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Por Elías Amor Bravo, Valencia
En torno a la propaganda castrista

Siempre he observado que el castrismo es un régimen político basado en la propaganda y la manipulación informativa. Utilizo este término para establecer una diferencia entre la publicidad, una técnica contrastada al servicio de las empresas y organizaciones para dar a conocer sus productos y servicios, con métodos aceptados socialmente; y la propaganda propiamente dicha, que podría interpretarse como la distorsión de la comunicación en beneficio de quién la practica. Propaganda y manipulación concentran sus esfuerzos sobre determinados sectores sociales que, al principio, por razones ideológicas o de adhesión al proyecto político, se creen completamente aquello que se les dice, pero que tarde o temprano descubren que todo era falso y mentira, una manipulación. Insisto, en esta habilidad, Fidel Castro, incluso como articulista cualificado en Granma, ha sido un auténtico líder mundial en casi medio siglo.

En ocasiones, la propaganda alcanza tales niveles de escándalo y manipulación que su mera existencia y difusión produce vergüenza, y confirma, una vez más, que estamos ante un adversario que domina la técnica y que no va a permanecer impasible por mucho que su existencia física se encuentre en fase terminal.  Ahora tenemos una nueva oportunidad de comprobar cómo en estas artes estamos ante un auténtico experto.

Un país que, como consecuencia del modelo económico comunista, que eliminó de raíz la propiedad privada y la libre empresa, ha sido incapaz de superar las restricciones físicas de una libreta de racionamiento que mantiene a los ciudadanos ante una escasez persistente de bienes y servicios durante medio siglo, se aventura a presentar ante la ONU un proyecto sobre “¿derechos a la alimentación”? Si, tal y como lo digo. La agencia oficial cubana Prensa Latina se ha hecho eco de la iniciativa del régimen castrista en Naciones Unidas para presentar ocho proyectos de resolución, y uno de ellos hace referencia al derecho a la alimentación.

Desde que la libreta de racionamiento entró en funcionamiento, desaparecieron de las tiendas y comercios todos los productos y alimentos que habían conformado la dieta de los cubanos. La culpa de todo, el bloqueo. Claro, ese argumento se ha comprobado que es falso, pero todavía la propaganda castrista hace uso de el. Mientras que las improductivas granjas estatales ven como la producción y los rendimientos caen en picado, los campesinos en sus pequeñas parcelas o las cooperativas, tan pronto como han obtenido autorizaciones de los poderes locales, han mostrado la enorme eficacia de la agricultura cubana.

El mismo régimen político que fijó como consigna la cosecha de azúcar de los diez millones de toneladas a finales de los años 70, ha tenido que cerrar buena parte de los ingenios azucareros, su industria básica, y condenar a la reconversión a miles de trabajadores del campo, importando el azúcar de Brasil. Y ahora que la producción de biocombustibles ha elevado los precios del azúcar a nivel mundial, el régimen de Fidel Castro produce poco más de dos millones de toneladas de azúcar, menos de lo que se obtenía en la época colonial. La culpa, dice la propaganda castrista, es del embargo; pero este año, las compras de alimentos (carne de pollo, cereales) a Estados Unidos van a volver a ser superiores a 1.000 millones de dólares.

Ciertamente, sugiero a los altos funcionarios de Naciones Unidas de la comisión de asuntos humanitarios, sociales y culturales que separen el trigo de la paja y que pregunten a los responsables del régimen sobre los derechos a la alimentación en Cuba. Parece ser que el nuevo relator especial de la ONU sobre derechos humanos, Jean Ziegler, quedó impresionado en su última visita a la Isla con las tesis que la propaganda castrista viene lanzando sobre la amenaza que supone para el tercer mundo la producción agrícola destinada a biocombustibles, algo que ya le ha supuesto a Castro la distancia de Lula da Silva, entre otros. Lástima que no prestara un poco más de atención a la grave situación de los presos políticos, muchos de ellos en grave estado de salud en prisiones terribles como Kilo 8 de Camagüey.

La demagogia y la propaganda pueden servir para esconder la verdad. Incluso, como arma arrojadiza para crear debates artificiales o problemas que no son tales. Por desgracia, el régimen de Fidel Castro ha sido un especialista en ello, convirtiendo al exilio, cuya única aspiración es la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos en Cuba, en una ”banda de mafiosos y conspiradores”, utilizando los calificativos menos enojosos. A los disidentes internos, simplemente los encarcela y los convierte en “gusanos”, “personas desafectas” a las que se puede eliminar de la circulación.

Quizás Naciones Unidas debería hablar de estas cosas con el régimen cubano, y dejar la propaganda de lado, de una vez por todas.


Noviembre 9, 2007
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