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Por Elías Amor Bravo, Valencia
Raúl Castro y la Cumbre de Río
EL REGRESO DE CUBA a las cumbres regionales de América Latina, al denominado Grupo de Río, de las que ha estado ausente ocho años, desde la celebrada en Panamá en 200, aparece como uno de los resultados más destacados del viaje de Raúl Castro a Brasil.
Los analistas y observadores internacionales han visto en esa decisión de las autoridades comunistas de La Habana la combinación de dos efectos cuyos resultados finales tendrán que ser estudiados con detalle más adelante. De un lado, la influencia del dirigente brasileño, Lula da Silva, empeñado en devolver a los hermanos Castro a una nueva realidad en este último tramo de su existencia vital, tal vez en un intento de mantener viva la herencia de la “revolución” a nivel continental, un activo que los gobiernos populistas gestionan con éxito para acercarse a los electorados más proclives a este tipo de aventuras políticas de mediados del siglo pasado. De otro lado, la presencia de Raúl Castro en la Cumbre, y no precisamente de su hermano, convaleciente e imposibilitado a desplazamientos fuera del país, puede suponer, qué duda cabe, un nuevo conflicto de intereses con quién, precisamente, parece querer volver a dirigir los destinos de la Isla. Un nuevo episodio, sin duda, para que los sectores más duros del régimen, los que mantienen su poder a base de la venta propagandística del “bloqueo”, la “soberanía” y la agresión “imperialista”, observen como sus intereses beligerantes van quedando de lado, conforme la normalidad política internacional se abre camino.
Es cierto que la presencia de Raúl Castro en la Cumbre admite múltiples interpretaciones y valoraciones. Lo primero que tenemos que traer a la memoria es la actitud digna y de resistencia de los centenares de presos políticos que malviven en las cárceles castristas, sin respeto alguno a sus derechos humanos más elementales, en tanto que la represión, la vigilancia y el control se extienden a lo largo del país, tras el congreso “cederista” de Machado Ventura en La Habana días atrás. No deja de llamar la atención que, una vez más, desde los sectores dirigentes del país, se haya vuelto a pedir a los Comités de defensa de la revolución un mayor esfuerzo en las tareas de espionaje, vigilancia y control de una población aterrada, cuyos derechos humanos no se respetan y que aspira a conquistar los mismos niveles de libertad y democracia que el resto de naciones de América Latina.
Es posible que se piense en los cubanos como una raza especial que debe ser excluida de los valores democráticos occidentales. La cumbre de Brasil, con Raúl Castro de protagonista, puede suponer para muchos que los dirigentes del continente dan la espalda a los demócratas cubanos. Pésima herencia para una futura transición a la democracia en la Isla.
Cuanto mayor sea la satisfacción de contar con Raúl Castro como invitado “estrella”, en estos foros internacionales, mayor será la indiferencia de amplios sectores de la sociedad cubana que luchan por la democracia, hacia estos mandatarios de América Latina. Puede alguien pensar qué habrían pensado, por ejemplo, los españoles en la época de Franco, si los mandatarios de la Unión Europea hubieran recibido al viejo dictador agasajándole con todos los respetos y detalles. Posiblemente, la aspiración europeísta de España, uno de sus valores más consolidados como nación democrática, se habría venido abajo con esa actitud. Por el contrario, los dirigentes europeos acosaron, atacaron y en la medida de sus posibilidades, cuestionaron la viabilidad del franquismo como opción política de futuro. La sociedad española lo entendió en esos mismos términos. Y ahí está la historia reciente.
Cierto es que Raúl Castro no vende lo mismo que su hermano. Su discurso, muy alejado de la oratoria de Fidel Castro, tuvo un tono contenido, mostrando disposición de trabajar en los esfuerzos de integración regional, precisamente en un momento en que Cuba necesita más ayuda que nadie para superar las graves dificultades internas.
La presencia de Raúl Castro en la cumbre de Sauípe viene a modificar la agenda exterior del régimen, empeñado en mostrar a Estados Unidos diversas opciones para romper su pretendido aislamiento regional. Se ha aprovechado, además, el mejor momento, con el cambio de Administración en la Casa Blanca. Raúl Castro necesita estímulos para su legitimidad en el poder, y la reaparición internacional de Cuba forma parte de esos planes, con los que, a su vez, mantiene un pulso de fuerza con su hermano y los sectores más duros del régimen. Su mensaje en favor de la cooperación, la justicia, la paz, la solidaridad, la comprensión a nivel regional abre un nuevo escenario político para la diplomacia cubana que abandona así la estrategia de beligerancia y confrontación. Es cierto que en el ámbito interno puede tener las manos atadas para impulsar reformas, pero al menos, en el internacional, Raúl Castro parece querer jugar fuerte.
Diciembre 17, 2008
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