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Por Elías Amor Bravo, Valencia *
¿Una nueva política española hacia Cuba?

Ya tenemos un primer titular. Que el régimen cubano desee hablar de derechos humanos con España, pero no haga lo mismo con la Unión Europea es un contrasentido. A los dirigentes del régimen cubano les falta información y desde luego, conocimiento, para saber que España, por derecho propio, es la Unión Europea desde 1986, es decir, mas de 20 años como miembros de pleno derecho de uno de los espacios de libertad y democracia mas consolidados del planeta, que apuesta por la paz, el respeto a los derechos humanos, la justicia y la igualdad como principales valores (valores que la experiencia confirma que el régimen cubano no respeta ni hace suyos).

Somos muchos los españoles que nos sentimos orgullosos de compartir estos principios comunes europeos, de los beneficios que España y sus Comunidades autónomas han conseguido de los apoyos financieros de la Unión, y de la herencia que hemos sido capaces de construir para el futuro, como consecuencia de la membresía a la Unión. Y no creo que en España haya nadie que vaya a renunciar a estos valores porque un ministro de un régimen dictatorial nos quiera diferenciar del resto de países de la Unión Europea.  Tremenda bofetada política la que Pérez Roque ha dado al ministro Moratinos y sus acompañantes ante la opinión pública española, europea y mundial. O sea que están dispuestos a hablar con España de derechos humanos, pero no con el resto de la Unión Europea. ¿Es que acaso existe en el régimen cubano la idea de que la posición española en materia de derechos humanos es diferente de la del resto de la Unión? Me cuesta creer que el representante de la diplomacia española permanezca callado ante un enunciado de estas características. Y eso que cuando se redactan estas líneas, todavía no ha finalizado la visita. Pero hay más.

 

Ya se sabía que la estancia del ministro Moratinos a La Habana, la primera de un jefe de la diplomacia española en diez años, no iba a ser fácil. No lo está siendo. Basta observar el rostro de sus acompañantes, las dos secretarias de Estado, en las fotografías que se difunden en los medios, para comprobar que no están a gusto con personajes como Pérez Roque, que desde luego, no tiene ni idea de lo que representa para España ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea. Nadie sabe a qué ha ido el ministro Moratinos a La Habana. No existe ningún motivo para hacerlo que no sea estrictamente político. Los españoles han dejado de viajar a Cuba por motivos de turismo. Las cifras son elocuentes. El principal mercado que ha experimentado un mayor descenso en la actual temporada alta de turismo en Cuba es el español, con una caída del 45%. Entonces, ¿a qué va el ministro Moratinos a La Habana? ¿A que Pérez Roque lo sitúe en una difícil posición frente a sus socios europeos? ¿A interesarse por la salud del dictador?

 

Es mucho más sencillo. Cuba vuelve a convertirse en la antesala de un período electoral (el próximo mes de mayo se celebran elecciones autonómicas y locales) en cuestión de la política interna española, y eso casi siempre suele salir mal. Ya lo dijo Fraga Iribarne hace tiempo: las relaciones entre cubanos y españoles son de familia. Yo pienso que en las familias, incluso en las que mejor se llevan, suelen existir conflictos muchas veces insalvables. Entre España y Cuba existe un conflicto derivado de la naturaleza de los dos sistemas políticos imperantes en cada país: uno democrático y europeo, que aspira a defender la libertad, la democracia y los derechos humanos; el otro en las antípodas, y que juega a ganar tiempo, a dividir a los que considera sus enemigos, y a tratar de ensuciar todo lo que toca. En tales condiciones, la única política posible hacia Cuba es la que viene manteniendo la Unión Europea, España incluida, desde 1996 con la denominada “Posición Común” que impulsó el entonces presidente José Maria Aznar. Cualquier otra línea de trabajo, es perder el tiempo. Desde hace años, el régimen cubano se encuentra en fase terminal, sin argumentos que lo sostengan a nivel internacional, y sin modelo económico sostenible para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Y lo que es peor aún, con las cárceles llenas de personas cuyo único delito es disentir de la línea oficial, defender lo mismo que defendemos los españoles y los europeos: la libertad, los derechos humanos, la justicia y la igualdad. Son ellos a los que debería visitar Moratinos, en Quilo 8, en Quivicán, y en las prisiones de máxima seguridad en las que van quedando cada vez más imposibilitados de continuar con su labor de defensa de la dignidad humana frente a la barbarie de la dictadura comunista. Ellos son los que representan la futura legitimidad democrática de Cuba, y ellos son los que deben sentir el apoyo, el estímulo y la continua firmeza de la Unión Europea en defensa de su libertad, en defensa de su causa que también debe ser nuestra causa. Cualquier otra política hacia Cuba es darle oxígeno al enfermo terminal que yace en una cama a punto de morir o aceptar la vergüenza de Pérez Roque.

 

Sinceramente, pienso que la visita de Moratinos a La Habana no aporta nada positivo para España, que va a tener que explicar a sus socios europeos el trato diferencial que anuncia Perez Roque, y el “comienzo de una nueva etapa” en las relaciones entre España y Cuba. Tendrá que explicarlo, por ejemplo a Suecia, que mantiene una actitud digna hacia el régimen cubano por su continuo pisoteo de los derechos humanos, o a la República Checa, cuyos dirigentes desean para la Isla el final de la etapa comunista, de la que tan malos recuerdos tienen. Muy difícil lo va a tener Moratinos para justificar entre sus socios europeos por qué ese desmarque respecto de una política exterior común, de diseño impecable, y que busca desde hace años mantener la presión sobre un sistema político que carece de legitimidad democrática, y que supone para los cubanos la peor de sus pesadillas.

 

Abril 3, 2007
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