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Por Ezequiel Pérez Martín, Miami
Creer o no creer
La hábil y engrasada maquinaria de desinformación del régimen castrista y la secreta desconfianza que ha engendrado entre los cubanos durante décadas, tienen una consecuencia clara y directa en estos momentos: son muchos los que sospechan que detrás de la presunta entrega del poder del dictador de la isla, se esconde algo, que hay gato encerrado en el asunto.
Y hay que darles el beneficio de la duda a los que así reaccionan ante el supuesto principio del fin del “Mandamás en Jefe”.
Un genio del mal como Castro, un hombre tan tenebroso, capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder (no hablemos ya de eliminar de su camino a posibles fuertes rivales: Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, Arnaldo Ochoa y toda una pléyade de sus más cercanos colaboradores, que han desaparecido en circunstancias no muy claras), no tendría escrúpulos en engañar al pueblo una vez más, práctica en la cual se ha especializado.
Ahora la noticia recorre el mundo, pero millones de personas en el planeta cuentan hasta diez antes de creerla ciegamente.
Sus dudas se traducen en, al menos, dos hipótesis:
1) Todo es parte de un macabro juego para ver cómo reaccionan el pueblo cubano y el mundo ante el fin del tirano, lo cual no sería nada nuevo sobre el tapete del comunismo internacional, si tenemos en cuenta que líderes como el chino, Mao Tse Tung, y el soviético, José Stalin, acu-dieron en varias ocasiones a ese método.
2) Se trata de un plan para continuar endiosando al Gran Líder, el Invencible Comandante en Jefe. O sea, que podría ser una estrategia para, dentro de unos pocos días, sacarlo en cámara, recuperado y saludable, vociferando a los cuatro vientos que ni la muerte puede con él, y que el Gran Macho es capaz de seguir batiéndose cual Don Quijote moderno, contra los molinos viento.
Sin embargo, las conjeturas también abarcan otros terrenos, más cercanos a creer en el suceso.
Por ejemplo, algunos argumentan que debe de ser cierto, porque Castro no se arriesgaría a que el pueblo, en una explosión de júbilo, se volcara a las calles y no pudiera ser controlado. Pero ante estas creencias (casi ilusiones) se dan cuenta de que eso es algo improbable, teniendo en cuenta el alto nivel de represión que se vive en la isla.
Probablemente Castro todavía recuerde el resultado de uno de sus exabruptos políticos, cuando en abril de 1980 ordenó retirar la custodia de la embajada de Perú en La Habana y el recinto se llenó de 11 mil cubanos en un par de días. Aquel bochorno internacional, cuando el mundo vio que miles y miles querían abandonar el país, cogió a Castro por sorpresa. Y las condiciones para otra muestra de rechazo al régimen siguen latentes. Y si algo ha cambiado es que ahora el repudio de los cubanos al fracaso comunista es mayor que antes.
Otro argumento es que por primera vez, la propia cúpula de la dictadura es la que anuncia el hecho con carácter oficial. Pero no porque haya aparecido un documento (Proclama, la denominan en una isla plagada y saturada de consignas y frases huecas), firmado por el propio Castro, porque ya se sabe todo lo que se puede mentir cuando se tiene el poder absolutO, cuando los tres poderes que sirven de base a la democracia (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) están bajo la bota de un solo hombre despiadado y ambicioso. Si el documento está firmado o no verdaderamente por Castro, no es importante.
Unos dicen que sí, otros dicen que no.
Pero este mismo detalle retoma el hecho de la poca credibilidad que rodea a un gobierno que tiene como principio rector de su estrategia de poder el chantaje (Grabación secreta de conversaciones y videos) a jefes de estado, personajes políticos y empresarios de todo el mundo. Todo esto, aparte de lo ya mencionado en innumerables ocasiones: el régimen de terror instaurado en la isla.
A gente de esa calaña es difícil creerle. Y en un país, donde todos desconfían de todos, no es sorpresa alguna que ahora millones desconfíen de lo que el régimen quiere hacer creer.
Recogerás lo que siembres. Ese es el justo pago del pueblo cubano a las multiples mentiras de que ha sido objeto en los últimos 47 años, desde que el dijeron durante 1959 y 1960 que aquello no era una revolución comunista, sino que era una revolu-ción “verde como nuestras palmas”, para en 1961, confesarle que era una revolución socialista.
Desde entonces, millones en la isla (y el gobierno lo sabe mediante sus excelentes mecanismos de espionaje y delación voluntaria y obligatoria) le guardan la carta secreta de la desconfianza y ahora se debatan de nuevo en el mar de la duda.
Y a todas estas, el lector se preguntará qué es lo que yo creo. Pues me inserto en el grupo de los que dudan de la veracidad de la noticia… ¡pero con unos deseos enormes de estar equivocado!
Agosto 2, 2006
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