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Por Ezequiel Pérez Martín, Miami
Victorias con sabor a derrota

No hay nada más dúctil que la verdad y la historia. Ambas se amoldan según los intereses de quienes se creen dueños de ellas.

El gobernante de Venezuela Hugo Chávez se mantuvo callado después de las derrotas de sus candidatos en las elecciones presidenciales de Perú y México. Tampoco dijo nada sobre la victoria del candidato de la derecha Alvaro Noboa en Ecuador, sobre el aspirante de la izquierda Rafael Correa, en la primera vuelta de los comicios en ese país.

Y, naturalmente, hizo mutis por el foro tras su apabullante derrota ante la ONU, al no conseguir el escaño no permanente en el Consejo de Seguridad, después de gastar miles de millones de dólares en campañas internacionales.

Ahora sale a vociferar de nuevo tras la victoria de Daniel Ortega en Nicaragua. Pero no olvidemos que… hay victorias y “victorias”.

El ex presidente sandinista y futuro gobernante de Nicaragua ganó por muchas razones. Pero antes de citarlas, no perdamos de vista que sólo obtuvo el 38 por ciento de la preferencia electoral.

Y ganó, entre otras cosas, porque la derecha se presentó dividida a las elecciones. Eduardo Montealegre obtuvo el 29 por ciento de los votos y José Rizo logró el 26 por ciento. Sumados ambos serían 55 por ciento de los votos.

Ortega y su ahora aliado, el ex presidente convicto de corrupción Arnoldo Alemán, alcanzaron un pacto que le permitiría a otrora líder guerrillero ganar las elecciones con menos del 40 por ciento de los votos, como requería la Ley Electoral del país antes de ese acuerdo.

Ortega había intentado en tres elecciones consecutivas en los últimos 16 años y nunca logró alcanzar la codiciada meta del 40 por ciento. Por eso había que bajar esa cifra mágica.

Ambos se unieron para eliminar ese obstáculo y lograr que un candidato, con sólo ganar el 35 por ciento, y teniendo cinco puntos o más de ventaja sobre el resto de los contendientes, podría hacerse con el sillón presidencial.

No es éste el momento de analizar qué beneficios recibirá ahora Alemán a cambio. Es decir, que el voto de la derecha le sacó 18 puntos de ventaja a Ortega. Eso equivale a que la mayoría de los electores no lo quiere en el poder.

Pero se tergiversa la realidad y se habla de su triunfo. Se quiere hacer ver que la izquierda está ganando terreno en América Latina con el respaldo de la mayoría de los pueblos. Y no en todos los casos es así.

Hay izquierdas serias, como las de Chile, Brasil y Uruguay, que se han concretado en trabajar para sus pueblos y se han ido ganando poco a poco el respaldo mayoritario. Pero hay otras como las de Chávez y el boliviano Evo Morales, que quieren abrirse paso no con el progreso de sus conciudadanos, sino únicamente jugando el rol de los implacables rebeldes, que tienen como meta principal el ataque a Estados Unidos. O sea, no se trata de derechas o de izquierdas, sino de realidades electorales.

Uno de los presidentes más populares de las últimas décadas en América Latina fue el chileno Ricardo Lagos. Pero esa popularidad la logró sobre la base de buen trabajo y respeto para el bienestar de su país y sus ciudadanos. Pero hasta Lagos llegó al poder en medio de un país dividido y estuvo a punto de perder las elecciones ante el alto porcentaje de votos de su rival de derecha Joaquín Lavín.

En Cuba suelen mofarse, criticar y tratar de desvalorizar las elecciones de Estados Unidos, aduciendo que de los más de 100 millones de electores, la mitad no sale a votar. Y de la otra mitad, el 50 por ciento vota por uno de los dos candidatos. O lo que es igual, dicen que el “pobre pueblo de Estados Unidos” se ve gobernado por un hombre que sólo sacó la cuarta parte de los votos. Y matemáticamente es cierto. Pero las matemáticas constituyen una ciencia exacta y valen para todos los casos.

Por eso Chávez no tiene ningún derecho a hablar del triunfo de la izquierda en Nicaragua, pues es el más convincente ejemplo de lo que puede pasar en una nación, si el resto del abanico político se presenta fragmentado.

¿Por qué Chávez ignora las victorias de Felipe Calderón, en México y de Alán García en Perú? Por qué dice que estos triunfos “huelen a fraude”? ¿Es que sólo los triunfos de los izquierdistas no son fraudulentos?

Chávez parece olvidar que llegó a la presidencia hace ocho años sin el apoyo de la mayoría del electorado.

En 1998 había 11 013, 020 electores empadronados. De ellos no fueron a votar 4,024,729, o sea, el 36,6 por ciento de los votantes no le dio su voto porque se ausentó de las urnas.

Tampoco se lo dieron los 2 613, 161 electores que prefirieron a su principal oponente, Henrique Salas Romer, quien terminó los comicios con un porcentaje de 39,97.

Chávez ganó 3 673, 685 de los 6 537 304 votos válidos, con un 56, 20 por ciento.
Ganó la mayoría de los votos válidos, pero no la mayoría de los electores.

Si vemos bien las cosas, Chávez sólo alcanzó el 33,35 por ciento del total de electores.

Hasta Ortega sacó ahora más votos que él cuando llegó a la presidencia en 1998, de forma democrática. Pero todo en la vida tiene sus errores. Y la democracia no es la excepción.

Lo que sí debemos tener bien presente, siempre, es que no es lo mismo ganar una elección democráticamente, que gobernar de forma democrática. Chávez hizo lo primero, pero no hace lo segundo En ese sentido, esperemos que Ortega no siga los pasos de su mentor venezolano.

Les pidió a los nicaragüenses una oportunidad para demostrar que no todo será como el caótico pasado que caracterizó su permanencia en el poder durante 10 años a fines del siglo pasado. Y se la dieron Si se dedica mirar hacia adentro, sin permitir injerencias extranjeras, a trabajar para sacar a su país de la enorme pobreza que lo corroe, a lo mejor en las próximas elecciones realmente pueda saborear una victoria irrebatible.

Todos estos numeritos son sólo un intento de demostrar que no siempre las victorias son triunfos. A veces son un fiel ejemplo de que muchos políticos viven del juego de querer hacer ver lo que no es.

Noviembre 8, 2006
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