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Por Elías Amor Bravo, Valencia
El fin del aislamiento latinoamericano de Cuba

VARIOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN se han hecho eco de las declaraciones de José Miguel Insulza (Secretario General de la Organización de Estados Americanos – OEA, con sede en Washington), en una reciente entrevista en Medellín, Colombia, al señalar que la resolución de 1962 que prohibió la afiliación de Cuba a la asamblea de la OEA debido a sus vínculos con el comunismo, China y la Unión Soviética, ya no tiene sentido.

''Uno de los países ha desaparecido y el otro está comprando un montón de bonos del Tesoro de Estados Unidos'', dijo Insulza en la reunión anual del Banco Interamericano de Desarrollo. ``Por favor, si van a ser excluidos, busquemos un mejor criterio''.

Quizás conviene recordar algo de historia. En la Conferencia de la OEA celebrada en Punta del Este durante el mes de enero de 1962 quedó consagrado el aislamiento a nivel continental de Cuba. En aquel momento, y tras la instauración del régimen comunista en la Isla, los países de América Latina rompieron sus relaciones diplomáticas y comerciales con el nuevo satélite de la “guerra fría”, con la excepción de Brasil, México, Uruguay, Chile y Bolivia. Meses después, la tensión internacional en la región alcanzó niveles insospechados cuando se pudo comprobar que Fidel Castro, con el apoyo de la URSS, iniciaba la instalación de misiles atómicos dirigidos a las principales ciudades de Estados Unidos. Dejando a Castro a un lado, los dirigentes de la URSS consiguieron finalmente los objetivos buscados con la escalada bélica, y la administración Kennnedy descubrió, tal vez por primera vez, que el enemigo real se encontraba a menos de 90 millas al sur, y que en cualquier momento, podría volver a la carga.

Desde entonces, en los 47 años transcurridos, varias generaciones de cubanos han nacido y crecido bajo la eventual amenaza de una invasión de Estados Unidos, del embargo y el aislamiento que, según algunos analistas, ha supuesto un incentivo para la consolidación del sistema comunista de La Habana.

La situación parece haber cambiado en los últimos meses, sobre todo desde que Raúl Castro asumió formalmente la dirección política del país. Poco a poco, de forma planificada, la mayoría de países de América Latina han vuelto a formular estrategias de relaciones a todos los niveles con el régimen comunista. Los dirigentes de La Habana no han escatimado elogios a los visitantes ilustres, que han ido viajando a la Isla a tomar contacto con la aparente nueva realidad política, dejando de lado, de forma sorprendente, cualquier referencia a los derechos humanos, a los disidentes y opositores, y dando un espaldarazo político a Raúl Castro, sin que éste haga demostración alguna de conducir al país hacia una nueva organización democrática.

Este inmovilismo aparente en la dirigencia comunista, sacudido por las defenestraciones de Lage, Pérez Roque, Rivero o Rodríguez, entre otros, y la ausencia de decisiones adecuadas para hacer frente a las debilidades estructurales de la economía a la vez que se abren espacios nuevos de participación política, es lo que ha llevado a algunos analistas y observadores políticos a preguntarse sobre qué sentido tiene la demostración de buena vecindad con aquel que no desea compartir las normas de funcionamiento de la convivencia. Al mismo tiempo, la nueva política de Obama hacia los cubanoamericanos, parece abrir un escenario en el que ya algunos apuntan a la rehabilitación política del régimen castrista en los foros regionales.

Justo en un momento en que la democracia parece consolidada en América Latina, con la presencia de líderes de izquierda de todos los colores del espectro en los gobiernos de los distintos países, la situación en Cuba no parece otra cosa que un anacronismo temporal. No tiene sentido que el modelo en el que quieren inspirarse algunos dirigentes políticos que han accedido al poder por la vía democrática sea el de la delación, los batallones de respuesta rápida, el enfrentamiento entre los distintos sectores sociales, el de la ausencia de opciones políticas democráticas, la persecución a los medios de comunicación libres, el de las cárceles a los disidentes, la ausencia de derechos humanos, el exilio.

Cuba no ofrece marco alguno de referencia o esperanza para los ciudadanos de América Latina, por mucho que se empeñe en ello la propaganda castristam, y lamentablemente los dirigentes en la Isla no han sabido, ni han querido, escuchar el mensaje que les ha llegado de Bachelet, de Fernández de Kirchner, de Correa, de tantos otros que se esfuerzan por abrir espacios para que Cuba evolucione a la nueva realidad de los tiempos. En tales condiciones, cualquier estrategia dirigida a normalizar las relaciones entre Estados Unidos y Cuba puede ir dirigida al fracaso, ya que una de las partes, el régimen cubano, no quiere impulsar los cambios que se requieren para su plena normalización política.

Es cierto que los países de América Latina han decidido unilateralmente poner fin a la política de aislamiento y de confrontación de los últimos 47 años, pero a cambio, el régimen cubano no ha hecho un movimiento de buena voluntad. A muchos la paciencia se les puede agotar, y con razón. No me extraña que Lula dentro de algunos meses empiece a pensar en los hermanos Castro como un caso perdido. Ya Michelle Bachelet (Presidente de Chile) tuvo la ocasión de comprobar cómo los dardos envenenados de Fidel Castro pueden hacer daño, incluso desde su papel de articulista, al volver a pedir la salida al mar de Bolivia, avivando un conflicto diplomático ante su ilustre visitante. Los dirigentes democráticos de izquierda de América Latina, salvo casos concretos, pueden esperar un tiempo limitado, pero no siempre. La razón es precisamente que están en el poder por la fuerza de los votos, y los electores cambian, sobre todo en épocas de crisis económicas profundas, como la que ya se ha instalado en el continente. Raúl Castro tiene sus días contados. El plazo se agota. O mueve ficha, o alguien le va a obligar a hacerlo. Tiempo al tiempo.

Abril 2, 2009
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