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POR RICARDO PASCOE PIERCE, México DF *
La profecía de Fidel
Poco antes de abandonar el poder, en un discurso en la Universidad de La Habana, Fidel Castro emitió una opinión grave sobre la situación interna de Cuba: si los errores de conducción de la Revolución no se corrigen, los cubanos van a lograr lo que el imperialismo nunca pudo:
destruir a la propia Revolución. Habló con crudeza sobre asuntos presentes ante los ojos de todo el pueblo: corrupción en todos los niveles de la sociedad, robo hormiga en los centros de trabajo, productividad declinante, laxitud laboral, poca convicción revolucionaria y la enajenación masiva de los jóvenes hacia el sistema político, entre muchos otros. Lo dijo, en ese entonces, con la plena convicción de que los errores señalados iban a ser atendidos y resueltos por las estructuras de poder en Cuba rápidamente.
En vez de corregir los errores, el nuevo gobierno ha optado por la represión en contra de los ciudadanos que disienten del rumbo que ha tomado su país. O, dicho de otra manera, su respuesta a los errores tiene la intención de desaparecerlos con actos de fuerza. La represión contra el pueblo nunca es revolucionaria. De ahí que los problemas internos de la sociedad cubana no pueden ser resueltos por la policía política.
Hoy Cuba es gobernado por una casta burocrática declinante que ha perdido una franja significativa de su legitimidad social, en la medida en que el modelo económico y político ha fracasado.
Gobiernan, junto con Raúl y los viejos revolucionarios, una vasta red de “juniors” de la Revolución. Son hijos de los generales, quienes viajan libremente por el mundo haciendo negocios en nombre de sus progenitores y de la Revolución, y que cuentan con depósitos bancarios importantes fuera de la isla anticipando el colapso del modelo. Además, no cesa la represión en contra de cuadros políticos altos y medios del Partido Comunista y de funcionarios del gobierno.
El asunto no es sólo contra Lage, Miyar, Pérez Roque, Valenciaga y Soberón entre otros altos mandos purgados con métodos reminiscentes de Stalin. Hay una purga más extensa a los cuadros medios del partido para acallar las crecientes voces disidentes dentro del propio aparato estatal. Son voces que saben lo que está sucediendo: ven la corrupción del alto mando, expresan institucionalmente sus inquietudes y son despedidos de sus empleos, humillados ante sus subordinados y familiares, además de que terminan siendo expulsados del partido. Es decir, son convertidos en no-personas.
Cuando un gobierno recurre a la represión, es porque los intereses son grandes e involucran a importantes actores de la política y la economía. Los gobernantes de Cuba han perdido su noción de realidad acerca del mundo en que habita. La carta del embajador cubano en México dirigida al Senado de la República es prueba fehaciente de
ello: no entiende que este ya no es un mundo que cree fácilmente en su discurso, mismo que no convence ni intimida.
Las lamentables, aunque oportunistas, expresiones de Lula avalando la represión en Cuba simplemente demoran las necesarias soluciones al enredo cubano. Lo que muestran es que la izquierda no sabe qué hacer frente a un gobierno de su corriente ideológica cuando reprime al pueblo. Lula debiera conocer mejor la situación, pero sus pretensiones “internacionales” lo llevan a un lamentable cortoplacismo que lo hace perder el lugar al que aspira en el escenario mundial.
Por otro lado, la dupla Fox-Castañeda se sumó ciegamente al proyecto de Bush sobre Cuba. De ahí la inutilidad de su intervencionismo sin rumbo ni futuro. La respuesta represiva de la casta gobernante cubana se debe a que no sabe qué hacer con sus miedos: miedo a la justicia internacional, miedo al fracaso de su proyecto político, miedo a la ira de su propio pueblo.
La profecía de Fidel se está cumpliendo. El proyecto revolucionario ya no es tal y no hay una alternativa nítida al desastre que pudiera avecinarse. A México le conviene una transición pacífica, democrática y consensada dentro de Cuba. A Cuba también. El asunto es: ¿cómo ayudar a inducir un proceso de democratización sin que por ello implique una intervención indebida estadounidense? He ahí el dilema para la política exterior de México.
ricardopascoe@hotmail.com
* Para Excelsior, México DF / Marzo 24, 2010 / El autor, ex-embajador de México en Cuba, procede de la izquierda más radical
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