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Por Elías Amor Bravo, Valencia
La ruptura del diálogo España-Cuba sobre derechos humanos
El diálogo entre el gobierno socialista español y la dictadura castrista sobre derechos humanos ha sido cerrado sin nueva fecha. Unas escuetas declaraciones del embajador de España en La Habana, Zaldívar, ha sido el único anuncio oficial para anunciar una decisión que se ha intentado justificar en términos diplomáticos por los compromisos españoles de cara a la preparación de una reunión, precisamente del Consejo de derechos humanos de la ONU en Ginebra, los días 10 al 14 de diciembre próximos.
Son muchos los interrogantes que se plantean ante el fracaso de lo que, en su día, se presentó como uno de los éxitos de la diplomacia del ministro Moratinos: la apertura del diálogo con las autoridades cubanas en materia de derechos humanos. En contra de la Posición Común de la Unión Europea, definida estratégicamente por los gobiernos a partir de las propuestas formuladas por el entonces presidente José María Aznar, el gobierno socialista español presentó el diálogo con las autoridades castristas como un éxito, y un cambio que iba a facilitar las condiciones humanitarias para amplios sectores que luchan por la democracia y los derechos humanos en Cuba, amén de facilitar los procesos de ayuda y cooperación desde Europa. La ruptura del diálogo cae como un jarro de agua fría y trae consigo varios interrogantes.
¿Es que esta reunión diplomática entre los dos gobiernos no se podría haber previsto con adelanto? No creo que la reunión del Consejo de Derechos Humanos en Ginebra se haya conocido posteriormente. ¿Es acaso que los derechos humanos en Cuba, la prisión que sufren los disidentes pacíficos, no tienen la más mínima importancia para los dos gobiernos implicados? El binomio presión o negociación frente al régimen castrista vuelve a ganar a favor de la primera. ¿Es acaso una decisión que se corresponde como represalia a la posición adoptada por el representante cubano en la cumbre Iberoamericana de Chile, y más aun, el artículo de opinión de Castro sobre el “Waterloo ideológico? No lo creo, si se tiene en cuenta lo que muchos españoles piensan actualmente de Fidel Castro.
Mucho me temo que esta ruptura del diálogo ya se encontraba anunciada desde hace algún tiempo y obedece a razones más profundas.
Por un lado, las autoridades de la Isla ven con preocupación que las críticas internas no cesan. Lo último el editorial del diario Juventud Rebelde, haciéndose eco del creciente clima de malestar que impera en el país, reflejado en el comportamiento de los debates antes de las últimas elecciones a las asambleas locales. El malestar en la sociedad cubana está aumentando a cotas sin precedentes en los últimos meses. La posición de los “duros” del ala comunista se ve reforzada, y no existe el más mínimo deseo de hablar de derechos humanos ni con España, ni con Europa ni con nadie. A los disidentes, se les aplasta. Además, la ausencia de Fidel Castro, la incapacidad de Raúl Castro para conducir el país, integrando a los múltiples intereses y sectores que gravitan sobre lo que aún representa la “revolución”, y la parálisis de la burocracia centralista y planificadora de la Isla son, entre otros, los orígenes de la creciente sensación de punto y final a una etapa que ya todos dan por finalizada.
De otro lado, en España, no hay que olvidar que se asiste a un proceso preelectoral que tendrá su final el próximo mes de marzo, cuando Rodríguez Zapatero acuda a la reelección como presidente del gobierno. El entorno no está siendo fácil. El rápido deterioro de las condiciones económicas, con el aumento del desempleo y la inflación, ha obligado a mantener al ministro Solbes en la candidatura socialista a Madrid como número dos, un puesto muy simbólico en ese partido, para reforzar la confianza de los electores. En tanto que la orientación estratégica hacia los votantes perdidos que figuran en las últimas encuestas del CIS, va a exigir al PSOE una creciente moderación ideológica en la que, el diálogo con el castrismo, casi siempre anclado en unas posiciones ideológicas que ya no tienen referencias en el mundo democrático, salvo en la marginalidad de determinados sectores de la izquierda, puede ser muy perjudicial en términos electorales para Zapatero y el PSOE.
¿Qué nos queda entonces? La poca importancia que tiene para ambos gobiernos la situación de los derechos humanos en Cuba: las conversaciones se van a retrasar o van a pasar a un segundo plano, porque ninguno de los dos países tiene el más mínimo interés en abordar estas cuestiones en el momento actual. Mientras tanto, los presos cubanos seguirán siendo los grandes olvidados. La disidencia continuará siendo perseguida y acosada por sus represores en todos los frentes, y todo volverá a ser como antes. No me cabe duda que este es el peor de todos los resultados posibles. Los cubanos no lo van a entender porque son los principales perdedores. Los españoles tampoco.
Diciembre 1º, 2007
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