necesita. En todo caso, prácticamente
todos los exiliados que tienen peso político están
de acuerdo en que la vivienda debe mantenerse en las manos de
quienes hoy las habitan. Afortunadamente la experiencia acumulada
en lo que fuera Europa del Este tras casi una década de
postcomunismo nos permitirá evitar errores que otros cometieron
e imitar aciertos que vale la pena emular.
Los actores del cambio
Establecidas estas premisas, conviene ahora identificar las
instituciones que, de una u otra manera, por acción o
por omisión, deberán participar en el cambio para
que éste pueda llevarse a cabo:
Las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior.
En diversas oportunidades, siempre en privado, Fidel Castro
y algunos de sus militares de alta graduación, han expresado
la siguiente obscenidad política, a medio camino entre
un lamentable matonismo y una idea "patrimonialista" de
la nación cubana, como si la revolución del 59
les hubiera granjeado el derecho a un permanente e inagotable
botín de guerra: "a los que piden cambios les decimos
que nosotros tomamos el poder por la fuerza, y si ellos ahora
quieren quitárnoslo, que recurran a la fuerza, que nos
lo arrebaten a tiros, tal y como nosotros lo conquistamos." Triste
aseveración para quienes se reclaman patriotas, discípulos
de Martí y revolucionarios al servicio del pueblo cubano.
Una de las grandes diferencias entre Cuba y los desaparecidos "países
del Este" es la institución donde realmente radica
el poder. En la URSS y en los satélites europeos el poder
estaba en el Partido Comunista. En Cuba, dictadura caudillista
ante todo, en primer término, está en las manos
de Fidel Castro, por delegación en las de su hermano Raúl,
y a partir de ahí en el aparato militar-policiaco del
Minfar/Minint. Ese Minfar/Minint de manera creciente está presente
en el sector económico --posee hoteles, fábricas,
granjas, sembradíos--, y los jefes cercanos a Fidel y
a Raúl además ocupan posiciones en la dirección
del Partido Comunista y en la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Las personas clave de esta institución tal vez alcancen
la cifra de doscientos oficiales, y la totalidad de los profesionales
no pasa de varios millares.
La pregunta obvia es la siguiente: ¿por qué los
militares cubanos, tras la hipotética desaparición
de Fidel Castro como consecuencia de muerte natural, van a dar
paso, voluntariamente, a un cambio de modelo político
y económico en el que ellos perderían el poder
que hoy detentan? ¿Qué "ganarían" ellos
con este cambio? Para responder, habría que definir quiénes
son los oficiales cubanos que se benefician extraordinariamente
del sistema, pues la regla general es que la oficialidad cubana,
de coroneles abajo --el 90% del "aparato"--, vive en
condiciones de pobreza mayores que las de simples cabos o sargentos
de cualquier ejército sudamericano. No obstante, el cambio
no solamente sería propiciado por las ventajas materiales
que esto les traería, sino porque la muerte de Castro
acelerará la descomposición económica del
régimen, privándolo de la legitimidad indiscutible
que aportan los caudillos respaldados por el peso de la historia.
En el momento en que Castro muera, la reacción internacional
será de parálisis ante el periodo de incertidumbre
que se abrirá en la nación. Nadie cree que el comunismo
perdurará en la Isla como forma de gobierno, y en la comunidad
económica internacional todos quedarán a la espera
de ver qué sucede. Esa actitud multiplicará exponencialmente
la crisis económica que experimenta el país y agravará notablemente
las carencias y las carestías.
Queda, además, el componente moral. Se suponía,
en un primer momento, allá por los años sesenta,
que el aparato militar cubano fuera el escudo de la revolución
contra sus enemigos internos y externos. Ese fue el discurso
de los tiempos iniciales, y en él se le asignaba a los
militares cubanos una función de defensivo patriotismo
doméstico. Luego, en los setenta, ese aparato se convirtió en
la punta de lanza de la revolución planetaria en el Tercer
Mundo, y los cubanos acudieron a los morideros de Angola, Etiopía,
y a otra larga docena de aventuras menores, a luchar "contra
el imperialismo" y en favor de la causa socialista interpretada
en clave soviética.
¿Cuál es ahora el rol que le depara la revolución
a sus militares? ¿El de fuerza económica hegemónica
para uso y disfrute del Estado Mayor en un país arruinado? ¿El
de guardaespalda de la oligarquía que detente el poder
político? Sin el apoyo soviético y con un raquítico
aparato productivo como el que proporciona el comunismo, Cuba
ni siquiera puede tener unas Fuerzas Armadas mínimamente
complejas. La aviación cubana ha sido reducida a una treintena
de aviones, la marina ha tenido que convertirse en chatarra,
y las unidades blindadas y el grueso de la artillería
del ejército de tierra poco a poco se van diezmando por
la falta de piezas de repuesto o reposan en los túneles
destruyéndose lentamente a la espera de una guerra contra
Estados Unidos que probablemente nunca sucederá. ¿Cuál
es el destino de ese aparato militar si se persiste en el derrotero
comunista? ¿Devenir en algo así como los tonton
macutes de lo que va quedando del castrismo para asegurarse de
que los cubanos nunca podrán abandonar la miseria en la
que viven?
Claro que el fin del comunismo en Cuba provocará un
cambio en la institución militar, y es obvio que los militares
deben sacar sus manos de la economía y dedicarse a cumplir
la ley y a proteger a la nación de sus enemigos, pero
estos adversarios ya no serán países extranjeros
o sistemas políticos distintos, sino el narcotráfico,
las mafias, la delincuencia, y los cubanos de irredimible vocación
totalitaria que intenten vulnerar las leyes que libremente se
dé la sociedad.
Existe, pues, un papel importantísimo para los militares
del Minfar/Minint en una Cuba democrática, pues no hay
que deshacer esas instituciones ni prescindir de sus cuadros
cuando llegue el momento del cambio: lo que hay que hacer, como
sucedió en España y en Chile, en Hungría
o en la República Checa, es reorientar sus actividades,
establecer unos objetivos acordes con la nueva dirección
que tomará la república, y proporcionarles los
medios para que desempeñen a cabalidad y con honor las
nuevas funciones que el país les asigne, al tiempo que
la sociedad les abona un salario digno, de acuerdo con el rango
y la preparación que tengan. No parece justo o sensato
que un simple soldado del ejército de México o
de República Dominicana gane en un mes, convertido en
dólares, lo mismo que un coronel cubano obtiene en un
año de salario.
El Partido Comunista de Cuba.
La dirigencia del PCC debe irse acostumbrando a la idea del
fin del unipartidismo en Cuba. El documento aprobado en 1997
por el Quinto Congreso del PCC no contiene un solo razonamiento
mínimamente respetable, pero el más risible es
el que busca legitimar el unipartidismo en la propia historia
del país, dada la evaporación del marxismoleninismo.
Fidel Castro --por ejemplo-- ha fundado dos partidos --el "26
de julio" y el PCC--, y hasta ha militado en un tercero:
el "Ortodoxo" de Eduardo Chibás, aquella formación
pequeñoburguesa, tibiamente socialdemócrata, por
la que aspiraba a congresista en 1952. La coartada de que Martí fundó sólo
un partido y no dos o tres, no es un argumento que se pueda tomar
en cuenta. Martí también escribió páginas
muy entusiastas a favor de la democracia, la propiedad privada
y el esfuerzo individual, o se manifestó claramente en
contra del comunismo, y el PCC ignora esos textos paladinamente.
Si la palabra de Martí fuera el dogma por el que se guía
la revolución, y si se admite que los papeles de Martí dan
vida al corpus ideológico por el que debe organizarse
el estado cubano, entonces habría que abandonar inmediatamente
los lineamientos marxistas. Lo que no es lógicamente concebible,
lo que constituye una falta de respeto intelectual al pueblo
cubano, es tomar de Martí dos párrafos y una anécdota
personal y convertirlos en normas de permanente y obligado cumplimiento
para toda la sociedad, como si eso fuera la esencia del pensamiento
martiano, o como si una nación estuviera condenada a organizar
su convivencia de acuerdo con unos criterios que festinadamente
se le atribuyen a una persona que vivió cien años
antes, por muy justamente venerada que sea esa persona.
La arbitrariedad de que "la revolución" es
la continuación de la lucha de los mambises contra España
y por la soberanía, no es más que buscar un burdo
pretexto nacionalista para tratar de justificar la dictadura.
La lucha de los mambises, muy dentro de su época, tenía
como objetivo lograr el autogobierno y la creación de
un Estado cubano independiente, y --como recordara frente al
Papa en su ya famosa homilía el obispo de Santiago, don
Pedro Meurice-- entre aquellos mambises prevalecía un
profundo sentimiento cristiano y de amor a la Virgen de la Caridad,
patrona de Cuba. Esa --la visión mambisa-- nada tiene
que ver con la erección de una dictadura del o para el
proletariado concebida dentro del modelo marxista de corte soviético.
Por el contrario: si un modelo de estado tenían los mambises
en la cabeza cuando se alzaron contra España, era el de
la república norteamericana, con sus libertades civiles
y su equilibrio de poderes, como inequívocamente se refleja
en las muy liberales constituciones que redactaron en la manigua
y en 1901.
La afirmación de que Cuba, en el pasado, ya experimentó sin éxito
con el multipartidismo, tampoco se sostiene, y es algo que podrían
haber dicho los suizos tras la sacudida de 1848, los franceses
coetáneos de Napoleón III, los norteamericanos
de la era de Lincoln, cuando republicanos y demócratas
no pudieron evitar la Guerra Civil, o los españoles tras
la muerte de Franco. La democracia es un sistema que permite
la paulatina y pacífica corrección de los errores.
El sistema democrático, per se, nunca es pernicioso. Los
hombres que lo operan, en cambio, víctimas de las pasiones,
pueden llegar a serlo. La democracia no es más que un
sistema objetivo y perfeccionable de tomar decisiones colectivas
sin recurrir a la violencia o al aplastamiento de las minorías.
No garantiza la prosperidad o el éxito material sino los
posibilita si se toman las decisiones adecuadas.
Además, no fue el multipartidismo lo que creó los
problemas que ha padecido la República de Cuba, sino el
militarismo, el autoritarismo, la ilegítima voluntad de
permanecer en el poder, y la violación de las leyes por
parte de "hombres fuertes" como Machado, Batista o
el propio Castro. Es decir, lo que provocó la crisis institucional
de Cuba a lo largo de la República fue el aplastamiento
del multipartidismo por una fuerza que pretendía sacar
del juego político o anular a todas las demás.
El multipartidismo sólo expresa el carácter plural
de sociedades complejas en las que muchas personas tienen ideas
diferentes e intereses diversos. Es una forma de darle cauce
a la diversidad. Tampoco es verdad que las naciones en las que
impera el multipartidismo haya un mayor nivel de corrupción,
o que exista una relación entre el sistema de partidos
y ese vicio condenable: de acuerdo con Transparency, el acreditadísimo
organismo que "mide" en el mundo el grado de corrupción,
Holanda, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Israel, Estados Unidos,
Canadá, Uruguay, Chile o Costa Rica son países
en los que el sector público se comporta con arreglo a
la decencia y en los que impera el multipartidismo. En Cuba no
tiene que ocurrir de otro modo.
El unipartidismo, por otra parte, conduce al empobrecimiento
moral y material. Donde los que gobiernan son los mismos que
se autoevalúan, donde los que sacan las cuentas son los
mismos que realizan la auditoría, no puede esperarse la
rectificación de los errores, sino su ocultamiento y su
reiteración. Cuando sólo hay una fuente de iniciativas,
y éstas ni siquiera pueden contrastarse con otras opiniones,
lo predecible es que se instale un ambiente de tosca mediocridad.
Entre otras razones, eso es lo que explica la diferencia que
en su momento se observaba entre las dos Alemanias o entre Austria
y Checoslovaquia y Hungría, tres países que tuvieron
equivalentes grados de desarrollo cuando compartían el
Imperio Austro-Húngaro. Donde había pluripartidismo
--Alemania occidental o Austria-- las élites se renovaban,
se rectificaban los errores, y la sociedad vibraba con dinamismo.
Donde imperaba un partido monocorde --Alemania oriental, Hungría,
Checoslovaquia--, se producía el estancamiento.
Más aún: ¿cuánto tiempo de continuados
fracasos necesita el PCC para darse cuenta del creciente daño
que le inflige a la sociedad cubana? Ya lleva casi cuarenta años
en el ejercicio del poder. Es la más larga dictadura que
ha conocido la cultura hispánica --Franco y Stroessner
incluidos--, pero es la única que ha logrado dejar en
peores condiciones materiales a la nación sojuzgada con
relación al punto en que comenzó. Seguir insistiendo
en las virtudes del partido único y del "centralismo
democrático", a la luz de la experiencia cubana,
no revela tenacidad ni sujeción a los principios, sino
la terca adhesión al poder de una camarilla indiferente
a los padecimientos morales y políticos de sus ciudadanos.
Incluso, un examen profundo de la manera en que se ha conducido
el estado cubano en las últimas cuatro décadas
revela que en ninguna de las decisiones importantes asumidas
por el gobierno ni siquiera el partido ha sido consultado: ¿consultaron
al PC --o a los partidos y movimientos que entonces realizaban
las funciones de formar gobierno-- cuando Fidel y un ínfimo
grupo de seguidores decidieron sovietizar la Isla? ¿Consultaron
al partido cuando invitaron a los soviéticos a sembrarla
de cohetes atómicos? ¿Consultaron al partido cuando
le sugirieron a Kruschev que lanzara los cohetes sobre USA, pues
siete millones de cubanos, al decir de Castro, estaban dispuestos
a morir por la causa del socialismo? ¿Consultaron al partido
cuando mandaron guerrillas a medio planeta y embarcaron al país
en la guerra africana, durante quince años de inútil
carnicería? ¿Consultaron al partido cuando se produjo
la perestroika en la URSS y en Europa del Este? ¿Lo consultaron,
siquiera, cuando se invitó al Papa? No puede haber la
menor duda: el partido comunista no ha sido nunca la fuente de
poder en Cuba. Ha sido la correa de trasmisión para que
se llevaran a cabo los caprichos de Castro, y el organismo encargado
de la poca edificante tarea de perseguir opositores, delatar
disidentes e impedir que la sociedad se manifestara espontáneamente.
¿Cuál sería el destino de los comunistas
cubanos en un país en el que se estableciera un régimen
multipartidista? Posiblemente, el mismo de los comunistas europeos.
Esa formación se rompería en dos fragmentos: uno
mayoritario que derivaría hacia posiciones socialdemócratas,
y en el que probablemente se sentirían muy gustosamente
personas como Eusebio Leal, Carlos Lage, Ricardo Alarcón,
Roberto Robaina, Alfredo Guevara, y otro de orientación
estalinista, presumiblemente dirigido por comunistas "inasequibles
al desaliento" del corte de José Machado Ventura
o Raúl Valdés Vivó. Y si en Cuba se reproducen
las tendencias que se observan en Europa, los comunistas reciclados
como socialdemócratas, siempre que se comporten de acuerdo
con las nuevas reglas de tolerancia y respeto por los derechos
humanos, alcanzarán notables cuotas de poder, y quién
sabe si hasta la mayoría, pues la historia política
de Cuba, para bien y para mal, demuestra que las tendencias populistas
--los viejos liberales de José Miguel Gómez, los
auténticos de Ramón Grau, los ortodoxos de Eduardo
Chibás, y hasta el "26 de julio" de los primeros
tiempos-- siempre han despertado el fervor de las masas cubanas.
Un partido de esa naturaleza, si fuera flexible, acaso tendría
como aliados, o en su propio seno, otras fuentes, hoy en la oposición
frontal, como las que en Cuba representa Elizardo Sánchez,
en el exilio la Coordinadora Socialdemócrata fundada por
el inolvidable Enrique Baloyra, o, a caballo entre Cuba y el
exilio, figuras como Eloy Gutiérrez Menoyo y el exdirigente
de la "ortodoxia" histórica, Max Lesnik. Es
decir: para los socialdemócratas cubanos, sin duda alguna
hay un amplio espacio político tras la desaparición
del comunismo. Para la "línea dura", en cambio,
aunque pueda y deba participar en la vida pública del
país, lo predecible es que, en unas elecciones libres,
no tendría más apoyo electoral que el que en el
pasado la sociedad cubana le concedía al PSP: menos del
cinco por ciento del censo de votantes. Lo que en ningún
caso querría decir que por ello deberían estar
expuestos a la represión o a la indignidad, pues la democracia
y el Estado de Derecho garantizan que todas las personas son
tratadas con respeto, siempre que se comporten con arreglo a
la ley.
Tras la introducción del multipartidismo, si se logra
mediante una fórmula sosegada, lo que veremos en Cuba,
reflejo de cuanto acontece en el mundo, es la "globalización
de la política", con familias ideológicas
que comparten una común cosmovisión, reproduciéndose
en la Isla las tendencias dominantes en todo el planeta: democristianos,
liberales, socialdemócratas, conservadores, y un casi
seguro pequeño núcleo duro de comunistas. De alguna
manera, por lo menos en la oposición interna y externa,
esas fuerzas ya existen en la sociedad cubana, como prueba la
acosada vigencia dentro del país de líderes --por
sólo mencionar unos pocos-- como Oswaldo Payá (socialcristiano),
Osvaldo Alfonso Valdés, Leonel Morejón Almagro,
Félix Bonne (liberales), Vladimiro Roca, Marta Beatriz
Roque Cabello y Elizardo Sánchez (socialdemócratas),
en cierta forma asociados o equivalentes a los grupos y partidos
afines radicados en el exterior, organizaciones estas últimas
ya vinculadas de pleno derecho a las Internacionales que hoy
vertebran colegiadamente los esfuerzos de los partidos a ellas
afiliados.
Por qué y cómo democratizar
a Cuba
Tenemos, pues, perfectamente identificadas las premisas básicas
del cambio y los actores que pueden llevarlo a cabo: ¿por
que lo harían? ¿por qué, en su defecto,
deberían hacerlo? Porque saben, o debieran saber, que,
en rigor, no hay alternativa. Sin cambios, acaso pueden permanecer
en el poder cierto periodo, corto o largo, pero sometidos a la
enorme presión moral de la provisionalidad, percibiéndose
como servidores de un régimen deshauciado y caduco; portadores
de la amarga convicción de que jamás podrán
sacar a Cuba de la miseria y la desesperanza, condenando con
ello a las jóvenes generaciones, esto es, a sus propios
hijos, a una vida sin más destino que tratar de marcharse
de un país en el que lo único seguro es la infelicidad
y la pobreza material y espiritual, porque ha desaparecido cualquier
ilusión racional de alcanzar un destino personal mínimamente
venturoso.
En 1991, cuando el Partido Comunista celebró su Cuarto
Congreso, Fidel Castro explicó cómo sacaría
al país del atolladero en que lo había colocado
la desaparición del bloque del Este. La fórmula
económica era sorprendentemente sencilla: el milagro sería
realizado con una combinación de exportaciones de productos
relacionados con la biotecnología, turismo masivo y "joint
ventures" pactados con capitalistas extranjeros que se asociarían
al estado cubano para explotar la buena, educada y dócil
mano de obra de los trabajadores del país. A los dos años
--prometió Castro-- se habría resuelto el gravísimo
problema de la alimentación del pueblo. El mismo se pondría
al frente del "plan alimentario" para lograr ese crucial
objetivo.
Lo que sucedió, sin embargo, es de todos conocido: a
los dos años, en 1993, Cuba vivía el peor momento
de su historia, decenas de miles de cubanos eran víctimas
de la desnutrición, y ochenta mil de ellos, además,
padecieron una peligrosa intoxicación, nunca suficientemente
explicada con claridad por el gobierno, que les provocó esa
neuritis óptica y periférica que de manera permanente
ha afectado a tantas personas, ninguna, por cierto, dirigente
político de cierto rango o su familiar inmediato.
Tras el fracaso de los planes de 1991, aunque a regañadientes,
llegaron las tibias reformas de 1993 y 1994: la despenalización
de la tenencia de divisas, la conversión de las granjas
estatales en cooperativas, la aparición de los trabajadores
por cuenta propia, y, como consecuencia de esta minúscula "apertura",
cierto alivio a la escasez para todo aquel que tuviera acceso
a dólares. Demostración, aunque fuera embrionaria,
de que cuando el Estado deja a la sociedad la iniciativa y el
protagonismo de las actividades económicas, inmediatamente
se produce un incremento en la creación de riquezas y
en el bienestar de la población, aunque, en efecto, también
se observen desniveles sociales.
Es posible que el gobierno, ensayando medidas capitalistas
para "salvar el socialismo", como siempre se encarga
de subrayar, se haya propuesto mostrar al mundo su decisión
de "resistir", "resistir" y "resistir",
pero la lección que se deriva de todo esto es diferente:
en el terreno económico el camino de la solución
de la crisis cubana pasa por la transmisión de los activos
en poder del Estado a manos de la sociedad, y en el político,
por ampliar los márgenes de participación, de manera
que los comunistas dejen de ser los únicos intérpretes
de la voluntad popular o los exclusivos detentadores de la imaginación
y la creatividad.
Nadie en sus cabales duda que esto es algo que va a suceder
tarde o temprano, pero no resulta tan claro cómo va a
suceder. A examinar varios posibles escenarios van encaminados
los epígrafes que siguen.
Castro inicia los cambios
El desenlace más procurado, el que, sin el menor éxito,
han solicitado desde Fraga Iribarne hasta Felipe González,
desde Adolfo Suárez hasta Miterrand, desde Menem hasta
Gaviria; el que, en medio de los peores ataques y las mayores
burlas han pedido, en todos los registros posibles, Gustavo Arcos,
Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la Plataforma Democrática
Cubana, Gutiérrez Menoyo y otros prominentes miembros
de la oposición interna y externa, es el menos traumático:
consiste en que el propio Castro, acosado por la evidencia, se
entregue al sentido común e inicie los cambios. ¿Cómo?
Por ejemplo: reuniendo al Consejo de Estado o a la Asamblea Nacional
del Poder Popular para proponer un referendo que libere a los
prisioneros políticos, autorice el pluripartidismo, permita
la libre emisión del pensamiento y se admita el regreso
de los exiliados que deseen regresar a su país a visitarlo,
a residir y --si lo desean-- a participar en la vida pública
del país.
Esta fórmula tendría para el poder la ventaja
de la iniciativa. No se trata de un gobierno que actúa
bajo la presión de sus adversarios, sino de unos gobernantes
que voluntariamente rectifican el rumbo del país ante
un cambio de circunstancias. Y no es la primera vez que algo
así ocurre en América. En la década de los
cincuenta, el político boliviano Paz Estenssoro hizo una
revolución nacionalista, estatista y antimercado. En los
ochenta, ante los inconvenientes resultados de algunas de aquellas
medidas --la hiperinflación, la inestabilidad democrática,
el militarismo--, propició un cambio radical de sentido
opuesto. Otros dos casos notables: el panameño Ernesto
Pérez Balladares fue una importante figura del populismo
torrijista, pero hoy gobierna de una manera moderna, totalmente
adaptado a la realidad internacional. El argentino Carlos Menem
--por su parte-- llegó al poder al frente del Partido
Justicialista --una de las instituciones latinoamericanas más
decididamente populistas--, pero no tardó en comenzar
a gobernar en dirección opuesta. No son "traidores
a las ideas". Son personas sensatas capaces de aprender
de la experiencia.
En realidad, no existe ninguna razón metafísica
que impida que Castro revoque las decisiones equivocadas que
ha tomado en su vida y modifique el rumbo. Eso, precisamente,
es lo que distingue a las personas inteligentes de las que no
lo son, y eso es lo que secretamente han deseado muchos de los
más íntimos colaboradores del "máximo
líder": que el propio Castro encabece el cambio.
No hay, saben perfectamente, mérito alguno en la obcecación.
Pero esa transformación no parece que vaya a suceder.
Castro no está interesado en salvar el futuro de los cubanos,
incluido el de sus partidarios. Lo único que le interesa
es salvar su pasado. Mantener vivo el personaje histórico
que ha cultivado durante tantos años; que no muera el
héroe rebelde que jamás se rindió. No quiere
pasar a la historia como el político hábil y flexible
que entendió el signo de los tiempos, sino como el último
soldado de la guerra fría, el último antiimperialista,
el último comunista, el que no entregó la plaza
al enemigo. Quiere que lo entierren con su régimen intacto,
sin haber hecho una sola concesión a la realidad. Vive
y morirá confundiendo los principios con la terquedad
y el carácter con las rabietas voluntariosas. Es, lamentablemente,
un autista político. Un caso perdido, como ya aceptan
hasta sus más íntimos y desalentados colaboradores.
Fidel muere y Raúl inicia los
cambios
Admitamos que Fidel muere en la cama y lo sucede --por lo menos
de momento-- su hermano Raúl. Quienes conocen a Raúl
Castro saben que se trata de una persona totalmente diferente
a su hermano. Es una persona mucho más sencilla, menos
laberíntica, más cercana a la realidad. A principios
de la década de los cincuenta, muy joven, era comunista,
antiamericano y prosoviético. Fidel entonces era sólo
un confuso revolucionario antiimperialista, inclinado a la violencia
y a los análisis extremistas, dotado de una personalidad
extremadamente autoritaria. Fidel hizo la revolución.
Probablemente Raúl, con la ayuda del Che, la inclinó definitivamente
hacia la órbita soviética y desplazó al "Movimiento
26 de julio" de una posición programática
más o menos socialdemócrata a otra francamente
marxista.
Pero en aquellos tiempos no era tan difícil o inusual
suscribir el ideario comunista. Entonces la URSS crecía
al ritmo del 10% anual, y en 1957, cuando Fidel y su hermano
estaban en la Sierra Maestra, Moscú colocaba en órbita
el primer satélite. Tres años antes, en 1954, la
CIA había propiciado el golpe militar que sacó del
poder a Jacobo Arbenz. Para cualquier miembro del PSP la lección
era clara: para consolidar una revolución radical, especialmente
de corte comunista, había que conseguirle un guardaespaldas,
y sólo existía una potencia en el planeta capaz
de desempeñar esa tarea frente a la segura hostilidad
de Estados Unidos. Había que colocar a Cuba bajo la advocación
de los rusos. Eso, por lo menos, pensaba un comunista práctico.
Cuarenta años después esta misma lógica
apunta en la dirección contraria. Para cualquiera con
dos dedos de frente, capaz de leer los periódicos, no
puede haber duda: el marxismo era un error intelectual que conducía
al atraso relativo y a la creación de sociedades terriblemente
represivas. La URSS, además, y el campo socialista, especialmente
el de Occidente, el que cobijaba a Cuba, ya no existen. Se desplomaron
bajo el peso de su ineficiencia y a causa de su fundamental desajuste
con la naturaleza humana. Es verdad que Gorbachev, la perestroika
y el pensamiento de Alexander Yakolev precipitaron la caída,
pero la manera en que esto ocurrió puso de manifiesto
la fragilidad del sistema y la endeblez de los dogmas que le
daban sustentación. Un partido con veinte millones de
supuestos afiliados fue disuelto por decreto y nadie derramó una
lágrima o exhibió una pancarta. Era un cascarón
vacío.
¿Es Raúl Castro, como afirman quienes lo conocen,
una persona realista? Si esto es así, lo predecible es
que al día siguiente de ser proclamado Presidente por
el Consejo de Estado, cuarenta y ocho horas después de
enterrar a su hermano, comience el proceso de cambios. ¿Cómo?
Por ejemplo, a la manera española, de la misma forma con
que en Madrid las Cortes se hicieron el hara-kiri con el objeto
de liquidar al insostenible franquismo. Es decir, reformando
la Constitución y las leyes para dar paso a un sistema
democrático que poco a poco, elección tras elección,
vaya cambiando el perfil del país hasta acomodarlo a los
tiempos presentes.
¿Qué puede hacer Raúl si no toma este
camino? Insistir en el modelo comunista es una locura en la que
su hermano incurría basado en su indiscutible peso histórico,
pero un mínimo sentido de la realidad le dejará en
claro a Raúl que él ni remotamente tiene ese peso
específico. Esto es lo que le sucedió a Adolfo
Suárez cuando murió Franco. Suárez no era
el Generalísimo ni había ganado la Guerra Civil.
Había llegado a ser jefe político del "Movimiento" --el
aparato político del franquismo-- y no se le conocían
inclinaciones democráticas. Pero era un posibilista inteligente
y enseguida se dio cuenta de que para continuar el franquismo
hubiera tenido que apelar a una dictadura militar administrada
por los militares. ¿Es eso lo que va a hacer Raúl? ¿Repartirse
el poder con los militares a la manera tradicional latinoamericana,
pero con un modelo económico comunista? ¿Tal vez
repartir las riquezas del país entre los militares y partidarios,
a la manera sandinista, en medio de una desvergonzada "piñata"? ¿No
es obvio que el aislamiento internacional será radical
e inmediato si tal cosa sucede? ¿Cuánto tiempo
cree, en ese caso, que tardará la hambruna en apoderarse
del país? ¿Cuánto en que la división
de los propios militares conduzca el país a la violencia?
La fórmula democrática tras la muerte de los caudillos "insustituibles" no
es un milagro de la persuasión política, sino la única
salida de la ratonera.
Fidel muere, pero no es Raúl
quien lo sucede
Pudiera ocurrir, sin embargo, que, tras la muerte de Fidel,
el Consejo de Estado elija otro sucesor. Se sabe que Ricardo
Alarcón es candidato a la presidencia del país.
Lo ha admitido a la prensa y probablemente tiene el secreto apoyo,
tanto de la mayoría de la Asamblea Nacional del Poder
Popular como del Partido Comunista. Se le percibe como un hombre
talentoso, más abierto, experimentado, que no en balde
vivió un cuarto de siglo en Estados Unidos como jefe de
la diplomacia cubana. No proviene del PSP, sino de cierto catolicimo
radical de los años cincuenta. No era marxista. Se hizo
marxista. Y pese a su --a veces-- discurso ortodoxo, quienes
lo conocen bien saben que eso no es más que un ejercicio
de recitación. Pura retórica declamada por una
inteligencia bien organizada para la polémica y para armar
adecuadamente los sofismas. Tan hábil es, que Fidel ladinamente
lo sacó del mundillo seguro y fulgurante de la diplomacia
para exponerlo a los conflictos de un parlamento amaestrado,
pero ha conseguido mantener su relevancia política y su
ascendencia entre sus compañeros. Se le tiene como un
verdadero hombre de estado. Uno de los pocos que en Cuba proyectan
esa imagen.
Muerto Fidel, si Alarcón le planta cara a Raúl,
es posible que lo derrote en el terreno político. Pero
Alarcón no tiene ni el apoyo ni la simpatía de
los militares. En rigor, ningún político o funcionario
lo tiene. En ese terreno Raúl se ha ocupado de colocar
a sus hombres de confianza. Es probable, en ese caso, que se
produzca una transacción: Raúl a los cuarteles,
a custodiar los polvorines, a mantener a raya a la población
y bajo estricta vigilancia a los políticos, mientras Alarcón
se ocupa de gobernar y de ensayar una apertura gradual y retardada.
Sería una especie de pinochetismo de izquierda o de sandinismo.
Un sandipinochetismo. Sólo que esa fórmula, en
la que el aparato de poder se rompería en facciones contradictorias,
no sería más que una lentísima, enrevesada
y peligrosa manera de llegar al mismo punto: la inevitable democracia
y la indeclinable economía de mercado.
Golpe civil contra Fidel Castro
Muy improbable, pero no imposible, es un golpe de estado a Fidel
Castro provocado por su incapacidad para gobernar física
y --sobre todo-- mental. Se conoce con toda precisión
que la cúpula de gobierno está absolutamente cansada
de la terquedad de Castro, de sus excentricidades, de sus caprichos.
A los dirigentes les avergüenzan y les humillan las peroratas
de siete horas, las incongruencias, las tonterías que
dice, o sus alocadas iniciativas económicas. Cuando su
hermano Raúl, que no está exento del miedo que
le tienen todos los dirigentes, se atreve a llamarle la atención
tras un discurso maratónico, es porque todos están
hartos de esa irritante variación de la tortura que es
la incontinencia oral.
No es nueva esa sensación de fatiga frente a Fidel Castro.
A fines de los ochenta Carlos Aldana y José Abrantes comenzaron
a pensar en un honroso retiro para el Comandante. Quedaría
como Reina Madre, como un símbolo glorioso, mientras otras
personas más jóvenes tomarían el relevo.
Pero no ocurrió: Abrantes, como se sabe, murió en
la cárcel, y Aldana fue relegado a un puesto sin importancia
tras haber sufrido la humillación de ser calificado de
corrupto.
Dado el deterioro evidente de Fidel, si tarda en morir es posible
que algunos políticos en activo intenten desplazarlo.
Y eso, si se trata de civiles, sólo puede ocurrir en el
parlamento, pues el Partido no es un órgano deliberativo
que pueda tomarse en serio. Es lo que suele llamarse el "desenlace
a la Robespierre". Algunos diputados se ponen de acuerdo,
vencen el miedo que los paraliza, y se atreven a decir en voz
alta lo que hoy sólo le cuentan a la almohada: "que
Fidel Castro, tras una vida de servicio a la patria, ya no es
capaz de seguir gobernando porque la senilidad lo ha incapacitado".
No lo han derrotado los yanquis, sino la vejez. Entonces la mayoría,
envalentonada, se atreve a pedir la sustitución del Presidente.
Hace dos años, en una de las escasas reuniones de la Asamblea
Nacional del Poder Popular, Castro temió que algo parecido
sucediera y se apresuró a apoderarse de la palabra para
impedirlo. Y en fecha tan reciente como el 24 de febrero pasado,
algunos soñaban con el milagro de que Castro, voluntariamente,
diera paso a otro Presidente y comenzara, al fin, un proceso
gradual de cambios. Alarcón, se dice, quedó muy
inconforme con que tal cosa no hubiera sucedido.
Golpe militar contra Fidel Castro
¿Es posible que el final de Castro sea como el de Ceaucescu?
Es poco probable. Raúl Castro mantiene un estricto control
de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, y, aunque
no está de acuerdo con el noventa por ciento de las cosas
que hace su hermano, y ni siquiera comparte el mismo círculo
de amistades íntimas, su sentido de la lealtad y su subordinación
emocional a Fidel convierten este "escenario" en una
remotísima posibilidad. Es posible que Raúl piense
que ya es hora de que su hermano muera y el país comience
a tomar otra dirección, pero muy difícilmente él
adelantará un minuto ese momento.
Por otra parte, no es obvio que las Fuerzas Armadas cubanas
posean lo que los militares llaman "espíritu de cuerpo".
No es una institución surgida de la historia institucional
del país, sino de la propia revolución. Es un organismo "brotado" de
otro que se marchitó con el tiempo. Los generales o los
oficiales de alta graduación no despiertan la admiración
o la obediencia ciega de los subordinados, pues la autoridad,
se les ha dicho, está en otra parte, en el Partido Comunista,
o, mejor aún, en Fidel Castro, padre de la patria. Existe,
por añadidura, una férrea labor de inteligencia
y de contrainteligencia. Todos se saben vigilados por todos y
eso les impide juntarse aunque compartan el diagnóstico
más crítico.
No obstante, cuando la legitimidad se resquebraja, como ha
sucedido en Cuba, y cuando se otea en el ambiente el olor a fin
de régimen, quienes tienen las armas siempre son un peligro
potencial para el poder constituido. Pero si en Cuba hay una
conspiración militar, lo previsible es que se concrete
en un foco muy pequeño que, como en el ajedrez, cifre
todo su esfuerzo en dar jaque mate al rey, o a los reyes, Raúl
incluido, en una operación relámpago que luego
puede desembocar en cualquier cosa, lo que convierte la especulación
en un ejercicio inútil carente de sentido práctico.
La oposición interna y externa
precipitan el cambio
Una sexta variante podría derivarse de la vertebración
dentro de Cuba de una fuerza pacífica de oposición,
apoyada y coordinada con grupos políticos afines del exilio,
que alcance un grado tal de respaldo en la Isla, que el gobierno
cubano se vea obligado a admitir su carácter de interlocutor
válido en un proceso de transición hacia la democracia.
Al fin y al cabo, la transición en la URSS no comenzó hasta
que Gorbachev descolgó el teléfono y llamó al
disidente Sajarov.
La tarea no es fácil, pues una de las principales labores
del Ministerio del Interior -y para lo cual dispone de unidades
especiales- consiste en tratar de confundir, desacreditar, penetrar
y desorientar a las organizaciones de disidentes, al tiempo de
que intenta impedir que se coordinen con grupos, partidos e instituciones
radicadas en el exilio, pero el surgimiento de Concilio Cubano
en 1995 demostró que la oposición interna había
alcanzado un grado de madurez y capacidad de estructuración
realmente notables.
Si se produjera un nuevo impulso cohesionador dentro de Cuba,
es posible que las autoridades, ante el peligro de perder el
control sobre la oposición, respondan con un masivo espasmo
represivo en todo el país, provocando un desorden político
generalizado, pero eso seguramente generaría condenas
mundiales y respuestas de las instituciones internacionales más
importantes, agravando sustancialmente con ello la crisis por
la que atraviesa el gobierno de Castro y su aislamiento político
y económico.
Lo razonable, por otra parte, sería que en el momento
en que el gobierno cubano admita que no sólo es conveniente
sino inevitable un aumento en la participación política
de la sociedad, acepte que la oposición interna y externa
puedan actuar libremente dentro de Cuba en el terreno político,
más o menos dentro de los esquemas que en su momento se
vieron en países como Polonia, Hungría o la propia
España durante sus respectivas transiciones.
Un mensaje final
Este es, en síntesis, nuestro análisis de la situación
cubana, al que han contribuido desde Cuba algunos disidentes
y hasta anónimos reformistas formalmente vinculados al
gobierno. A partir de estas reflexiones ¿qué podemos
aportar para contribuir al bienestar de nuestra nación?
Ante todo, comunicarle a la sociedad cubana, a toda --gobierno,
oposición o indiferentes--, un mensaje muy claro: si el
medio es legítimo y si el fin va encaminado a restablecer
en Cuba la democracia y el Estado de Derecho, quienes precipiten
un desenlace razonable, pueden contar con nuestro apoyo sincero.
En 1990, junto a democristianos y socialdemocrátas,
la ULC contribuyó a la creación de la Plataforma
Democrática Cubana para añadir a nuestro esfuerzo
el peso de las grandes fuerzas de moderación y aliento
agrupadas en las Internacionales de corte democrático.
La ULC, creada en España, pero con inmediatas ramificaciones
en Estados Unidos, Venezuela y Puerto Rico, había visto
el gran impacto que la solidaridad política internacional
había tenido en países como España y Portugal
durante sus transiciones, y nos parecía que ese elemento
era demasiado valioso para desperdiciarlo. Asimismo, pensábamos
--y pensamos-- que era sano para Cuba extraer el conflicto cubano
de la habitual querella entre Washington y La Habana para instalarlo
donde verdaderamente corresponde: un conflicto, primero, entre
cubanos demócratas y cubanos no demócratas; y,
segundo, un conflicto entre demócratas del mundo entero
y los partidarios cubanos del totalitarismo. En gran medida ese
objetivo fue cumplido.
Pero en el recorrido hemos aprendido bastante y hemos forjado
lazos internacionales extremadamente convenientes para la Cuba
futura. No hay, probablemente, un gobierno, centro político
o financiero de primer orden en el mundo occidental con el que
la ULC no encuentre un modo instantáneo, directo y eficaz
de relacionarse. No hay una mano amiga potencialmente útil
en la reconstrucción de Cuba a la que no sepamos acudir
cuando llegue la hora cero. No hay un país que haya transitado
del comunismo a la democracia que nos niegue su experiencia si
se la pedimos, pues hemos sabido crear una trama de solidaridad
y amistad que, en su momento, se pondrá incondicionalmente
al servicio de la democratización de Cuba.
Carece de sentido, sin embargo, hacer hoy planes detallados
sobre la reconstrucción de Cuba, pues todo dependerá de
si el país se encamina o no en la dirección de
la libertad. Por otra parte, la ULC sostiene la convicción
de que son los cubanos en las urnas los que tienen que decidir
sobre el futuro económico y político del país,
y no un partido, por bien intencionado que se muestre.
Nosotros, por supuesto, poseemos ideas generales muy claras
y --en su momento-- trataremos de persuadir a la población
de sus bondades, pero quienes creemos en la libertad jamás
intentaremos imponerle al pueblo lo que tiene que hacer. Nuestra
tarea, por el contrario, se limita a proponer la creación
de las instituciones adecuadas para que los individuos, libremente,
escojan lo que les parece más conveniente a sus ideales
e intereses, pues la experiencia nos ha enseñado que las
personas son mucho más eficientes que los Estados o las
tendencias ideológicas a la hora de formular expectativas
racionales, actuar en consecuencia y crear riquezas. La experiencia
ha demostrado que los "constructivistas", los que juegan
a la ingeniería humana, con sus benévolos caprichos
suelen crearles enormes dificultades a los pueblos
Creemos conocer, sin embargo, la secuencia básica de
una transición feliz hacia la libertad:
Primera etapa
90 días
1. Amnistía para todos los presos condenados por delitos
de origen político, y reforma del Código Penal
vigente, con el fin de que desaparezcan los tipos de supuestos
delitos que hoy atentan contra las libertades.
2. Reforma de la Constitución actual y de las leyes
secundarias, con el fin de permitir la actuación conforme
a Derecho de todas las fuerzas políticas.
3. Respeto irrestricto a la libertad de asociación y
prensa con el objeto de hacer posible la libre emisión
del pensamiento.
4. Libre entrada y salida de los exiliados y sus hijos y familiares,
así como la recuperación de todos sus derechos
ciudadanos.
Segunda etapa
90 días
5. Celebración de un referendum para votar sobre dos
aspectos:
a) Convocatoria a elecciones pluripartidistas y
b) Amnistía o "Ley de borrón y cuenta nueva" para
todos los delitos de carácter o intencionalidad política
cometidos desde 1952 a la fecha de la consulta.
Tercera etapa
180 días
6. Celebración de elecciones generales y constitución
de un nuevo gobierno y parlamento democráticos. Una comisión
constitucional de expertos del propio parlamento redactaría
y propondría una nueva Constitución, inspirada
en la Constitución de 1940, especialmente en su parte
dogmática, texto que primero sería aprobado por
el propio cuerpo legislativo y luego sancionado por la población
mediante referendum.
Tareas de la ULC
Para la ULC, en el momento actual, mientras operemos en el exilio,
la estrategia que desarrollamos con el objeto de contribuir a
la transición puede concretarse esquemáticamente
de la siguiente manera:
1. Continuar coordinando nuestro trabajo y colaborando fraternalmente
con la Coordinadora Socialdemócrata y con el Partido Demócrata
Cristiano de Cuba dentro de la coalición conocida como
Plataforma Democrática Cubana.
2. Mantener nuestros lazos con todas las organizaciones que
dentro y fuera de Cuba buscan un desenlace democrático
por vías pacíficas, y especialmente con aquellas
que comparten nuestro ideario liberal. La unidad de todas las
fuerzas democráticas oposicionistas es un objetivo primordial
de la ULC.
3. Contactar a los reformistas del gobierno cubano y ofrecerles
nuestra discreta y sincera colaboración para la búsqueda
de una transición hacia la democracia.
4. Respaldar a la disidencia interna y denunciar en los medios
de comunicación, los foros internacionales y por medio
de trasmisiones radiales hacia Cuba las violaciones de los Derechos
Humanos que ocurren en la Isla.
5. Estudiar la realidad cubana y las transiciones en las naciones
que abandonaron el comunismo para proponer medidas concretas
que contribuyan al bienestar inmediato de los cubanos en el momento
en que se inicien los cambios en el país. Publicar y difundir
todo aquello que nos parezca relevante a estos fines.
6. Cultivar las relaciones con todas las naciones y organismos
políticos del mundo democrático de Occidente.
7. Informar a todas las Cancillerías, medios de comunicación
y centros de poder sobre el curso de los acontecimientos en Cuba.
La ULC también posee una clara visión de su papel
durante la transición. Una vez en Cuba, junto a otras
fuerzas democráticas:
a) Contribuirá a la consolidación de la democracia
haciendo un llamado enérgico al perdón y la reconciliación,
para lo cual invitará al país a numerosas figuras
internacionales de peso moral y autoridad intelectual.
b) Creará --dentro de la pluralidad democrática--,
un gran partido para la defensa de las libertades política
y económica, desarrollando simultáneamente una
gran campaña que explique en términos comprensibles
cómo se consolida la democracia política y cómo
se crea o se destruye la prosperidad. La democracia sólo
sobrevive cuando hay partidos políticos sólidos
y maduros que entienden plenamente su responsabilidad social.
En una democracia la sociedad no debe temerle al cambio, pues
sólo se trasformará lo que las personas libremente
decidan en las urnas.
c) Defenderá con argumentos sólidos la necesidad
de transferir todo el aparato productivo, hoy en manos del Estado,
a manos de la sociedad civil, procurando que la mayor parte de
los propios trabajadores constituyan empresas y tengan acceso
a la propiedad privada de los medios de producción, especialmente
en aquellos centros de trabajo con menos de cien empleados.
d) Abogará porque los inquilinos de las viviendas o las
empresas de cooperativistas rurales que no posean un título
claro sobre las propiedades que habitan o en las que trabajen
se conviertan en propietarios de pleno derecho.
e) Defenderá vigorosamente el derecho de los antiguos
propietarios a recibir una compensación justa por los
bienes que les fueron confiscados y que por razones de fuerza
mayor no puedan recuperar.
f) Atraerá al país a financieros y empresarios
internacionales que se interesen en invertir en una Cuba democrática.
g) Convocará con sus contactos a la solidaridad internacional
con los cubanos para que los frutos materiales de la libertad
y la democracia se obtengan en el menor plazo posible. Asímismo,
invitará a los más acreditados grupos y organismos
internacionales para que asesoren, supervisen y legitimen el
proceso de cambio y las consultas electorales.
h) Contribuirá a procurar recursos del exterior para
que puedan garantizarse plenamente los servicios de salud y educación
para toda la población.
i) Colaborará estrechamente con las Fuerzas Armadas y
con las de orden público para que las personas integradas
en esos organismos que deban pasar a la sociedad civil, dada
la natural e inevitable reducción de estas instituciones
en una nación democrática, puedan adaptarse sin
traumas ni especiales problemas a la nueva situación.
Todos sabemos que estamos en el último
acto de una larga tragedia. Y todos percibimos que nuestro momento
histórico
pudiera tener un triste parecido al fin del siglo pasado. Hemos
hecho un inmenso y doloroso recorrido para retornar al punto
de partida. Es nuestra responsabilidad aprender de los errores
y ser capaces de superar las adversidades. Existe un camino diáfano
por delante. No es fácil y no está exento de dificultades,
pero si actuamos con cordura y buena voluntad podemos llegar
a la meta sin violencia y sin vencedores ni vencidos, sin mirar
hacia atrás, porque todos, unas veces por acción
y otras por omisión, en alguna medida, hemos contribuido
al error. Hace unos años los obispos católicos
escribieron un hermoso y esperanzador documento bajo el título
de "El amor todo lo puede". El patriotismo, el sentido
del deber y la responsabilidad también lo pueden todo.
Pueden hasta rescatar a nuestra nación en su momento más
amargo.
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