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POR ROLAND J. BEHAR, Miami *
Los viajes y su manipulación
Aunque he tenido en el pasado consensos y disensos con Diaz-Balart, pienso que sus
esfuerzos de convertir en ley las medidas respecto a los viajes de los cubanoamericanos a
Cuba adoptadas en su momento por la administración Bush parten de su mejor buena fe,
punto de vista de la realidad cubana y de los consejos de sus colaboradores más cercanos.
Esta vez no coincido con Diaz-Balart.
Considero que el embargo no ha funcionado de la manera esperada gracias a que el
Castrato ha disfrutado, en principio, del financiamiento soviético y, últimamente, del
venezolano. Así logra mantener una entelequia monárquica que ya no produce ni azúcar.
Pese a ello, eliminar dicho embargo les daría acceso a créditos blandos de instituciones a
las que aún no han tenido oportunidad de robarles. Le estuvieron comprando en efectivo a
los norteamericanos por un tiempo para convencer a los empresarios del “potencial’’ del
mercado cubano. Cuando vieron que no pasó nada, redujeron estas compras al mínimo.
¿Y qué de la alimentación del pueblo? Bien, gracias. Por eso apoyo el embargo.
Pienso que los intercambios culturales son convenientes en tanto sean libres, sin
cortapisas ni condiciones, cuando cualquier artista, intelectual, científico, sociólogo o
antropólogo, ya sea ciudadano norteamericano o cubano, pueda tener libre acceso a ambas
sociedades para realizar su trabajo en conexión con sus pares locales.
Desde siempre, el
gobierno cubano es el que decreta quién va y quién viene, con la condición ineludible de
que apoyen su proyecto, defiendan su revolución, los consideren un “gobierno normal’’,
aboguen por el levantamiento del embargo y, en algunos casos, hasta por la libertad de los
cinco encarcelados provenientes de los dieciséis criminales de la Red Avispa. Por eso,
aunque los creo útiles, no me convencen dadas las condiciones actuales.
Disiento del esfuerzo del congresista debido a que, en mi caso, la decisión de un gobierno
impidió que yo viera a mi madre, mi hermana, mis primos y tíos por catorce años. Pienso,
como el congresista Díaz Balart, que el núcleo familiar es la base intrínseca de la
civilización judeo-cristiana. Por ende, todo el que abogue por su separación se aleja de los
principios que tan antigua tradición nos enseña.
Gracias al desmoronamiento moral del sistema y a la corrupción galopante que lo aqueja,
más su imposibilidad de suplir las necesidades básicas del pueblo, ha sucedido lo
esperado: cuando existe una necesidad y alguien con la solución y los medios para
satisfacerla, nace un negocio.
Hoy miles de cubanos, a ambos lados del estrecho, manejan su actividad económica,
supervivencia y modo de vida interrelacionándolo con un pariente al otro lado del mar.
Los primeros en escapar lo hicieron desde 1959 hasta 1970. Entonces el gobierno cerró las
posibilidades legales e impuso una férrea vigilancia y fuertes condenas a quienes
intentaban escapar por mar o aire. Esto duró hasta nuestra salida como presos políticos.
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