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Por Elías Amor Bravo, Valencia
El Congreso del PCC aplazado: más incertidumbre política
El ANUNCIO REALIZADO POR Raúl Castro de que el congreso del Partido Comunista Cubano, previsto para los próximos meses, queda aplazado sine die es una noticia realmente importante que se tiene que analizar en su justo término, y permitir identificar cuáles son las amenazas y los retos que se plantean actualmente al castrismo en su intento de promover una sucesión institucional encubierta.
Es cierto que la importancia que tiene el Partido único en el sistema político creado por Fidel Castro es muy limitada, como sucede en otros regímenes similares. Sin embargo, en la denominada “revolución” castrista, el Partido juega, como ha destacado recientemente Carlos Alberto Montaner, el papel de “estabulador” de los distintos sectores sociales, fijando las condiciones en que se debe desarrollar la vida de los “buenos comunistas: la obediencia a las directrices de la cúpula, la trayectoria ordenada desde la infancia al adquirir la condición de pionero, la participación en actividades extralaborales y sindicales obligatorias, o la consecución de un expediente “sin tacha” para acceder a los estudios superiores o a un determinado empleo.
Además, el Partido Comunista Cubano, dentro del ordenamiento institucional de la Isla, juega un papel mucho más relevante a nivel político que la Asamblea del Poder Popular, por ejemplo, cuyos debates y sesiones no suponen el más mínimo ejercicio de control de la acción de gobierno, como se ha tenido ocasión de comprobar una vez más hace tan solo unos días.
La cúpula que dirige el país, el entorno más próximo a Fidel Castro, se ha valido de las “organizaciones de masas” articuladas en el PCC para hacer valer su voluntad, criterio y decisiones al resto de la sociedad. Aquellos ciudadanos que se han apartado de la política de partido único perciben una sensación de discriminación con respecto a aquellos que aceptan las reglas del juego. Los opositores, simplemente, son perseguidos y eliminados.
Es por ello que el aplazamiento del Congreso pone de manifiesto varias cuestiones.
Primero, que es posible que empiecen a observarse fisuras, diferencias y posiciones alejadas de las directrices de la cúpula dirigente, cuya exposición y/o debate en las sesiones de un Congreso podrían alimentar la sedición, el enemigo número uno del régimen. Es posible que las protestas sociales en las cuadras, en los pueblos, en los centros de trabajo estén pesando sobre la conciencia de muchos militantes que se ven desbordados por la gravedad de los acontecimientos y la incapacidad de Raúl Castro para dar soluciones a los problemas.
Segundo, que el Partido Comunista carece de instrumentos, recursos y personas capaces de afrontar la actual situación de crisis, principalmente económica, pero también política y social en que se encuentra la Isla. No existe un relevo eficaz para los ancianos que protagonizaron la gesta del 59, y los jóvenes no ven la militancia activa como una solución real a los problemas que les afectan. El método de diagnóstico, la orientación política e ideológica es incapaz de realizar un diagnóstico preciso de los problemas, y se siguen aferrando a un pasado imposible de recuperar.
Tercero, el propio aislamiento del Partido, su concepto de organización única que sostiene una farsa política que dura medio siglo, acentúa su aislamiento ideológico y conceptual en un momento en que el mundo observa que la “guerra fría” el enfrentamiento izquierda derecha, comunismo capitalismo, se ha disuelto y aparecen nuevos retos. Los dirigentes cubanos siguen todavía anclados en la oratoria de los años 60 sin percatarse de que el mundo ha cambiado. Cincuenta años de soledad política e institucional han convertido al PCC en una especie de organización de “verdad única” que le impide tender puentes a otros sectores, cristianos de base, sindicales, cooperativas, pequeños emprendedores, de la sociedad cubana.
Cuarto, no existe fuerza social en la Isla que pueda alzar su voz crítica y exigir a los dirigentes castristas que no cambien las fechas y que no alteren los plazos, que se debe celebrar el Congreso y que no se puede pervertir un acontecimiento de estas características ante justificaciones tan precarias como las ofrecidas por Raúl Castro al anunciar el aplazamiento del Congreso. Ni los medios van a realizar ese papel ni existe dirigente alguno regional o local que exija a Raúl Castro que cumpla lo acordado y no aplace el Congreso. El temor a la represalia sigue actuando como freno al desarrollo político e institucional.
Quinto y último, pero no por ello menos importante, la cuestión del relevo a Fidel Castro en la dirección del partido. ¿Quién le va a poner el cascabel al gato? Es evidente que Raúl no quiere ese papel. Su expectativa de vida, y tal vez de poder, es más limitada que la de su hermano. Habiendo desplazado a Lage o Pérez Roque de forma vergonzante, el régimen está huérfano y dando bandazos como el boxeador que se sabe KO pero se niega a caer a la lona. No hay alternativa en la Isla para liderar una organización que podría asumir el cambio político. O, tal vez sí que la hay, y lo que sucede es que existe una lucha cruenta por ocupar ese espacio por parte de los candidatos, para todos desconocidos.
Todo ello nos lleva a considerar con cierta incertidumbre la evolución de Cuba en los próximos meses. Incertidumbre y miedo. El aplazamiento del Congreso es un salto en el vacío más del régimen, que deja al ejército cubano en soledad para reconducir cualquier cambio político e institucional en la Isla. La Asamblea del Poder Popular carece de influencia social. El Minint se ha especializado en perseguir y acosar a los opositores que cada día son más y están mejor organizados pero carecen de recursos para asumir el liderazgo político. El único baluarte del sistema capaz de tomar el timón y reconducir al país hacia una transición vital que lo saque de la crisis estructural y la destrucción con que amenaza el castrismo en esta última fase de su existencia, es el ejército cubano. Arnaldo Ochoa lo sabía. Y como él, muchos militares que observan con preocupación la cerrazón política e institucional para sacar el país del actual callejón sin salida. No habrá muchas más oportunidades para enderezar el rumbo de los acontecimientos. El ejército cubano que se cimenta en la sociedad a la que representa, puede asumir ese papel histórico y llevar a Cuba a la democracia, las libertades y el pluralismo.
Agosto 1, 2009
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